turismo

Domingo, 12 de abril de 2015

LA PAMPA. CIERVOS COLORADOS EN PARQUE LURO

Tiempo de brama

Junto con el otoño llega la temporada de celo del ciervo colorado en la reserva pampeana de Parque Luro, cerca de Santa Rosa. Brama, harenes y bosques de caldén en un parque que también tiene su propio castillo y una larga historia detrás.

 Por Emilia Erbetta

Fotos: Turismo de La Pampa

Son las seis de la tarde y están ahí, a la vista de todos. En un claro del bosque de caldenes por donde el grupo avanza hace 20 minutos, un ciervo colorado macho nos mira fijo con la cabeza coronada de cuernos. A unos pocos metros, cerquísima, pasta un grupo de cinco o seis hembras. La escena es fugaz, porque enseguida el ciervo nos saca la mirada de encima y ahora apunta a ellas, su pequeño harén, y las corre. Van hacia una parte más cerrada del bosque y en un segundo desaparecen. Es época de celo en la reserva provincial Parque Luro de La Pampa y escuchamos cómo los machos braman para marcar territorio y atraer a las hembras.

Durante el período de celo, los machos marcan su territorio para atraer a las hembras.

HUELLAS Seguimos caminando, atentos a esa banda sonora gutural que se escucha en estéreo desde todos los puntos del parque, hasta que nuestro guía, el ingeniero en recursos naturales Horacio Riesco, señala unas marcas en el sendero arenoso: son huellas de ñandú, de zorro gris y de ciervo. Significa que hay animales cerca. Al costado del sendero, otros signos: ramas peladas que parecen altares satánicos. Son los “peladeros” que los ciervos dejan para marcar territorio, golpeando los árboles y arbustos con los cuernos, cuando no están peleándose entre ellos por alguna ciervita en celo. Se trata de esperar y de ser silencioso. Mientras avanzamos, las rosetas se adhieren a la ropa como perlas pinchudas y por momentos los mosquitos construyen una pared que se desarma a manotazos.

Entre marzo y abril, los ciervos colorados entran en celo. Una vez servidas, las hembras parirán una cría en noviembre, apartadas de la “familia” con la que pastan siempre por lugares abiertos para evitar ser comida de puma, su predador principal. Los tiempos de brama son ideales para el avistaje porque, excepto en esta época, durante el resto del año los machos más grandes viven apartados de las hembras, las crías y los machitos jóvenes, metidos en las partes de bosque más alto, cerrado, donde es imposible verlos. En esos meses, mientras viven apartados, les crecen los cuernos que los hacen tan atractivos para las hembras y los cazadores. Pero cuando las ciervas entran en período de fertilidad (son cuatro durante los dos meses de celo), los ciervos pierden el pudor y se pasean por el parque, muchas veces a la vista de las personas, con el miedo consumido por el instinto de reproducción.

Ubicada en el este de la provincia, a 35 kilómetros de Santa Rosa, la reserva provincial Parque Luro tiene 7600 hectáreas en total, de las cuales 1600 están dedicadas a la actividad turística y recreativa. Como área protegida conserva el bosque de caldén, casi virgen en algunas partes, y hay también 160 especies de aves. Algunas, como el chorlito, migran desde Alaska y Canadá hasta el sur de la Argentina. Un día cualquiera es posible avistar hasta 50 especies de aves distintas. Entre caldenes, algarrobos, chañares y sombra de toro, y junto a ñandúes, pumas, hurones, peludos y zorros autóctonos, andan los ciervos colorados y los jabalíes europeos que a principios del siglo XX trajo de los Cárpatos Pedro Olegario Luro, para armar su propio coto de caza, el primero de la Argentina.

Casado con una sobrina de Julio Argentino Roca que heredó esas tierras en base a la Ley de Premios que siguió a la Conquista del Desierto, Luro tenía gustos caros y la plata suficiente para satisfacerlos: quería cazar en el bosque pampeano como lo había hecho en la Borgoña francesa, entonces cercó algunos centenares de hectáreas y se trajo siete ciervos. Cien años después, los descendientes de aquéllos braman en la reserva y por toda la provincia buscando a sus hembras. El aire que sale por la boca y la nariz produce un ronquido desesperado, parecido a un rugido. Ellos esperan a que baje el sol y amanse el calor para moverse, por eso los mejores momentos para hacer el avistaje son la mañana temprano y la tardecita, mientras todavía haya luz. Hay que quedarse quieto entre los pastizales, silenciosos, para no molestar y permitirles a ellos, los reyes del lugar, hacer las movidas de su juego de seducción.

El Palacio San Huberto, castillo pampeano en medio de los bosques de caldén.

COMO EN EUROPA Además de los ciervos, el otro atractivo de la reserva es el Palacio San Huberto, segunda parte del delirio de Luro: el coto de caza a la europea no estaba completo sin un castillo a la europea. Luro era un “hombre de dos mundos”, con un pie en la Francia de la que había venido su padre y otro en el paisaje arisco del bosque de caldenes, en el sector del valle de Quehué que pertenecía a su esposa, pero que él administraba. Ahí hizo construir la mansión que hoy es Patrimonio Histórico Nacional y que por dentro conserva muchos de los muebles que pertenecieron a Luro y su familia y a Antonio Maura, el noble español que compró la propiedad a fines de la década del ‘30. El estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, terminó con las temporadas de caza que Luro disfrutaba en San Huberto con sus amigos artistas, empresarios y nobles durante el otoño pampeano, después de pasar los veranos en Mar del Plata.

Con la guerra, los Luro abandonaron el lugar y los ciervos y jabalíes saltaron los cercos y se convirtieron en parte del paisaje provincial. Hoy, el castillo permanece cerrado con llave y es abierto especialmente para las visitas guiadas: atravesar el umbral y ver los muebles distribuidos como estuvieron a principios del siglo XX, los ambientes separados de patrones y sirvientes, o los sillones forrados en cuero de elefante y labrados en oro, permite imaginarse lo lujosa que fue la vida de la aristocracia durante la Belle Epoque en la Argentina.

La loca idea de Luro inauguró una tradición en La Pampa antes de que la provincia ni siquiera existiera como tal (fue reconocida políticamente recién en 1952): hoy una de las principales actividades turísticas en territorio pampeano es la cinegética, con cazadores que llegan desde todas partes del mundo para hacer puntería en cotos de caza distribuidos por toda la provincia. En el vuelo de ida y de vuelta a Santa Rosa, incluso, es muy fácil distinguirlos, con sus mochilas y bermudas de estampado camuflado, las armas guardadas en estuches negros que no suben a la cabina y listos para una guerra privada con ciervos, antílopes, jabalíes y patos que los esperan encerrados en los cotos.

VIDA DE CAMPO En los últimos años La Pampa también explotó el turismo rural, con varias estancias turísticas en General Acha, Carro Quemado o Toay, un pueblo a 10 kilómetros de la capital de la provincia, donde está La Chacra de Tridente, 80 hectáreas que administra Alberto “Beto” Tridente, bonaerense de nacimiento y pampeano por adopción, que vive por y para los caballos hace una década, cuando dejó su vida de empresario. “Nuestra idea es mostrar la realidad de la vida en el campo, sin show, sin armado para el turista. A mucha gente le gusta ver cómo es el trabajo agropecuario en la chacra, cómo es elegir un animal, carnearlo, comerlo. Quieren integrarse a lo simple que hacemos todos los días en el campo”, explica. Tridente también organiza cabalgatas de tres o cuatro días: “A la antigua, durmiendo en el recado, haciendo escalas en campos, con un vehículo de apoyo por seguridad”, se enorgullece. Es una travesía que no llega a ser extrema pero tampoco tiene comodidades, porque la propuesta es “vivir al aire libre, enfrentando el día y la naturaleza con lo que tengan esos días para ofrecer”.

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Interior del palacio con el que Pedro Olegario Luro quiso trasladar Europa a La Pampa.
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