turismo

Domingo, 15 de febrero de 2004

ITALIA ROMA Y EL CINE

Una ciudad de película

La Roma real, una de las ciudades más hermosas y antiguas del mundo, inspiró muchas películas que hicieron historia y fijaron para siempre la imagen de la “dolce vita” con el trasfondo de sus fuentes, monumentos e iglesias. Junto a la Roma real existe la legendaria, la Roma del cine.

 Por Graciela Cutuli

En la pantalla grande, Roma tiene muchos mitos. No sólo del cine clásico, que recreó el mundo de los gladiadores y los emperadores en Quo Vadis, Espartaco y Ben Hur, por citar sólo tres famosísimas películas del filón “peplum” (o “sandalone”, como las llaman irónicamente en Italia), sino también de aquel otro cine que recreó una Roma contemporánea romántica, en guerra o en tono de comedia a lo largo de las últimas décadas. Perlas hay en todas las épocas, pero es difícil superar las de Scipione l’africano, que en 1937 –los tiempos mandaban– mostraba a Escipión a caballo, en pose mussoliniana y con los pies en los estribos (que los romanos no conocían), además de un “legionario” con reloj en la muñeca. Por supuesto, el Coliseo era el escenario favorito de esta clase de películas, que tuvo desde gigantescas producciones norteamericanas hasta más modestas italianas, sin olvidar algunas raras mezclas futuristas. Y si las estrellas del cine se fueron, en los alrededores del Coliseo los actores siguen: son los legionarios siglo XXI que se pasean bien trajeados “a la romana”, con yelmo, sandalias y corazas (naturalmente, tampoco les falta el reloj en la muñeca) sacándose fotos con los turistas al pie del legendario anfiteatro.
Historia y comicidad involuntaria aparte, muchas imágenes podrían retenerse de esa Roma que se despliega multiforme ante los ojos del espectador como ante los del turista: Anna Magnani abatida en el suelo, en Roma ciudad abierta, una joven Audrey Hepburn sobre el “motorino” de Gregory Peck en Vacaciones en Roma, la desesperación de Vittorio Gassman en Il sorpasso ante la ciudad desierta en Ferragosto. Roma está presente aunque no se la vea, como en La familia, donde nunca se sale de los salones de la casa de Via Scipione 44, pero la atmósfera de la ciudad y sus épocas se palpa a través de los personajes. Sin embargo, hay un puñado de fotogramas que bastan para decirlo todo cuando se habla de la pantalla grande y la capital italiana: Anita Ekberg, espléndida y reluciente en la noche de Roma, empapada en las aguas de la Fontana di Trevi, será para siempre el símbolo de la “dolce vita” romana dentro y fuera de la pantalla. En los años ‘70, Ettore Scola reconstruyó, en Nos habíamos amado tanto, aquella misma y ya mítica escena. Aunque décadas más tarde la “dolce vita” tal vez no lo sea tanto, los romanos siguen siendo los mismos, y en cualquiera de los puntos de este itinerario por donde alguna vez pasaron las cámaras de cine se los podrá encontrar, arrastrando las palabras y agitando las manos, dispuestos a responder consultas turísticas como guías improvisados y asegurando siempre que al destino deseado se llega “tutto dritto” (siempre derecho). Si se llega nunca se sabe, pero seguro que en el camino Roma deparará muchas cosas para conocer.
Nos habíamos amado tanto. Trinità de Monti, sobre la Piazza di Spagna, de donde parte un abanico de calles peatonales en las que se concentra lo mejor de la moda italiana e internacional, fue escenario de las Vacaciones romanas de William Wyler en 1953, de Nos habíamos amado tanto en 1974 y de El talentoso Mr. Ripley, la más reciente, filmada en 1999 por Anthony Minghella. Es uno de los lugares más famosos de Roma en todo el mundo gracias a los desfiles de moda que se organizan cada año en la escalinata que une la iglesia con la plaza: de algún modo, las filiformes modelos de hoy son la continuación moderna de aquellas –más pulposas– que en el siglo XIX se vestían con trajes tradicionales con la intención de atraer y posar para los artistas más ricos de Roma. En primavera, la escalinata –por donde bajaba Lucía Bosé en Le ragazze di Piazza di Spagna– es una explosión de azaleas, y cuesta abrirse paso entre las decenas de turistas, dibujantes, fotógrafos y curiosos que se dan cita en el lugar, que desemboca en la Fontana della Barcaccia diseñada por Bernini. Si se deja atrás Piazza di Spagna, tomando por Via del Babuino (en el camino hay que desviarse para recorrer la breve pero pintoresca Via Margutta, la calle de los artistas) se desemboca en Piazza del Popolo, otra de las más tradicionales de Roma y escenario del encuentro, en Nos habíamos amadotanto, de Vittorio Gassman y Nino Manfredi. En 1991, Gus Van Sant también filmó allí escenas de My Own Private Idaho (Mi mundo privado).
Más célebre todavía es el “escenario” natural aportado por la Fontana di Trevi, la del famoso baño de Anita Ekberg, en pleno barrio del Quirinale. Es sabido que según la tradición hay que arrojar una moneda a la fuente —de espaldas mejor– para que se cumpla el deseo de volver a Roma. Y si de fuentes se trata, es insoslayable la de los Cuatro Ríos –incluyendo el Río de la Plata– que se levanta en Piazza Navona, una de las más elegantes de Roma. Allí filmó 1963 Vittorio De Sica Ieri, Oggi e Domani, y en 1996 Jane Campion eligió los escenarios de Retrato de una dama. Roma en el cine es también Campo de Fiori, la plaza donde se realiza un animado mercado al aire libre, que dio título a la película homónima en 1943, el Trastevere donde De Sica situó Ladri di Biciclette en 1948 y Norman Jewison la romántica Only You, la Via Veneto de Las noches de Cabiria y La Dolce Vita (aunque buena parte de los escenarios romanos de Fellini eran reconstrucciones en estudio de las calles romanas). En el extremo de Via Veneto, en Porta Pinciana, Fellini –tal vez quien más contribuyó al mito de Roma desde el otro lado de la cámara, como Alberto Sordi lo hizo enfrente de ella– tiene un justo homenaje en el “largo Federico Fellini”, aunque las estrellas de cine que antes poblaban los cafés bajo los flashes de los paparazzi hoy se hayan mudado al Trastevere y otras zonas pintorescas de la ciudad. No hay prácticamente rincón de Roma o barrio que no haya tenido sus quince minutos de gloria cinematográfica (una buena parte los recorría Nanni Moretti en su scooter en las escenas iniciales de Caro diario): el Flaminio, el Parioli, el Tuscolano, hasta el EUR, sin olvidar el Vaticano y la Plaza San Pedro. Roma, la antigua “caput mundi” (cabeza del mundo) es para los amantes del cine una auténtica “set mundi” (set del mundo), la capital en la que como siempre confluyen todos los caminos.

La patria de Cinecittà.
Además de su vocación de escenario, Roma tuvo un papel importante en la historia del cine por otros motivos. Leopoldo Fregoli, el célebre transformista italiano –era capaz de interpretar él solo guiones de su autoría, con la rápida sucesión de hasta 60 personajes
diferentes– era romano, e intentó a fines del siglo XIX llevar a Italia el invento de los hermanos Lumière. La primera presentación oficial del Cinematógrafo Lumière en Italia fue el 13 de marzo de 1896, en el estudio del fotógrafo Henry Le Lieure en vicolo (pasaje) del Mortero. Prestidigitador, transformista e ilusionista, Fregoli insertó las primeras proyecciones cómicas de la historia en sus espectáculos de variedades, y hasta realizó un curioso intento de cine sonoro y hablado, pronunciando con un sincronismo perfecto las supuestas frases de los personajes y cantando temas musicales escondido entre bambalinas. Era apenas 1902: los primeros experimentos de cine sonoro en Italia no se realizarían sino hasta los años ‘30, en los estudios de la Cines, que había sido fundada en 1904 entre los campos de alcauciles de Via Veio. Algunos años más tarde, el nacimiento de Cinecittà convertiría realmente a Roma en una de las capitales mundiales del cine.

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La Fontana di Trevi. Escenario del famoso “baño” de Anita Ekberg en La dolce vita.
 
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