turismo

Domingo, 25 de enero de 2015

ENTRE RíOS. RESERVA LA AURORA DEL PALMAR

El refugio de las palmeras

Junto al Palmar de Colón, un refugio de vida silvestre con alojamiento en antiguos vagones de tren y casas de campo, cabalgatas y paseos. Entre los ambientes de palmar, selva en galería, monte xerófilo y bajos inundables, una solitaria playita de río y visitas a los pueblos de la zona.

 Por Julián Varsavsky

Fotos de Julián Varsavsky

El cielo estrellado con luna llena sugiere detener el vehículo junto a la RN 14 en la planicie entrerriana. Bajamos a mirar los 360 grados de noche luminosa que nos rodean con visibilidad perfecta. No hay nube alguna entre nosotros y el infinito, así que no falta una sola estrella. En la lejanía se recorta sobre la línea del horizonte la silueta negra y despeinada de una palmera yatay.

Vamos en dirección a Colón y 45 kilómetros después de esa ciudad giramos a la izquierda por un camino de tierra consolidada en buen estado, en busca del refugio La Aurora del Palmar, ligado a la Fundación Vida Silvestre. El sereno se acerca con una linterna, abre la tranquera y nos acompaña hasta los dúplex de la casa de campo en medio de un bosque.

Amanecemos oyendo el cotorrerío que baja de los pinos y la curiosidad nos lleva, antes que nada, a mirar uno de los vagones-habitación que la mucama ha dejado abierto. Por dentro tienen camas, baño y aire acondicionado, respetando el diseño y la decoración original de cuando fueron comprados en un remate. Los vagones mantienen incluso sus ruedas.

Durante el desayuno conversamos con Daniel Acosta, jefe de guías del lugar, un joven rebautizado “Chocho” desde que vino a vivir a la reserva hace ocho años: “Porque acá estoy chocho de la vida”, dice, rodeado de naturaleza. El feliz guía nos cuenta que La Aurora del Palmar es un establecimiento productivo con vacas, plantaciones de cítricos y forestación de pinos y eucaliptos, que además tiene un área de reserva con miles de palmeras yatay, abierta al turismo.

La mañana la dedicamos a cabalgar con un guía baqueano durante una hora hasta los bordes del palmar, donde avistamos tres pájaros carpintero agujereando el tronco de las yatay en busca de gusanitos. El guía cuenta que bordeamos un relicto de lo que fue el Palmar Grande de Colón, que ocupaba 15.000 hectáreas en la costa del río Uruguay, compuesto por palmeras yatay, la más austral que existe.

La mayor parte de este ambiente fue desplazado por el avance urbano y forestal. La palmera yatay tiene un índice bajo de regeneración y corre peligro de extinción. Por eso fue declarada especie protegida. Son árboles longevos –llegan a vivir hasta 400 años– y tienen crecimiento lento. Su corteza es resistente al fuego, que incluso aplana los pastizales donde a veces la semilla del yatay queda atrapada sin poder llegar a la tierra.

Travesía en canoa por un arroyo que corre tranquilo bajo la sombra de la selva en galería.

DELICIAS ENTRERRIANAS La hora de la comida es una experiencia muy entrerriana en La Aurora del Palmar. Y es un momento de grandes decisiones, porque hay demasiado para elegir. Antes de preparar la carta hubo aquí un trabajo de investigación culinaria para rescatar antiguos platos regionales en base al fruto del yatay, algunos de los cuales remiten al tiempo de los guaraníes y después fueron combinados con recetas modernas.

Dos platos que justifican tomarse una licencia antidieta son el cerdo al yatay con arroz pilaf y el bife de chorizo con chutney de peras, manzanas y yatay. Una ensalada que sigue esa línea autóctona es la compuesta por peras, queso azul, nueces y vinagreta de yatay, en tanto dos platos más sencillos son los tallarines con estofado de pollo y yatay y el pacú grillé con puré de calabazas. Para los postres hay cheese cake de yatay, flan de yatay y jalea de yatay sobre pionono con dulce de leche. Para bajar la comida se sirve un blend de té preparado por un tea sommelier con hebras enteras de té rojo misionero, melón y sandía confitados y piel de limón con pétalos de azahar.

Aura nostálgica y viajera a la hora de irse a dormir en un antiguo vagón de tren.

UNA IMPASSE La siesta entrerriana se impone después del banquete. Pero cuando baja un poco el sol seguimos reposando junto a la pileta rodeada de palmeras. Y al atardecer vamos al sector La Glorieta del cercano Parque Nacional El Palmar para ver la puesta de sol.

En la noche el silencio es casi absoluto en La Aurora del Palmar, interrumpido cada tanto por el “jujurujú” de la lechuza de campanario, el mugido lejano de una vaca o un relincho que llega desde la caballeriza.

El día siguiente lo dedicamos a explorar los cuatro ambientes naturales que protege la reserva: el palmar-pastizal, la selva en galería, el monte xerófilo con espinillos y talas, y los bajos inundables.

Arrancamos el paseo en un camión doble tracción de la década del 40, que nos lleva el centro de interpretación de la reserva en medio del palmar. En las vitrinas hay muestras embalsamadas de un gato montés y una víbora yarará, y almejas de agua dulce que viven en los arroyos.

Luego el guía conduce hasta una selva en galería compuesta por ingás, ceibos, laureles, lecherones, ubajayes y guayabos colorados, donde comenzamos a caminar por un ambiente tupido que no deja pasar los rayos del sol. El sendero termina a orillas de un arroyo y subimos a una canoa. Al remar por las tranquilas aguas debemos apartar con las manos las ramas que cubren el hilo de agua como un túnel.

En un momento el techo vegetal se abre y desembarcamos en una playa donde el guía descubre huellas de corzuela, un ciervo nativo. Allí nos damos un chapuzón en las aguas cristalinas para después descansar sobre las arenas blancas protegidas por la selva, sin nadie a la vista, en el más absoluto silencio. Hasta que el encanto se rompe con un ¡plaf!: es un carpincho arrojándose al agua para cruzar el arroyo de lado a lado, algo molesto con nuestra intrusión.

De regreso con el camión, cruzamos un arroyo por un puente donde están varias de las especies animales de la reserva: un vistoso hocó colorado que voló hasta la rama de un eucalipto, un martín pescador enorme, dos aves jacana, garzas blancas y moras, patos sirirí y un lobito de río nadando panza arriba.

Muchos viajeros se quedan en La Aurora del Palmar cuatro noches y para recorrer a fondo el Parque Nacional El Palmar, visitar las termas de Villa Elisa (a 32 kilómetros) o las de San José, ideales para los chicos por sus toboganes de agua. Muy cerca está el pueblo de Ubajay, con su museo de los inmigrantes judíos. Pero por sobre todo la gente se queda a descansar, en medio de un aroma a verde que ingresa a torrentes por los pulmones.

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Por la reserva natural de La Aurora del Palmar se cabalga a placer, entre verde y agua.
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