turismo

Domingo, 24 de octubre de 2004

CHUBUT: LA RESERVA DE PUNTA TOMBO

Punta pingüina

Junto con el calorcito llegan los pingüinos a la Patagonia. Después de cruzar el océano a nado hacen pie en Punta Tombo, una lengua de tierra que se interna en el mar. En los meses del verano la población pingüina es de un millón de ejemplares, la mayor colonia de estos simpáticos liliputienses fuera de la Antártida.

Por J. V.

Al dejar el auto en el estacionamiento de Punta Tombo se ve a todo lo largo de la costa un ejército de pingüinos que se extiende hasta donde alcanza la mirada. Un primer vistazo sugiere que estamos en una porción de la superficie lunar, perforada por 600.000 cráteres que señalan las madrigueras de nuestros pequeños anfitriones. Millares de dóciles pingüinos nos rodean mientras caminamos por una “ciudad” rebosante de actividad, con sus bulliciosos habitantes viviendo en el hacinamiento (una vivienda por metro cuadrado). En los meses de primavera y verano, la población de estas simpáticas avecitas de andar chaplinesco alcanza la impresionante cifra de un millón de ejemplares.

Aves navegantes
El sendero de interpretación mide 200 metros y llega hasta una punta de piedra rojiza que entra en el mar. Desde aquí los pingüinos realizan verdaderos clavados de baja altura y se los ve pasar en grupos de caza nadando a gran velocidad (alcanzan los 24 km/h y una profundidad de 80 metros). Luego saltan como delfines para salir a respirar. Su cuerpo es hidrodinámico y las alas son en verdad aletas. El denso plumaje está dispuesto a la manera de escamas y las patas están muy atrás para favorecer la natación, al tiempo que la cola oficia de timón. El cuerpo está cubierto por una capa de aceite que produce una glándula ubicada en la parte trasera para mantener el calor en las frías aguas del sur. Los pingüinos pertenecen al mar –incluso duermen en el agua– y sólo salen a tierra para cumplir con el ritual de la reproducción.
Fuera del agua demuestran una torpeza absoluta. Se lo ve parados en la costa, como expectantes frente al mar, hasta que uno de ellos inicia un correteo y un grupo comienza a seguirlo hasta que se zambullen de panza sobre las olas.
En la pingüinera el bullicio de graznidos es constante. Las parejas se llaman continuamente (siempre queda uno empollando en el nido –el macho o la hembra– mientras el otro va al mar en busca de comida). Su voz suena como un rebuzno que repiten y repiten extendiendo las aletas con el cuerpo arqueado para atrás y el pico abierto hacia el cielo. Los pingüinos son bastante confiados. Si uno se acerca lentamente puede llegar a un metro de ellos. Pero a esa distancia comienzan a mover la cabeza en zigzag para enfocar alternadamente con cada ojo lateral al intruso, preparándose para lanzar el picotazo si avanza un paso más. De más está decir que no hay que tocarlos.

Eternamente populares
Existen fósiles que certifican la presencia de pingüinos en esta zona hace 35 millones de años. Y en el siglo XVI, Antonio Pigafetta –tripulante de la expedición de Magallanes– los llamó “extraños gansos”. Más tarde, fueron víctimas de barcos balleneros que los faenaban para obtener aceite. En una ocasión, los ingleses llegaron a matar más de un millón de ejemplares. Las matanzas alcanzaron tal punto que parecían condenados a la extinción. Pero hoy en día su peor enemigo son las manchas de los barcos petroleros, que ocasionan la muerte de 40.000 pingüinos al año. Como el petróleo anula la función térmica de las plumas, los pingüinos se ven obligados a buscar refugio y calor en la playa, donde mueren de hambre.
Pese a todos estos riesgos, la subsistencia de la especie está fuera de peligro. ¿Qué los ha salvado? Según los naturalistas fue su popularidad, originada en que no existen otras especies de aves con tal apariencia y comportamiento casi humano. No hay relato de viaje o documental que no se refiera con emoción y ternura a estas pacíficas aves, resaltando su gracioso caminar, la armonía de sus parejas y el cuidado de los hijos. Se sabe que por lo general son monógamos y se han comprobado parejas de hasta 12 años. Sin embargo –hay que decirlo– algunas veces son infieles

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Punta Tombo no es un lugar silencioso. Los pingüinos ensordecen con su grito constante.
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