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Domingo, 1 de noviembre de 2015

FRANCIA > LA COLECCIóN DE ZAPATOS DE ROMANS-SUR-ISèRE

Museo que viste y calza

La pequeña localidad del este de Francia se dedicó durante mucho tiempo a curtir cueros y luego a producir zapatos de lujo. Hoy evoca este pasado con un museo que reúne la mayor colección de calzado del mundo.

 Por Graciela Cutuli

Hace cuatro o cinco mil años, en el Egipto antiguo, los escribas y los faraones –que caminaban de perfil, walk like an egyptian– lo hacían con sandalias de papiro. Papiro: la misma planta con la que se hacían los rollos que conformaban los libros de la época. Mucho tiempo después, en otro rincón del mundo, las mujeres chinas de las clases pudientes apenas si podían caminar, porque sus pies eran triangulares. Como sus zapatos: delicadas piezas bordadas… y triangulares. Pero las extravagancias al ras del piso no son cosa del pasado remoto: en los años ’50, Charles Jourdan y Roger Vivier afinaron y subieron tanto el taco que terminó teniendo la forma de una aguja… un talon-aiguille, como se dice en francés, los imperecederos tacos aguja.

Estos modelos y muchísimos más se pueden ver en el Museo Internacional del Zapato de Romans, el más grande en su tipo en todo el mundo. ¿Dónde si no descubrir una colección increíble que se remonta hasta el tiempo de los faraones y hace desfilar los siglos desde la perspectiva de las suelas, los tacos o los cordones?

AGUA Y TANINO Romans-sur-Isère es una ciudad más bien chica, entre el Ródano y los Alpes, donde las montañas todavía no se decidieron a serlo del todo. Es una región de colinas, cubiertas de bosques y surcadas por ríos y arroyos. Durante la Edad Media, para un curtidor no hacía falta nada más: el agua, la madera y su tanino eran todo lo que necesitaban las curtiembres. Y así, durante siglos, Romans produjo cueros y pieles, hasta que su fama traspasó los límites de esta región enclavada en el este de Francia para llegar hasta Lyon y las costas del Mediterráneo. Y más tarde a París y Milán. Hace todavía un siglo la ciudad vivía principalmente del trabajo de las pieles y los cueros, mientras hoy quedan apenas un par de empresas. Pero su producción se destina casi exclusivamente a las casas de alta costura y diseño de las dos capitales de la moda: Dior, Gucci, Vuitton, Cartier o Hermès.

Si no fuera por el museo, tampoco quedaría rastro hoy de lo que fue sin embargo el orgullo de Romans durante un siglo: la fabricación de zapatos de lujo. Sus vecinos más viejos, que llegaron a trabajar en los talleres de antaño, se acuerdan del tiempo en que la ciudad era el principal productor de zapatos de Francia y sus marcas se exportaban a todo el mundo. Pero afortunadamente está el museo, que no sólo rescata ese pasado sino que ha adquirido en pocos años la más fabulosa colección del planeta, el mejor homenaje posible a este oficio que roza la categoría de arte. Gracias a él, desde 1971 Romans mantiene su rango de capital del zapato: y además su museo fue instalado en el marco magnífico de un convento del siglo XVII, que se parece más a un palacio que a un edificio religioso.

Se llega fácilmente, siguiendo los carteles desde cualquiera de las entradas a la ciudad. Es por lejos el mayor atractivo y la principal razón para desviarse de la mítica Ruta 7, que bordea el Ródano y baja de París al Mediterráneo. Aunque en realidad no es la única: no muy lejos está el pueblito de Hauterives, donde un cartero llamado Cheval construyó piedra sobre piedra su insólito palacio, hoy día considerado como la obra maestra del llamado Arte Bruto.

El centro de Romans está ocupado por una ancha avenida, donde se estaciona y también se organizan ferias y mercados al aire libre. En uno de sus extremos está el cruce peatonal que hay que usar para llegar hasta el majestuoso portón del convento. Al fondo de una inmensa explanada se abre la puerta de entrada a la visita más increíble que se pueda hacer en torno a un objeto aparentemente tan banal como el zapato, por lo menos para quienes no le rinden un culto a la moda o a Charles Jourdan, uno de los mayores zapateros de todos los tiempos, e hijo del lugar.

LA PANTUFLA DE NAPOLEóN Sea a través de su historia, de los creadores recientes, de piezas para coleccionistas o de la manera de fabricarlo, las puertas de las salas abren sorpresa tras sorpresa. Antes de llegar a la sandalia egipcia de hace 4000 años o más, se pasa por la réplica de un taller tal como los había en Romans hace un siglo. En ciertas ocasiones, algunos artesanos trabajan sobre las viejas máquinas y fabrican manualmente algunos pares de zapatos delante de los afortunados visitantes. El resto del año, el taller está tal como lo dejaron, con los cueros y las hormas sobre las mesadas.

Las o los fashionistas pasan por lo general rápidamente por las primeras salas: cuadros de arte alegóricos, junto a antiguas herramientas y mostradores. Su objetivo está en las últimas, al final del recorrido bajo las ojivas neogóticas del antiguo convento. Pero antes, seguramente se asombrarán cuando pasen por las celdas. Los pisos de madera crujen bajo cada paso. De ambas parte de un pasillo, una puerta se abre tras otra. En las diminutas piezas vivían las religiosas. Sus modestas habitaciones han sido reconvertidas en un viaje por el tiempo, que empieza en los pantanos del Delta del Nilo para ver lo que es seguramente el zapato más antiguo que haya llegado hasta nuestros tiempos. No se sabe exactamente su datación, pero se estima entre 4000 y 5000 años. Por supuesto es increíble que haya llegado hasta nuestros tiempos, y más increíble aún que su diseño sea tan actual. Parece uno de esos modelos sin taco que se ven en las playas durante el verano, algo liviano y sencillo.

Los curadores del museo, sin embargo, no lo fueron a buscar entre los hallazgos de algún arqueólogo. La mayor parte de la colección de zapatos históricos que se puede ver en las ex celdas de las monjas forman parte de la colección Victor Guillen, un bottier renombrado de París. En total, se muestra sólo un diez por ciento de las 20.000 piezas de la institución, de las cuales 16.000 son zapatos.

Hay que consolarse imaginando que seleccionaron las piezas más increíbles. Entre las históricas hay suelas de coturnos romanos (curiosamente en peor estado que las sandalias egipcias), polainas medievales de largas puntas afiladas (los curas las odiaban porque pensaban que impedían a quien las llevaban arrodillarse para rezar), zapatos “patrióticos” del tiempo de la Revolución Francesa (con cucardas en color azul-blanco-rojo) y hasta una pantufla que según una carta manuscrita perteneció a Napoleón.

DE VISITAS Y COMPRAS Tacos, materiales, diseños, tamaños: las mismas sorpresas que uno se lleva con esta colección histórica las tiene con la que termina de ocupar las muy austeras celdas monacales: calzados de distintas culturas del mundo. ¿El zapato más loco es la pequeña pieza de seda para los pies deformados de las mujeres chinas o la ojota llena de clavos de algún fakir indio? Hay también mocasines sioux, botas rusas o las extravagantes plataformas de madera que se imponía a las mujeres turcas en los harenes para que no pudieran salir… o tuvieran que hacerlo a paso de tortuga.

Este sector del museo explora el mundo y los tiempos hasta 1900, ya que para el siglo XX y la exuberante imaginación que mostró la industria del zapato queda todo un sector, en la planta baja del monasterio. La colección proviene principalmente de otra adquisición constituida por 400 pares. Son modelos principalmente franceses e italianos y de la casa parisina Hellstern, que confeccionó a medida para los ricos y famosos de buena parte del siglo pasado.

También hay una boutique que vende principalmente reproducciones a escala de la colcción Just the Right Shoe o hermosos libros sobre el tema. Pero si la visita al museo fue impulsada por algo más que curiosidad, es decir, una verdadera devoción por el calzado, hay que saber que Romans sur Isère sigue siendo un importante centro comercial de zapatos: hay una densidad de zapatería notablemente más alta que en cualquier otra pequeña ciudad del interior de Francia. Y no sólo: también cuenta con un centro de Marques Avenue, un gran centro comercial de outlets que funciona en un antiguo cuartel. Además, se proyecta reabrir los talleres de Charles Jourdan para crear un hotel temático y oficinas destinadas a las empresas vinculadas con la zapatería.

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En las colinas entre el Ródano y los Alpes se levanta Romans, la ciudad del calzado.
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