turismo

Domingo, 22 de febrero de 2015

BUENOS AIRES. TRAS LOS PASOS DE PRATT Y CORTO MALTéS

Una estación y dos lunas

Este año marca el regreso de Corto Maltés, el impenitente aventurero de historieta creado por Hugo Pratt. Un buen motivo para recordar, en clave de viajes, los pasos del autor y de su personaje por la Argentina.

 Por Graciela Cutuli

Este año se conmemora el vigésimo aniversario de la muerte de Hugo Pratt, el historietista veneciano que dejó una de las mayores obras gráficas del siglo XX. Como Tintin, Corto Maltés –el personaje que lo hizo célebre y que más lo identifica– es un viajero que hizo soñar a varias generaciones de lectores. Y como ocurrió también con Astérix, se soltó de la mano de su creador para vivir nuevas aventuras con otros dibujantes. En octubre se publicará un nuevo álbum, firmado por los españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. La editorial Casterman, que tiene los derechos del proyecto, dejó filtrar muy pocas informaciones y sólo se sabe que la trama transcurre en el norte de Canadá en 1915, mientras la Gran Guerra destrozaba el Viejo Continente. Según las cronologías que muchos estudiosos dedicaron a la obra de Hugo Pratt, Corto Maltés tenía entonces unos 28 años.

Durante décadas, los admiradores de Corto viajaron con él por los mares del Pacífico Sur, en tren por Siberia, se sumergieron en los misterios de Suiza e Irlanda, se adentraron en las selvas de Brasil y hasta se perdieron en los canales de Venecia. Tienen todavía largos meses de espera para juzgar esta nueva obra, que promete cumplir con las expectativas. Sin embargo no es Pratt simplemente quien quiere... la vida que llevó el gran dibujante, y sus propias andanzas por el mundo son las que hicieron en gran parte el encanto perdurable y único de Corto Maltés.

LUNAS DE ZONA NORTE Las aventuras en Canadá darán vida a un nuevo álbum de la larga serie iniciada con la Ballata del Mare Salato, publicada entre 1967 y 1969 por el mensuario italiano Sergente Kirk, llamado así por el nombre de otro personaje muy popular de Hugo Pratt. La Balada no es sin embargo la primera aparición del marinero maltés: los estudiosos de la saga lo detectaron en el personaje de una de las aventuras del Sargento Kirk, que se llamaba también Corto, y su silueta ya era la misma que otro personaje de Pratt, la de Tipperary O’Hara, en una tira publicada en 1959. Además de este lanzamiento, se acaba de publicar un videojuego, los Secretos de Venecia: una aventura interactiva inspirada en la Favola di Venezia, publicada en una revista italiana en 1977. No es todo: en varios países se preparan reediciones de las aventuras completas de Corto Maltés y se montarán numerosas exposiciones sobre el autor y su obra, incluyendo otros personajes como el Sargento Kirk o Ernie Pike. Sin olvidar a Tom Browne, un tambor escocés que participó en las Invasiones Inglesas de Buenos Aires y que Pratt imaginó como el viejo Paraun, adoptado por los indios de la Pampa (en el magnífico álbum El Gaucho, publicado con Milo Manara en 1991, unos años antes de su muerte en Suiza, en 1995).

La Argentina y Buenos Aires fueron recurrentes en la obra de Pratt, y una de las venturas de Corto Maltés transcurrió enteramente en los arrabales. Se trata de “Y todo a media luz”, publicada por primera vez en Italia en la revista Corto Maltese en 1985 y 1986. La trama transcurre en 1923 y se da a entender que no es la primera vez que el marinero llega al puerto argentino: la primera vez fue en 1906, cuando se instaló en La Boca durante un tiempo suficiente como para hacerse amigos y conocer en la Patagonia a un tal George Leroy Parker, un gringo cuya identidad más conocida era Butch Cassidy. La historia real siempre fue el trasfondo de las aventuras de Corto y de otros personajes que existieron realmente, mezclándose con los de ficción hasta borrar las fronteras dentro de la obra. Es por ejemplo lo que ocurre con Rasputín, que toma los rasgos y la nacionalidad del personaje histórico con el cual comparte el nombre.

Pero volvamos a la Argentina, uno de sus primeros destinos de ultramar en la cronología que Hugo Pratt dejó armar a los estudiosos de su obra. La tapa misma de varias ediciones de esta aventura presenta el rasgo más poético e inquietante de la trama: cada año, el mismo día, se ven dos lunas al mirar el cielo entre Martínez y San Isidro. Los pujantes barrios de hoy son irreconocibles en el decorado de calles adoquinadas, faroles de luz tenue en la niebla, tranvías con asientos de madera, casas bajas donde se cruzaban los idiomas y las caras de gente llegada desde todos los países de Europa.

La estación Borges, sin embargo, no cambió tanto y la pasarela todavía puede reconocerse como la que se ve en los dibujos de Pratt. Sus recuerdos de los años ‘40 y el ambiente de los años ‘20 de hecho no distaban tanto en el tiempo a la hora de dibujar esta estación que se encuentra sobre el ramal del Tren de la Costa, en Olivos. Los pasajeros de hoy pensarán que su nombre homenajea a Jorge Luis Borges: sin embargo, a principios del siglo XX su fama literaria todavía estaba lejos de las cumbres que alcanzaría más tarde. En realidad, la estación recuerda a un religioso llamado Francisco Borges.

Es allí, bajo el techito inglés, al lado de la pasarela y del cartel del nombre de la estación –un decorado típico de las estaciones argentinas– donde Corto ve las dos lunas y dialoga con ellas, mientras espera a Fosforito, uno de los personajes clave de aquella historia.

TAMBIEN POR LA PATAGONIA En este año aniversario se hablará sin duda de Pratt, de Corto y de sus estadías en Buenos Aires. El dibujante veneciano llegó a la Argentina en 1950, y a pesar de su juventud –sólo tenía 33 años– ya tenía una larga vida de aventuras: además de viajes exóticos, había sido enrolado por los nazis y se había escapado para convertirse en intérprete para las fuerzas aliadas en su avance por Italia. Para un europeo, Buenos Aires era entonces sin duda uno de los lugares más remotos del mundo: era cosmopolita pero lejana, moderna y antigua a la vez. En nuestro imaginario de hoy, percibimos un mundo de sombras en blanco y negro, como las viñetas de Pratt.

En Buenos Aires, el veneciano trabajó con Héctor Oesterheld y desarrollaron varias tiras, entre las cuales la más famosa fue el Sargento Kirk. Tal vez este año, en homenaje a Pratt, quienes peregrinen la noche del 13 de junio por la Estación Borges puedan divisar realmente las dos lunas en el cielo. Y si no, Corto Maltés las vio de nuevo –esta vez menguantes– a orillas del Río de la Plata y en la noche del 20 de junio.

El circuito local de Pratt y Corto Maltés podría pasar también por las tranquilas calles de Acassuso, donde vivió mucho tiempo (consideraba a la Argentina como su tercera patria) o la esquina de las calles Pedro de Mendoza y Almirante Brown, en La Boca, que se ve detrás de uno de los retratos más famoso del marinero, ambientado por su dibujante en el año 1924.

La Buenos Aires de “Y todo a media luz” era una ciudad de proxenetas, de policías corruptos y de migrantes sin escrúpulos. Pratt, en cambio, no dibujó nunca la Patagonia, aunque fue la región que quizá más recorrió durante su larga estadía porteña. No en vano aparece Butch Cassidy en su novela gráfica: el historietista conocía bien la historia del pistolero norteamericano y su pandilla, que había encontrado refugio en una cabaña de Cholila (que hoy todavía se puede visitar en una excursión desde Esquel). En las biografías de Pratt se ven fotos de esos viajes. Una de ellas lo muestra en una de sus últimas travesías, en los años ‘80, al lado de la cruz de la supuesta tumba del gringo, en el Paso de los Cuatreros cerca del Lago Puelo.

A pesar de haber dejado Buenos Aires y haber seguido dibujando a sus personajes para revistas italianas en lugar de las de la Editorial Abril, volvió regularmente a orillas del Río de la Plata, incluso en plena dictadura, tras la desaparición de su amigo Héctor Oesterheld. Una de sus últimas obras está dedicada a la ciudad y a las pampas: se trata del mencionado Gaucho, dibujada por Milo Manara sobre un guión en el cual inventa una aventura ambientada durante las Invasiones Inglesas de Buenos Aires y da cuerpo a una de sus más entrañables heroínas: la irlandesa Molly Malone.

Mientras dibujaba la aventura porteña de Corto Maltés, Pratt hizo su último gran viaje por los mares del sur, ahí donde justamente apareció el marinero por primera vez en una historia propia. Visitó entonces la isla de Pascua y la tumba de Stevenson en Samoa, los dos lugares que pueden completar un periplo por el mundo para quien quiera seguir las huellas no sólo de los personajes, sino también de su alter ego dibujante y no menos aventurero. Corto y Pratt, las dos caras de uno de los mayores viajeros del siglo XX.

Corto Maltés en La Boca, Pedro de Mendoza y Almirante Brown, como lo dibujó Pratt. Foto Pablo Piovano

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La estación Borges, donde se dice que una vez al año se ven dos lunas, entre Martínez y San Isidro.
Imagen: Carolina Camps
 
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