turismo

Domingo, 9 de octubre de 2005

VIAJES > RELATOS Y ANáLISIS

Entre los canoeros

Hace noventa años, un antropólogo polaco se instaló entre los indígenas de Maliu, en Nueva Guinea. Mucho más allá del romanticismo que rodea a los Mares del Sur, Malinowski encontró un complejo mundo de cultura. Un fragmento de su libro de viaje.

Pocas imágenes tan características de los Mares del Sur como la del nativo remando en su canoa cavada en un tronco de árbol. Huyendo de la Primera Guerra Mundial, el etnógrafo polaco Bronislaw Malinowski se instala entre los indígenas de Maliu, al norte de Nueva Guinea. Su relato despeja el romanticismo propio de la embarcación, atravesando las aguas coralíferas para develar intrincadas relaciones sociales. La historia que encontró está en su libro Crimen y costumbre en la sociedad salvaje, editado originalmente en 1926 y reeditado en 1986 por Planeta Agostini. A continuación, un fragmento del capítulo “La economía de los melanesios y la teoría del comunismo primitivo”.

El archipiélago Trobriand, que está habitado por la comunidad melanésica a que me refiero, se extiende al noroeste de Nueva Guinea y consiste en un grupo de islas coralinas que rodean una amplia laguna. Las partes llanas están cubiertas de suelo fértil, los peces pululan por la laguna, y tierra y agua ofrecen además fáciles medios de intercomunicación a sus habitantes. Por lo tanto, estas islas mantienen una densa población principalmente dedicada a la agricultura y la pesca, pero también experta en varias artes y oficios, y activa en el comercio y el cambio.

Como la mayoría de los habitantes de las islas de coral, pasan una gran parte de su tiempo en la laguna del centro. En un día de calma aparece llena de vida con canoas llevando gente o productos, o dedicadas a uno de los muchos métodos de pesca que les son propios. Un conocimiento superficial de estas actividades podría dar la impresión de arbitrario desorden, anarquía y completa falta de sistema. No obstante, pacientes y cuidadosas observaciones pronto nos revelarían el hecho de que los nativos no sólo tienen definidos sistemas técnicos de pescar y complicados convenios económicos sino que, además, disponen de una estrecha organización en sus equipos de trabajo, así como de una división fija de funciones sociales.

Así, veríamos que dentro de cada canoa hay un hombre, que es su verdadero propietario, mientras que el resto actúa como su tripulación. Todos estos hombres, que por regla general pertenecen al mismo sub-clan, están ligados unos a otros y a los individuos de su mismo poblado por obligaciones mutuas; cuando toda la comunidad sale a pescar, el propietario no puede negar su canoa. O bien debe salir él mismo o dejar que vaya alguien en su lugar. La tripulación está asimismo obligada a él. Por razones que pronto se verán claras, cada hombre debe ocupar su sitio y cumplir con la tarea que le corresponde. Del mismo modo, cada participante recibe su parte correspondiente de lo que se ha obtenido, es decir, equivalente al servicio que ha prestado. Vemos, pues, que la propiedad y uso de la canoa consiste en una serie de obligaciones y deberes concretos que unen a un grupo de gente y lo convierten en un equipo de trabajo.

Lo que hace que las condiciones sean todavía más complejas es que los propietarios y los miembros de la tripulación tienen el derecho de ceder sus privilegios a cualquier pariente o amigo. Esto se hace a menudo, pero siempre a cambio de retribución, de retorno. Tal estado de cosas puede aparecer como muy igual al comunismo a cualquier observador que no capte bien todas las complicaciones de cada transacción: parece como si la canoa fuese propiedad de todo un grupo y usada indiscriminadamente por toda la colectividad.

El doctor Rivers nos dice textualmente que “uno de los objetos” de la cultura melanésica que es usualmente, por no decir siempre, el tema de propiedad común, “es la canoa”, y más lejos, refiriéndose a esta afirmación, habla de “hasta qué punto los sentimientos comunistas concernientes a la propiedad dominan al pueblo de Melanesia” (Social Organization, págs. 106 y 107). En otro trabajo, el mismo autor nos habla de “la conducta socialista o incluso comunista de sociedades tales como éstas de Melanesia” (Psychology and Politics, págs. 86 y 87). Nada sería más erróneo que tales generalizaciones. Hay una distinción y definición estricta de los derechos de cada uno y esto hace que la propiedad lo sea todo menos comunista. En Melanesia tenemos un sistema compuesto y complejo de asociar la propiedad que de ningún modo participa de la naturaleza del “socialismo” o del “comunismo”. Así, una compañía por acciones moderna podría ser calificada de “empresa comunista”. De hecho, cualquier descripción de una institución salvaje con términos tales como “comunismo”, “capitalismo” o “compañía por acciones”, tomados de las condiciones económicas actuales o de controversia política, no puede sino inducir a error.

El único procedimiento correcto es el de descubrir el estado de cosas jurídico a base de hechos concretos. Así, la propiedad de una canoa de pesca de Trobriand debe ser descripta según la forma en que dicho objeto es construido, usado y considerado por el grupo de hombres que lo producen y que disfrutan de su posesión. El dueño de la canoa, que actúa a la vez como jefe del equipo y mago pescador, tiene que pagar ante todo la construcción de una nueva embarcación cuando la vieja ya no sirve, y al mismo tiempo tiene que conservarla en buen estado, aunque en esto le ayude el resto de la tripulación. En esto están bajo obligaciones mutuas de comparecer cada uno en su puesto, mientras que cada canoa debe salir cuando se ha proyectado una pesca colectiva. La embarcación es utilizada de manera que cada asociado tiene derecho a ocupar determinado lugar en ella, lo que implica ciertos deberes, privilegios y beneficios. Cada cual tiene su puesto en la canoa, su tarea asignada, y disfruta del correspondiente título, ya sea de “patrón” o “timonel” o “guardián de las redes” o “vigilante de pesca”. Su posición y su título vienen determinados por la acción combinada de categoría, edad y habilidad personal. Cada canoa tiene también su lugar en la flota y su papel que representar en las maniobras de pesca conjunta. Así, viéndolo de cerca, descubrimos en esta ocupación un sistema definido de división de funciones y un sistema rígido de obligaciones mutuas en el que se sitúan lado a lado un sentido del deber y el reconocimiento de la necesidad de cooperación, además de la comprensión del interés propio, de los privilegios y de los beneficios. Así, pues, el sentido de propiedad no puede ser descripto con palabras tales como “comunismo” ni “individualismo”, ni tampoco refiriéndose al sistema de “compañía por acciones” o “empresa personal”, sino por los hechos concretos y las condiciones de uso. Es la suma de deberes, privilegios y servicios mutuos lo que liga a los asociados entre sí y al propio objeto.

De modo que, en relación con el primer objeto que atrajo nuestra atención –la canoa nativa–, nos encontramos con ley, orden, privilegios definidos y un sistema de obligaciones bien desarrollado.

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