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Domingo, 1 de noviembre de 2015

ALEMANIA > MUNICH, TRADICIóN Y RENACIMIENTO

Pequeña gran ciudad

Reconstruida con precisión germánica después de la Segunda Guerra Mundial, la capital de Baviera alterna historias de reyes con comunidades inmigrantes, hace un culto de la cerveza e invita a recorrerla por las bicisendas. Muy cerca, aún se proyecta la sombra del primer lager alemán.

 Por Emilia Erbetta

Fotos: Turismo de Alemania

El hombre está desnudo y solo: el verano en Alemania terminó y en el Jardín Inglés ya no hay tanta gente como en julio y agosto, cuando lo visitan miles de personas por día que aprovechan sus 417 hectáreas de vegetación. Todavía hace algo de calor, y él lee tranquilo sentado en una reposera, mientras su bicicleta pasta a unos pocos metros, echada como un animal cansado. Un poco más allá corre manso el Eisbach, el pequeño brazo helado del gran río Isar que cruza el parque. Y aunque la falta de ropas de este señor puede llamar la atención de algún turista desprevenido, el nudismo en el Englischer Garten es tan típico de Munich como la salchicha blanca y la cerveza de trigo.

Reconstruida casi por completo después de la Segunda Guerra Mundial, por momentos Munich parece una maqueta de edificios bajos, pintados de colores pastel y en estudiada armonía cromática. Entre 1943 y 1945 la capital de Baviera fue bombardeada 66 veces y el 60 por ciento de la ciudad quedó desfigurado por las bombas aliadas: la que alguna vez fue bautizada por Adolf Hitler como la "capital del movimiento" debía renacer. El proyecto Das Neue Munchen (la nueva Munich) estuvo a cargo del arquitecto Karl Meitinger, que propuso reconstruir los monumentos más importantes y conservar el trazado urbano medieval, respetando la división parcelaria previa a la devastación de la ciudad. Muchos edificios dañados por las bombas, como las iglesias de San Miguel (Michaelskirche), San Pedro (Peterskirche), la catedral (Frauenkirche), el Viejo y el Nuevo Ayuntamiento o la Residenz, el antiguo palacio real, fueron reconstruidos idénticos a sus modelos originales, aunque en muchos casos con nuevos materiales, como el acero laminado y el hormigón armado, huesos y músculos nuevos para devolverle a la nueva Munich su vieja cara.

A diferencia de Berlín, que se jacta de su multiculturalismo, en Munich conviven sin mezclarse demasiado las fuertes tradiciones bávaras con la cultura de los miles de inmigrantes –en su mayoría turcos pero también palestinos, paquistaníes y de otros orígenes- que perfuman la ciudad desde los bolichitos que venden kebab, pizza turca y falafel. Llegar en tren y salir caminando desde la estación central permite ver cómo la población de migrantes (y ahora, refugiados) se distribuye, como en muchos otros centros urbanos, alrededor del enjambre de vías: en los supermercados y verdulerías cercanos a Munchen HBF, muchísimas mujeres llevan burka o hiyab. Munich también es un imán para los turistas de los países más ricos de Medio Oriente: por Maximilienstrasse, la avenida que reúne a algunas de las marcas más exclusivas del mundo, mujeres cubiertas de pies a cabeza revisan los percheros de Chanel, Prada y Dior mientras de sus brazos cuelgan carteras Luis Vuitton.

La catedral de Nuestra Señora, dañada en la guerra pero reconstruida exactamente como el original.

METRóPOLI CON CORAZóN Cruzada por el río Isar y por kilómetros de bicisendas que permiten circular tranquilamente por calles, veredas y parques, hasta 2006 Múnich se vendía como una "metrópoli con corazón". El slogan es bastante acertado para describirla: aunque tiene un millón y medio de habitantes y nada que envidiarles a otras grandes ciudades -una atractiva y muy variada oferta cultural, prestigiosas universidades e industrias muy competitivas- la vitalidad que conservan las tradiciones bávaras y el hecho de que sea una ciudad muy limpia y ordenada, donde nada parece quedar demasiado lejos, hacen que por momentos parezca un pueblo (rico) grande.

Como todo pueblo, Munich tiene su plaza principal, Marienplatz, centro geográfico y neurológico: ahí se toman las decisiones políticas y ahí se encuentran los grupos de turistas y de amigos, junto a la gran columna con la imagen de la Virgen María que vigila la aldea desde 1638, cuando terminó el asedio protestante, durante la Guerra de los 30 Años. En Marienplatz lo primero que llama la atención es el gran edificio neogótico del Nuevo Ayuntamiento. Sorprende no sólo porque es arquitectónicamente deslumbrante, sino porque parece viejísimo, mucho más antiguo incluso que el Viejo Ayuntamiento, que limita la plaza hacia el este y fue reconstruido totalmente después de la guerra. Construido a fines del siglo XIX y parcialmente restaurado después de 1945, el Nuevo Ayuntamiento es uno de los edificios más emblemáticos de Múnich, con su torre de 85 metros, donde diariamente a las 11, las 12 y las 17 se activan las 43 campanas del carrillón y 32 figuras representan un torneo nupcial -el de la boda del duque Guillermo V de Wittelsbach con Renata de Lorena- y un baile típico de Munich.

Muy cerca de Marienplatz está el Viktualienmarkt, un antiguo mercado popular a cielo abierto que hoy concentra lo mejor de las delikatessen bávaras. En los puestos se puede comprar salchichas blancas (Weißwurst), brezels (pretzels horneados y blandos, típicos de Alemania), conservas, pescados, carne de aves, fruta frescas y secas, verduras y especias, flores y souvenirs. También hay un gran patio cervecero, donde en las tardes de verano los muniqueses se encuentran después de trabajar para tomar cerveza hasta ponerse colorados, comiendo currywurst (salchichas con ketchup y curry) o schnitzel (escalope de ternera, muy popular también en Austria).

Durante el Oktoberfest, Munich es una fiesta… íntegramente celebratoria de la cerveza.

SANGRE áMBAR Begoña es española y habla un alemán rasposo, infectado de sus zetas ibéricas. Llegó a Munich enamorada de un bávaro y se quedó: dos años después, ya tiene su propio dindlr (el típico vestido de las zonas rurales de los Alpes) para usar durante el Oktoberfest y trabaja de guía turística en español, al frente de uno de los varios free walking tours que se ofrecen en la ciudad. En medio de un recorrido verborrágico por el centro histórico, Begoña asegura que en Baviera casi cualquier pregunta puede responderse con una palabra: cerveza. Cerveza en los biergarten y en las cervecerías tradicionales donde también se comparte mesa, cerveza de trigo y de cebada, cerveza incluso para acompañar la salchicha blanca con mostaza dulce en un tradicional desayuno bávaro. En verano y primavera, los mejores lugares para vivir la auténtica experiencia muniquesa son los jardines o patios cerveceros: creados en 1812 por el rey Maximiliano I, en los biergarten la idea es compartir mesa y llevar algo para comer, que ayude a aguantar mejor los litros que los bávaros, según esta española, "se bajan como agua". En muchos también venden platos tradicionales como codillo de cerdo, salchichas o pollo asado. Otro punto de encuentro está en las cervecerías. La más turística es la Hofbräuhaus o cervecería real, que anualmente recibe más de un millón y medio de visitantes.

El Teatro Nacional, sobre la Max-Joseph Platz, uno de los iconos del centro urbano.

CAPITAL DEL MOVIMIENTO "La cuna de la bestia". Así llamó Dwigth Eisenhower a Munich hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Y es que el nacionalsocialismo nació en esta ciudad, donde en 1923 -el 8 y 9 de noviembre- un joven Adolf Hitler llevó adelante un fallido golpe de Estado, en lo que se conoció como "el putsch de la cervecería". Quince años después, otro 9 de noviembre pero de 1938, desde el Viejo Ayuntamiento -donde hoy funciona el Museo del Juguete- Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi, dio el discurso que desencadenó la Noche de los Cristales Rotos. A 30 kilómetros de Munich, en Dachau, el nazismo levantó en 1933 su primer campo de concentración, que sirvió como modelo y ensayo para la terrorífica red en la que aniquiló a seis millones de personas hasta 1945.

Para conocer la historia del nazismo en la ciudad, mucho más interesante que los "tours del Tercer Reich" es tomarse el tren S2 hasta Dachau y avanzar por el "sendero de la memoria", siguiendo el camino que los prisioneros hacían desde la estación hasta el primer lager alemán. Son tres kilómetros y cuarenta y cinco minutos de caminata para llegar hasta las puertas del Memorial: allí un museo recupera la historia del campo y rescata las trayectorias y destinos de cientos de prisioneros de los miles que pasaron y murieron en Dachau. Difícilmente queden fuerzas y ánimos para otro paseo después de visitar las barracas reconstruidas y pasar unos minutos frente a la tumba de los "miles anónimos". Igual de informativo aunque menos arrollador emocionalmente es el NS-Dokumentationszentrum, el Centro de Documentación que funciona desde comienzos de este año en un edificio construido en la misma parcela donde estaba la Braunes Haus, o Casa Marrón, el palacete que fue sede central del partido nazi alemán. En un moderno edificio que mira hacia la Königsplatz, la plaza del rey, escenario de masivas marchas nazis, Munich se hace cargo de su rol en la tragedia alemana.

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