turismo

Domingo, 10 de mayo de 2015

CHILE. EXPERIENCIA DE PARAMOTOR EN ATACAMA

Vuelo sobre el desierto

Surcar el cielo en parapente con motor en San Pedro de Atacama permite observar el desierto más reseco de la tierra sobre el Valle de la Luna, ese gran cementerio geológico surgido de las entrañas de la tierra. El norte andino de Chile, desde el aire.

 Por Julián Varsavsky

Fotos de Haroldo Horta

Haroldo Horta Tricallotis es un hombre que vuela y hace volar. Nos encontramos en el aeropuerto de San Pedro de Atacama, una lengua de asfalto en el desierto que usa un solo piloto: él.

Llegamos antes que el sol y Haroldo suelta el trailer de su camioneta para sacar un avioncito como de juguete. En 20 minutos lo arma y me siento detrás de él, listo para despegar.

La hélice trasera del paramotor no es mucho más grande que la de un ventilador. Pero apenas se enciende comenzamos a carretear arrastrando la vela. En segundos ya estamos volando. La sensación de precariedad es inquietante y me agarro de un parante. El avioncito no tiene techo, paredes ni piso. Las alas son de tela, la estructura es de aluminio, pendemos de finos hilos y hay un precipicio a mis pies.

Pero pienso que los hilos son de kevlar y resisten 500 kilos, sé que Haroldo tiene 5000 horas de vuelo en parapente y paramotor, y si el motor se apagara caeríamos suavemente porque ya hay un paracaídas abierto. Así que me relajo dispuesto a disfrutar.

Nuestro avioncito surca las afueras del pueblo, sobre las comunidades aborígenes con sus plantaciones junto a pozos de agua. San Pedro queda atrás y lo veo completo en su carácter de oasis verde, la única excepción en el vasto desierto rojo. Al fondo se levanta imponente el volcán Licancabur, con su cima nevada.

La planicie reseca se rasga con los caracoleos de ríos fantasmas que reviven por un rato cada varios años. Mientras tanto, son almas de ríos ausentes vagando por el desierto.

Los sugerentes Ojos del Salar, de un intenso verde esmeralda, parecen mirar al cielo.

EXTRAÑOS VALLES Nos acercamos a la formación geológica Valle de la Muerte con sus placas sedimentarias apuntando al cielo como flechas gigantes. En las paredes de las mesetas los colores en dégradé permiten leer las eras geológicas de la Tierra.

Alcanzamos los 2800 metros de altura a una velocidad de 50 kilómetros por hora hasta la Cordillera de la Sal, sobre el Valle de la Luna, con sus vetas rojizas en zigzag. Haroldo dobla el volante y trazamos una larga “U” en el aire para regresar. Descendemos con suavidad luego de recorrer un triángulo de 28 kilómetros.

El vuelo más espectacular que hace Haroldo en Atacama pasa sobre las aguas turquesa de la laguna Cejar y los Ojos del Salar, dos espejos de agua circulares que desde el aire parecen un par de ojos mirando al cielo. Luego sobrevuela la laguna Tebenquinche, que en verano se seca y parece un salar con fragmentos rojiverdes. En este caso pasa sobre un gran valle formado por un círculo cordillerano, y como pista se usa un camino de sal. Un tercer circuito llamado Monturaqui llega hasta un cráter de 300 metros de diámetro, abierto en una planicie por la caída de un meteorito, donde se desciende para caminar por su interior.

Una formación de flamencos del desierto volando en “V”, un asombroso espectáculo en rosa y negro.

VIDA DE ALTO VUELO Al aterrizar Haroldo arroja una frase huracanada que remonta nuestra conversación sobre la Cordillera de los Andes y a través del océano: “¿Sabes que yo soy fotoperiodista?”.

En 1973, siendo estudiante secundario, Haroldo se exilió con sus padres en Hungría, donde quiso ser paracaidista. Pero un día antes del primer salto, descubrió que la ley no se lo permitía a un extranjero. Entonces comenzó a estudiar fotografía. A su familia la vida le sonreía: “Nos dieron casa, estudio y trabajo; era el mundo perfecto”.

En Budapest aprendió húngaro y, consecuente con su espíritu libertario, se relacionó con los hijos de los masacrados durante la invasión rusa de 1957, lo cual no fue visto con buenos ojos por el gobierno comunista: “Luego de un viaje a Holanda no me dejaron regresar”.

Con 17 años, el estudiante de fotografía terminó trabajando de obrero ilegal en Holanda. Después fue a Austria a probarse como fotógrafo y aceptó el desafío del editor gráfico de la revista Profil: “Tienes que ofrecernos algo original”.

Por aquel tiempo Haroldo soñaba con tumbar a Pinochet. Y considerando que Nicaragua podría ofrecerle un buen entrenamiento militar, se ofreció a cubrir la Revolución Sandinista para la revista.

La idea era ser fotógrafo en la guerra, pero terminó combatiendo. Su carrera como guerrillero fue corta: “Con un compañero nos topamos con 30 guardias nacionales. Nos tiraron con un lanzagranadas y la onda expansiva nos arrojó varios metros. Yo cubrí la retirada de mi compañero pero luego él huyó por la playa. El enemigo abrió un abanico a mi alrededor y me dieron en un pie. Me arrastré de espaldas disparando entre las piernas y me parapeté en un acantilado. Estaba perdido y me lancé a correr por la costa, pero un soldado bajó a la playa y nos enfrentamos en duelo personal. Yo me pegué a la pared del acantilado y él se escondió entre las rocas, pero le di. Y cuando iba a escapar un soldado me gritó desde arriba del acantilado apuntándome. Luego de un violento interrogatorio el jefe decidió matarme y me puso el caño en la sien. Lo vi retirar su cara para evitar salpicarse de sangre pero antes preguntó cómo me llamaba. Haroldo Horta Tricallotis no es un nombre nica y se dio cuenta de que era chileno. El hombre consideró que podía obtener información de mí y me salvé”.

Por aquel tiempo don Gustavo Horta llevaba una vida sin sobresaltos en Hungría y consultó a las autoridades por qué no lo habían dejado volver a su hijo. “Porque se lo sospecha espía de una potencia extranjera”, le dijeron. Pero Haroldo estaba en ese momento siendo torturado por los esbirros de Somoza.

En 1989 nuestro protagonista volvió a Chile como fotógrafo de la agencia Seitenspiegel, cubriendo guerras en El Salvador, Guatemala, Honduras, Perú y Colombia. Hasta que en 1993 fotografió el asesinato de trece niños en Medellín a manos de la policía, en su guerra contra el narco: “Ahí no aguanté más y colgué la cámara”.

En 1993 el exguerrillero partió hacia Perú detrás de un amor. Instalado en Lima se involucró en una nueva guerra entre dos potencias: las cervezas Cristal y Cusqueña. Ya por esa época, hacía tres años que Haroldo volaba en parapente.

El trabajo en Lima eran los vuelos publicitarios como “soldado” de las cervezas. En la parte interior del parapente estaba el logo y el audaz volador tenía que aterrizar en estadios con 70.000 personas que estallaban en vítores de gol.

Pero el inquieto aventurero volvió a meterse en problemas. En 1997 el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru secuestró en la Embajada de Japón a unos diplomáticos. Cuando las fuerzas de Fujimori retomaron la embajada, Haroldo no tuvo mejor idea que sobrevolar con su paramotor el edificio humeante que era el centro del mundo en ese momento, para tomar fotos desde la perspectiva vertical que nadie más tendría.

“Un día yo sobrevolaba Lima con la publicidad de un candidato opositor a Fujimori y apareció un helicóptero encima de mí: era un atentado. La vela se me plegó y comencé a descender en caída libre. Cuando ya me daba por muerto la vela se abrió sola”, cuenta Haroldo y suspira. El mensaje fue claro: “Te queremos ver muerto”. Así que al día siguiente desarmó su avión y escapó a Chile en un bus.

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