turismo

Domingo, 9 de octubre de 2005

CARTAGENA > LOS ESCENARIOS DE “EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL COLERA”

Recuerdos del cólera

De la mano de Jaime García Márquez, hermano del Premio Nobel de Literatura, un recorrido por Cartagena descubriendo aquel peldaño del parquecito de los Evangelios donde Florentino Ariza se sentaba para espiar a Fermina Daza con su tía, aquella otra plaza en la que el infortunado protagonista bailó el carnaval con la loca asesina fugada del manicomio, y el Portal de los Escribanos, a cuya sombra Fermina Daza descubrió cara a cara con su “enamorado” la irrealidad de su amor.

 Por Julián Varsavsky

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.”
Gabriel García Márquez

La anécdota no está exenta de cierta magia y de realidad. “Al doblar por la calle de El Santísimo, descubrimos un tramo de 40 metros tapizados por naranjas del mismo color y tamaño, ordenadas de tal manera que era imposible imaginar que fuera producto del azar. En esa ocasión Gabo conducía el automóvil y pasó por encima entre los chasquidos y las explosiones de las naranjas y nos dio la sensación de que estábamos suspendidos en un espacio de levedad menos denso que el aire. Gabito soltó el timón, me miró sin dejar de apretar el acelerador y exclamó: –Cuéntalo tú, porque si lo hago yo con seguridad dirán que me lo inventé.” Quien relata esta imagen es Jaime García Márquez, hermano menor del Premio Nobel colombiano y vicepresidente de la Fundación para un Nuevo Periodismo, quien recorrió Cartagena con Turismo/12 buscando los rincones de la ciudad vieja utilizados por el escritor como escenarios de aquella novela que en 1985 conmocionó a medio mundo con la historia de amor entre dos viejitos que se reencontraban al final de la vida.

POR LOS CALLEJONES Jaime García Márquez es ingeniero y tiene la misma cara que su hermano escritor, la misma sonrisa y el mismo espíritu Caribe con su correspondiente aura de generosidad. La única diferencia es que es un poco más joven. El primer sitio al que se dirige nuestro “Virgilio” caribeño durante el recorrido literario es al escenario del momento clave que sostiene la intriga de toda la novela: el lugar donde se desilusionó Fermina Daza al encontrarse cara a cara con la irrealidad de su “amor”, en el Portal de los Escribanos. Esta galería está ubicada justo detrás de la famosa Puerta del Reloj –por la cual se atraviesan los muros de la ciudad colonial–, junto a la hermosa Plaza de los Coches donde todavía circulan estos vehículos tirados a caballo. Es uno de los lugares más llamativos de toda la ciudad vieja y García Márquez lo describe en su novela como “una galería de arcadas frente a una plazoleta donde estacionaban los coches de alquiler y las carretas de carga tiradas por burros, y donde se volvía más denso y bullicioso el comercio popular”. Ese portal existe al pie de la letra, salvo que su nombre real es Portal de los Dulces, y fue a su sombra que Florentino se acercó por la espalda de Fermina Daza para decirle en la oreja: “Este no es un buen lugar para una Diosa Coronada”. Y como ya todo el mundo sabe, “ella volvió la cabeza y vio a dos palmas de sus ojos los otros ojos glaciales, el rostro lívido, los labios petrificados de miedo tal como los había visto en el tumulto de la misa del gallo la primera vez que él estuvo tan cerca de ella, pero a diferencia de entonces no sintió la conmoción del amor sino el abismo del desencanto”.

El Portal de los Dulces abre camino hacia el edificio de la Gobernación de Bolívar, a cuyo lado pasa un estrecho y curvado callejón llamado El Candilejo, donde Florentino Ariza tropezó con la negra Leona Cassiani, quien acaso habría sido –según el escritor–, la verdadera mujer de su vida “aunque ni él ni ella lo supieran nunca”.

A unos pasos del callejón está la romántica Plaza Bolívar, frente a la cual se erige el Palacio de la Inquisición donde García Márquez ubicó al Colegio de la Presentación de la Santísima Virgen, del cual Fermina Daza fue expulsada para siempre cuando la acechanza viciosa de las monjas la descubrió en clase con una carta de amor. El único nexo entre la historia de este edificio clerical de 1770 y la novela es que en ese ámbito tan tortuoso ubicó el escritor el ambiente persecutorio al que sometían las monjas a sus alumnas. La historia real de este edificio de fachada barroca, en cambio, habla de la paranoia del Santo Oficio que recibía denuncias anónimas por una ventanilla lateral enrejada que todavía se puede ver. Por allí se deslizaban papelitos delatando a quienes realizaban prácticas paganas alejadas de la fe católica, a las que se catalogaba de brujerías. En el interior del Tribunal de Penas del Santo Oficio todavía se puede observar la singular balanza para pesar brujas que permitía determinar cuando una mujer había sido poseída por el demonio. Por ejemplo, quien medía 1,60 metro de alto pero pesaba menos de 60 kilos, era porque el demonio había convertido su carne en aire y podía volar sobre una escoba. Entonces la bruja era torturada y condenada a la hoguera.

Al llegar hasta el final de la calle Landrinal se puede descubrir la triste Casa de las Ventanas, donde Florentino Ariza se encerró a esperar con sus lentes de miope y la cara de pajarito triste los 51 años con nueve meses y cuatro días que tardó en llegar el coletazo de la muerte que se llevaría al marido de su doncella imposible. Subiendo por la calle de las Damas para desembocar en la calle de la Amargura, se llega a la plaza donde el temerario Florentino bailó el carnaval con una loca fugada del manicomio que acababa de decapitar a un vigilante y de herir a otros dos con un machete arrebatado al jardinero porque quería salir a bailar.

EL PELDAÑO MAS FAMOSO Algunos de los pasajes más sabrosos de la novela ocurren en el desierto parquecito de los Evangelios, donde el apasionado Florentino Ariza se sentaba todos los días desde las siete de la mañana en el escaño de mármol menos visible frente a la casa de Fermina Daza, fingiendo leer poesía a la sombra de unos almendros. Aunque en verdad lo que buscaba era poder cruzar al menos una mirada esquiva con su inalcanzable musa. Ese parque por supuesto existe –en el cruce de las calles de la Moneda y Badillo–, y se llama Fernández de Madrid. Y frente a éste está la casa de Fermina Daza, que es conocida como “la casa de Don Benito”, una de las más antiguas de la ciudad. Según cuenta Jaime García Márquez, en los tiempos en que su hermano escribía la novela solían salir juntos a recorrer el laberinto de callejones y plazas de la Cartagena antigua, buscando escenarios para la novela. Y en cierta ocasión, estando en el parque Fernández de Madrid, “Gabito decidió mudar a Fermina Daza a esa casa que teníamos enfrente, y además le cambió el nombre a ese personaje que hasta el momento se llamaba Josefa Carcamo, un nombre que yo le había dicho que no me gustaba”.

EN LOS TIEMPOS DEL COLERA Si bien en la novela nunca queda explicitado por su nombre que el escenario concreto sea Cartagena de Indias, el dato es evidente por diversas referencias como por ejemplo la mención del barrio Getsemaní de las afueras de la muralla. Es la Cartagena del cambio de siglo –del XIX al XX–, abandonada por una burguesía que se ocultó extramuros contra los embates del cólera, y que mantenía su estructura arquitectónica colonial casi intacta pero en fastuosa decadencia, así como un espíritu religioso y cultural que permanecía también estancado en los tiempos del dominio español.

Aquella ciudad, increíblemente, permaneció a resguardo de los azotes del Caribe y del tiempo dentro de una muralla legendaria que por obra de un evidente realismo mágico no permitió el ingreso sucesivo de los siglos. A sus puertas quedaron esperando el XIX, el XX y el XXI. Y en su recinto de intramuros caminan todavía por los callejones el intrépido Florentino Ariza desafiando al destino, la arisca Fermina Daza con su dulce andar de venada, el escrupuloso Juvenal Urbino visitando a los pacientes en su coche a caballos, y se respira también el olor a almendras amargas de la historia de amor más hermosa jamás contada.

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El centro restaurado de la ciudad colombiana, de tránsito limitado y coches de tiro.
Imagen: Alejandro Elías
 
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