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Sábado, 30 de abril de 2005

BRASIL > LOS MODERNOS LABERINTOS DE SAN PABLO

La mega ciudad tropical

Es la capital financiera de América latina, la cuarta ciudad más grande del mundo, y tiene 19 millones de habitantes. Un verdadero universo de concreto que bulle de vida cultural y entretenimientos. Durante la visita, un imperdible recorrido por el Museo de Arte de San Pablo.

Por Julián Varsavsky
Fotos: Gentileza Embajada del Brasil

Nadie hubiera imaginado que la insignificante Sao Paulo de Piratininga, fundada en 1554 por un jesuita que ofrecía misa para los indios, llegaría a sus 450 años de existencia convertida en una de las megalópolis más pobladas del mundo (la cuarta después de Tokio, Bombay y Ciudad de México). La ciudad que en otros tiempos fue conocida como la “Cidade de Barro” por el material de construcción de sus casas, hoy es una gran urbe que, vista desde la terraza del edificio Banespa –el más alto de la ciudad–, parece extenderse a los cuatro costados como un cúmulo infinito de rascacielos deshumanizados.

Todo a gran escala

Al sobrevolar San Pablo en la noche, desde las alturas se puede ver la infinidad de lucecitas rutilantes que alumbran los sueños de los 19 millones de habitantes de ese universo superpoblado, ultramoderno y extraordinario. No es un destino turístico tradicional sino un centro de negocios adonde arriban millares de argentinos por razones de trabajo. De todas formas, después de los compromisos bien vale la pena salir a explorar las complejidades de la mega ciudad.

Cuando se sale del aeropuerto de Guarulhos –por el cual transitan 1.400.000 turistas al mes rumbo al interior del país–, una vegetación exuberante con un aroma a humedad tropical envuelve al visitante desde el instante mismo en que traspasa las puertas automáticas. Pero el verde casi selvático dura poco, porque la autopista penetra de repente en esa otra jungla de edificios cuadrangulares que se repiten hasta el hartazgo con algunas sutiles variaciones. En ese paisaje de cemento, también se levantan –a lo largo de la avenida Brigadeiro Faria Lima en el barrio Itaim Bibi– decenas de rascacielos de grandes corporaciones, cuyo diseño está a la vanguardia de la arquitectura moderna de América latina.

La palabra que mejor define a San Pablo es vastedad. Aquí todo está construido a gran escala: las autopistas, los puentes, los aeropuertos, los bancos, los hoteles; todo abarca proporciones que, a los ojos de un recién llegado, remiten a un mundo mitológico de gigantes y dioses de la modernidad. Los edificios son altos, pero en muchos casos son también muy anchos. Las avenidas siguen el mismo patrón de amplitud, necesario sin duda para albergar en las horas pico a las multitudes que van y vienen. Las publicidades callejeras –algunas muy originales– avanzan ocupando cada espacio libre de pared y también la fachada de los edificios. El subte es un submundo que se despliega como un ramillete de canales comunicantes que alivian a duras penas un tráfico que permanece atascado gran parte del día.

Pero no sólo todo es grande en dimensión, sino también en cantidad. San Pablo tiene 71 shopping centers, algunos de ellos tan gigantescos que empalidecen a sus originales de Miami. También las favelas suburbanas son kilométricas y no alcanza la mirada desde algún punto panorámico de la autopista para abarcarlas en su totalidad. Y a pesar de todo, los lugares céntricos de la ciudad son bastante seguros para circular.

De esta forma se configura la radiografía paulista, una ciudad a gran escala, casi sin edificios históricos, donde el progreso tecnológico avanzó con todo furor borrando las huellas del pasado, imponiendo el vértigo del presente continuo y on-line de la posmodernidad.

Pizza, sushi y artesanías

San Pablo es una ciudad construida inicialmente por los inmigrantes que llegaron a hacerse la América a comienzos del siglo XX. Alrededor de tres millones de personas de casi todo el mundo desembarcaron invitados por el gobierno para que trabajaran en la industria del café en el interior paulista. La inmigración fue básicamente europea, asiática y árabe, y la comunidad más numerosa fue la de los italianos, que según las estimaciones más exageradas –contando los oriundos de ese país y sus descendientes–, convierten a San Pablo en la tercera ciudad italiana en número de habitantes. El hecho es que aquí se consumen millones de pizzas y hay barrios como Bixiga y Mooca que sonverdaderos reductos itálicos con algunos caserones antiguos similares a las “villas” de la península europea, donde se celebran las fiestas populares de San Genaro y Nuestra Señora de Achiropita.

San Pablo también concentra el 70 por ciento del millón y medio de descendientes de japoneses que hay en Brasil, conformando la mayor comunidad nipona fuera de su país. Muchos de ellos habitan en el barrio Liberdade, en cuya plaza todos los domingos se realiza una famosa feria oriental. A mediados de los setenta, el barrio comenzó a transformarse desde el punto de vista arquitectónico y cultural en una pequeña Tokio brasileña. En aquel momento se instalaron 450 faroles japoneses en la calle, cuya luz acentúa el ambiente exótico poblado de restaurantes típicos y tiendas donde se vende de todo: cerámica, quimonos, lámparas de papel, especias, inciensos y cosméticos, todo de origen asiático. Además proliferan las clínicas de masaje shiatsu y acupuntura, y los letreros callejeros están estampados con ideogramas kanji. Con el correr de los años el barrio ha dejado de ser netamente japonés para abrirse a la influencia de chinos, coreanos y vietnamitas.

En las afueras de San Pablo existe un pueblito –ahora incorporado al área metropolitana– llamado Embù das Artes que, tal como su nombre lo indica, es un rincón paulista hegemonizado por el arte. A partir de los años sesenta, el lugar comenzó a poblarse de artistas y artesanos que buscaban un lugar tranquilo para trabajar. Lo curioso es que todo su centro histórico se convirtió en una elegante feria con negocios muy cuidados con toda clase de pinturas, ateliers, talleres de cerámica y de muñecas, entre muchas otras artesanías. Las calles del centro histórico son peatonales y el ambiente es ideal para pasar una tarde sin apuros y sin la avasallante sonoridad de la gran ciudad.

En el Museo de Arte

Probablemente el de San Pablo sea el museo de arte plástico clásico más importante de América latina. Sus 5500 obras –la mayoría pinturas y esculturas europeas de los siglos XIV al XX–, incluyen piezas de grandes artistas como Rafael, Bellini, Ticiano, Renoir y Van Gogh. Ubicado en la céntrica avenida Paulista, el museo es un edificio moderno de color rojo que ya casi se ha convertido en un símbolo de la ciudad.

La colección comprende obras de la escuela italiana, con pinturas muy antiguas como Virgen y Niño (1340) de Bernardo Daddi, de la tradición gótica de Siena. Entre los cuadros renacentistas, se exhiben el San Jerónimo de Mantenga y Virgen y Niño de Rafael. La muestra francesa abarca desde los comienzos del impresionismo con Manet hasta los bronces y pinturas de Degas y obras de Renoir, Monet y Toulouse-Lautrec. También se pueden admirar obras del posimpresionista Cezanne –quien abrió las puertas al arte abstracto–, así como de Matisse y Chagall. La colección incluye Retrato de señora y El Atleta de Picaso, y El Escolar de Van Gogh, quienes a pesar de no ser galos tuvieron su producción muy ligada a París. La escuela española está representada por grandes maestros. De El Greco se expone La anunciación (1605); de Velásquez, el espléndido Conde Duque de Olivares (1624); y de Goya, Cardenal Borbón y Vallebringa (1800). La obra brasileña más importante es Retirantes, del famoso pintor Portinari.

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Panorama de San Pablo. Más que una ciudad, un universo superpoblado, ultramoderno y extraordinario.
 
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