turismo

Domingo, 3 de mayo de 2015

BOLIVIA. EL LADO SUR DE LA ISLA DEL SOL

Viaje al centro del mito

Desde la costa sur del lago Titicaca, un paseo por la Isla del Sol, centro del mito sobre el origen de las culturas tiawanaku e inca. Su legendaria escalinata de Yumani y las ruinas del Palacio Pilkokaina, lugar de veraneo del Inca.

 Por Julián Varsavsky

Fotos: Julián Varsavsky

“Al principio de los tiempos, la tierra y el cielo estaban a oscuras. Sólo noche había. Cuando la primera mujer y el primer hombre emergieron de las aguas del lago Titicaca, nació el sol. El sol fue inventado por Viracocha, el dios de los dioses, para que la mujer y el hombre pudieran verse.”
Eduardo Galeano

Para cada civilización antigua, el tiempo nacía con ella. Al menos hasta que Herodoto de Halicarnaso inventó en el siglo V una disciplina que se proponía “impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad, y menos que lleguen a desvanecerse las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros”. Hasta entonces, aquí y allá el etnocentrismo de las culturas ubicaba siempre al “centro del universo” en su propio lugar de origen, como los rapanui, que llamaban a la actual Isla de Pascua “el ombligo del mundo”.

Los incas tienen su mito fundacional en la Isla del Sol, para más precisión en la Roca de los Orígenes, de donde habría brotado por obra del dios Viracocha el matrimonio de hermanos conformado por Manco Capac y Mama Ocllo, quienes salieron hacia Cusco a fundar uno de los mayores imperios de la historia americana. La misión otorgada por el dios Sol a estos equivalentes de Adán y Eva en las culturas andinas era ir enterrando un báculo de oro en la tierra hasta encontrar un lugar donde quedara clavado con facilidad. Ello habría ocurrido a orillas del río Huatanay, donde hoy está Cusco, antigua capital del Tawantinsuyu. Este es, al margen de la belleza de los paisajes, el tremendo peso histórico y mitológico de la isla que vamos a visitar: el lugar físico del mito de creación inca, acaso el lugar de peregrinaje más sagrado de aquella cultura, que está siendo revalorizado por sus descendientes actuales.

Los nichos trapezoidales del Palacio Pilkokaina, que funcionaban como altares sagrados.

DESDE LA PAZ Partimos desde la capital boliviana y al trepar la montaña por la carretera, lo primero que se ve es el rasgo característico de la ciudad: La Paz es una urbe completa sin revocar. Casi todas las casas y edificios de hasta siete pisos -fuera del microcentro son de puro ladrillo a la vista, ocupando un cerrado valle que se tiñe de ocre desde el pie hasta la cima, sin dejar claros.

Atravesamos El Alto –la ciudad vecina, también sin revocar– y a las dos horas de viaje llegamos al pueblo de San Pedro de Tiquina, donde cruzamos un estrecho del lago Titicaca en lancha mientras el vehículo va en una barcaza. Aquí se había decidido hace un tiempo hacer un puente. Pero la resistencia de los lancheros impidió la construcción.

Desembarcamos en la otra orilla, en el pueblo de San Pablo de Tiquina, frente a un gran monumento a Manco Capac. Al rato llegamos el pueblo de Copacabana, que a pesar de sus escasos 3000 habitantes tiene una basílica enorme y desproporcionada. Es porque alberga a la muy popular imagen original de la Virgen de la Candelaria, que cada 2 de febrero y 15 de agosto atrae a miles de peregrinos a una fiesta de origen prehispánico sincretizada a la fuerza con un culto católico. Allí mismo, donde hoy se levanta una blanca iglesia de 1805, había un centro ceremonial aborigen probablemente milenario.

Una embarcación tradicional de totora, ya en desuso, pero intacta en simbolismo.

A NAVEGAR A orillas del Titicaca nos embarcamos para surcar las aguas color esmeralda del lago navegable más alto del mundo, a 3800 metros de altura. Pasamos junto a la pequeña Isla de la Luna y desembarcamos a las dos horas en el pequeño muelle del puerto de Saxamani, en lado sur de la Isla del Sol.

Desde la costa sigo con la mirada a una chola de sombrero borsalino y amplia pollera que lleva a una niña de la mano, hasta que se pierden por una escalinata muy empinada que sube al cerro. En esta isla viven, desde hace milenios, personas de las etnias aymara, quechua y uro que, en muchos casos, se comunican en su propia lengua además del español. No sé a cuál pertenecerán madre e hija, pero la imagen cobra una potencia especial cuando me entero de que suben, peldaño a peldaño, las escalinatas de Yumani, cinceladas en piedra por los incas entre 600 y 700 años atrás, muy bien conservadas y de uso cotidiano.

En lo alto de los 220 peldaños de la escalinata que se interna en un bosque está la Fuente de la Juventud, donde confluyen tres pequeños cursos de un agua bebida por los lugareños para prolongar la vida. Según la leyenda al Inca lo subían hasta ese lugar seis sacerdotes portando un trono de oro para que el monarca bebiera de las aguas de la eterna juventud, que lo harían inmortal.

De regreso en la embarcación navegamos 20 minutos hasta otro muelle para desembarcar al pie de un acantilado rocoso. Al subir una escalinata desembarcamos para ver el Palacio Pilkokaina (“donde descansa el ave” en quechua), lugar al que venía el Inca en busca de reposo. Aquí lo atendían las niustas, sacerdotisas consagradas al culto de Inti o dios Sol.

Al caminar entre las ruinas de piedra con vista al lago ingresamos a los cuartos ceremoniales y al privado del Inca, quien se instalaba en el palacio con el sumo sacerdote y una comitiva imperial. El estilo arquitectónico está emparentado con Machu Picchu, con aberturas de ingreso en forma trapezoidal orientadas hacia el este.

De regreso a Copacabana observamos desde el barco las ancestrales terrazas de cultivo a lo largo de la costa, que modificaron la topografía montañosa de la isla.

La Isla del Sol es resignificada simbólicamente por sus pobladores, que viven de la agricultura, el pastoreo, la pesca y el turismo. También para el resto de los bolivianos el lugar adquiere nuevos sentidos. Hace unos años se comenzó a celebrar aquí el Inti Raymi o Fiesta del Sol, una ceremonia incaica que se había perdido, con amautas quechuas y aymaras adorando al astro rey durante el solsticio de verano.

El presidente Evo Morales impulsó la revalorización de la Isla del Sol cuando, al asumir el poder el 22 de enero de 2006, asombró al mundo pidiendo un minuto de silencio en honor a Manco Inca, Tupaj Katari y Tupac Amaru. Acto seguido expuso su Manifiesto de la Isla del Sol, criticando la destrucción de la naturaleza a través del consumo desmesurado que conlleva el capitalismo. Allí, evocando siempre la cosmovisión originaria, propuso invertir la relación de preponderancia que se arroga el hombre por sobre la Pachamama o Madre Tierra.

De alguna manera Morales hizo un paralelismo con el mito inca del origen del mundo y lo ocurrido a los primeros hombres creados por el dios Sol, por perderle el respeto a la naturaleza. La leyenda vinculada al dios Viracocha cuenta que en tiempos remotos existía una ciudad idílica donde hombres y mujeres vivían felices y en la abundancia. Su única prohibición era no subir a los cerros donde moraban los dioses. Pero tentados por el diablo fueron hasta la cima y los dioses, furibundos, mandaron una gran lluvia que ahogó a la humanidad. Al bajar las aguas habrían surgido de la Isla del Sol, Manco Cápac y Mama Ocllo. Lo curioso es que según estudios científicos hubo una gran lluvia en la zona hace algunos milenios, que podría ser el origen real de parte de este mito. Y bajo las aguas del Titicaca se han encontrados restos sumergidos de construcciones incas.

Hablando en términos políticoreligiosos en un marco andino, el primer presidente indígena de la historia de Bolivia anunció desde aquí el comienzo del Pachakuti, la “nueva era”, resultado del despertar de los pueblos originarios de Bolivia, precisamente en el mismo lugar de la fundación mitológica de la cultura inca, el lugar exacto donde “comenzó el tiempo”.

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Llegada y partida de las lanchas en las aguas del lago navegable más alto del mundo.
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