turismo

Domingo, 12 de abril de 2015

COREA DEL SUR. EL FESTIVAL DE LOS FAROLES DE LOTO

Luces para Buda

El mes próximo, las calles de Seúl revivirán la magia del Lotus Lantern Festival, el desfile que celebra el “cumpleaños de Buda”. Templos y avenidas se visten con las luces de decenas de miles de faroles de papel de seda que iluminan la capital surcoreana.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Annick llegó hace un par de días del sur de Francia, Jan de Holanda y Mary de Estados Unidos. Pero los tres ya armaron con insólita maestría, en el amplio patio del templo Jogyesa de Seúl, los farolitos con que desfilarán en el festival dedicado a conmemorar el “cumpleaños de Buda”, o el “día en que llegó Buda”, en el octavo día del cuarto mes lunar. Les enseña la técnica Hyun, una joven que forma parte de los encargados de recibir a extranjeros en el templo para participar en la festividad budista. El día del desfile final, los tres marcharán junto a mucha otra gente llegada de todo el mundo en la procesión nocturna que enciende a Seúl con mil colores. Y cada uno llevará el farolito hecho a mano como símbolo de buenos deseos y futura prosperidad.

Este año, el Lotus Lantern Festival –su nombre internacional– iluminará las calles de Seúl del 15 al 17 de mayo. Y como ya es tradición, reunirá a surcoreanos y turistas –hay cientos como Annick, Jan o Mary que se suman a las actividades propuestas para que los visitantes vivan de primera mano la fiesta local– en los templos y las calles de Seúl, donde todo es un mar de farolitos, luces y desfiles en tres días mágicos del calendario.

Desfile de faroles –auténticas esculturas– por el centro de Seúl, conmemorando a Buda.

LUZ Y PAPEL DE SEDA Aunque el corazón de la festividad dura tres días, Seúl celebra durante todo el mes, el mismo mes en que florecen los cerezos y las glicinas de la primavera oriental. El encendido del Jangeumdang –un gran farol que simboliza a Buda y el budismo– marca el comienzo de la festividad: el lugar es la Plaza Seúl, frente al edificio del gobierno municipal, un gran espacio verde que forma parte del proyecto de renovación de la capital en los últimos años.

Después del boom económico iniciado en las décadas finales del siglo pasado, la populosa Seúl buscó volverse más amigable con sus habitantes: así, además del rediseño de la Plaza frente al municipio, se reinventó el arroyo Chenggyecheon, que años atrás estaba cubierto por una carretera de hormigón y una autopista. Cuesta imaginar ese pasado viéndolo hoy: a principios de 2003, este curso de agua que atraviesa el centro de Seúl a lo largo de unos seis kilómetros y desemboca en el Mar Amarillo fue la punta de lanza de un cambio de cara integral que hoy lo convierte en uno de los paseos más populares de la ciudad. Miles de toneladas de agua fueron bombeadas desde el río Han para reponer su curso afectado por la industrialización: diez años después de terminada la obra, el Cheonggyecheon es un oasis verde y fresco que simboliza el triunfo del diseño ecológico y funciona como una isla natural en medio de una capital signada por la altura de los rascacielos.

Durante todo el año, oficinistas, estudiantes y turistas recorren sus orillas o se sientan a descansar al borde del agua: pero en mayo, el arroyo es uno de los lugares centrales para la celebración del cumpleaños de Buda, porque a lo largo de su recorrido se instalan cientos de faroles que iluminan su recorrido a partir del atardecer. Y decir “faroles” es quedarse corto para describir las obras de arte multicolores que representan a personas, animales, escenas de la vida cotidiana y del budismo confeccionadas con amorosa maestría: por eso, durante el Lotus Lantern Festival el recorrido del Cheonggyecheon es uno de los mejores paseos de Seúl, jalonado de espíritus luminosos que parecen poner al alcance de la vista y de las manos la claridad la sabiduría oriental.

Momento de ofrendas en el templo Jogyesa, decorado con profusión de coloridos farolitos.

INSA-DONG Y BUKCHON VILLAGE El templo Jogyesa está en la zona de Insa-dong, un barrio (“dong”) de Seúl cuya calle principal –Insa-dong-gil– es el corazón de un pequeño laberinto de callecitas jalonadas de galerías de arte y casas de té. Es el lugar donde ir para probar la comida tradicional coreana en alguno de los muchos restaurantes que ofrecen esa variedad de platos con el infaltable kimchi, la mayoría exóticos para el gusto occidental; o para comprar recuerdos que van desde abanicos hasta monederos de seda. Todo lo que tenga un sabor ancestral se puede encontrar aquí, mientras en Dongdaenum se concentran las luces de neón, los carteles de led y la tecnología que hacen de Corea del Sur uno de los países más modernos del mundo: para afuera, en la eléctrica luminosidad de las calles, y para adentro, en sus conexiones invisibles de fibra óptica que están entre las más avanzadas del globo. Pero aquí, es sabor de antaño el que perdura: antiguamente Insa-dong era uno de los principales mercados de antigüedades y artesanías en todo el país (en parte porque se vendían las pertenencias de la población obligada a desplazarse por la ocupación japonesa): hoy es perfecto para conseguir tazas de porcelana, esculturas de Buda, grabados y libros. También se puede participar en clases de caligrafía y asistir a performances de arte o pansori, un tipo particular de arte narrativo.

El otro lugar ideal para visitar en los días previos al Lotus Lantern Festival es el antiguo “pueblo” de Bukchon, una aldea tradicional que está situada en el corazón de la ciudad, en lo alto de una colina. Justamente por eso tiene una vista atrapante del contraste entre los antiguos techos de tejas que terminan en puntas onduladas, y las torres que brotan en los barrios más nuevos, como el famoso Gangnam, el distrito de moda para ver y ser visto.

Bukchon está situado entre algunos de los principales monumentos de la historia de Seúl: el palacio Gyengbok, el palacio Changdeok y el Santuario Real de Jongmyo, el más antiguo de los santuarios confucionistas conservados, una joya que se mantiene tal como era en el siglo XVI, cuando fue dedicado a los antepasados de la dinastía Joseon. Bukchon es un conjunto de manzanas residenciales donde se levantan las “hanok”, las casas tradicionales de Corea, y es por lo tanto el mejor lugar para conocerlas: construidos en madera con techos de tejas (o de juncos las más modestas), un hanok solía tener un sector para mujeres y niños, un sector para los mayores y un sector para el servicio. Aquí las familias se sentaban en el piso y caminaban sin zapatos; se dormia también en el piso ingeniosamente calefaccionado mediante un sistema de conductos.

Así como se organizan programas de “temple stay” –estadía en templos budistas– en Bukchon hay “hanok stays”, hoteles que permiten conocer de primera mano la vida en una casa tradicional. Sin necesidad de alojarse, varios hanok de la aldea permiten hoy celebrar la ceremonia del té o iniciarse en las artes tradicionales coreanas, como la caligrafía y el delicado pintado de flores de loto con acuarela. En los días del Festival de Farolitos, son muchos también aquí los extranjeros que recorren las calles empinadas y se detienen a aprender algunas de estas formas ancestrales de la cultura coreana. Y por la noche, cuando Seúl empiece a llenarse de sombras y de luces, irán a sumarse como espectadores o como procesantes en el enorme desfile que recorre la zona cercana a Insadong, donde miles de personas caminan lentamente con sus farolitos, entre música y percusiones, recordando el mítico “día que Buda llegó”.

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Dos monjes budistas en el templo Jogyesa, donde se concentra gran parte de las celebraciones.
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