turismo

Domingo, 26 de marzo de 2006

TIERRA DEL FUEGO II > BUCEO EN EL CANAL DE BEAGLE

En la profundidad austral

Una excursión submarina para conocer la fauna y la vegetación de un ambiente subantártico, mirando tras la máscara de buceo las inofensivas centollas, varios tipos de estrellas de mar y una extraña planta llamada cachiyuyo, que crece en el fondo del mar y sube 18 metros hasta la superficie como una soga.

 Por Julián Varsavsky

Muchos buceadores que han curioseado bajo los mares del mundo llegan hasta Ushuaia casi exclusivamente para darse el gusto de bucear en las aguas más australes del planeta. “Todos mis compañeros de buceo tienen sellos en su libreta certificando que se han sumergido en casi todos lados, pero este que acabas de ponerme no lo tiene casi nadie”, le dijo la semana pasada un croata a Carlos Ferrarese –un experimentado buzo local–, quien había llegado desde su país con el equipamiento completo para sumergirse en las aguas del “fin del mundo”. Pero no es mera excentricidad sino la posibilidad de ejercitar esa extraña afición en medio del submundo subantártico, con una flora y fauna que no existen en ningún otro lugar.

Lo que se ve por debajo del Canal de Beagle es la antítesis de la exuberancia de colores que estalla en las aguas del Caribe. Por el contrario, este es un paisaje con un ascetismo patagónico en sintonía con lo que se ve en la superficie. Pero no por eso deja de ser interesante ni carece de una belleza muy particular. Y por supuesto no se bucea en soledad. La pieza más preciada de ver tras las antiparras es la famosa centolla, ese cangrejo gigante que por fortuna no se hace desear y aparece varias veces por jornada de buceo, y hasta se los puede ver a veces formando un pequeño ejército de acorazados que se desplaza por el fondo del mar.

LOS PREPARATIVOS

El primer dato a tener en cuenta es que la empresa que organiza las excursiones –Ushuaia Buceo– solamente lleva pasajeros que ya sean buzos o que al menos tengan una experiencia de “bautismo” en algún otro lugar (no hace falta traer equipos propios). No es que la zona sea peligrosa –al contrario, el canal es muy reparado y tranquilo–, sino que el equipamiento necesario para bucear las aguas frías son algo más pesados que los comunes y a un inexperto le pueden producir cierta incomodidad.

La pregunta que se hacen todos es ¿qué pasa con el frío? Y la respuesta es que en Ushuaia se utilizan trajes secos de neoprene reforzado que cubren todo el cuerpo salvo la nariz y la boca, manteniendo al buceador totalmente aislado de la temperatura ambiente. Como contrapartida, esta “ropa” más gruesa aprieta un poco al principio. El invierno, por otra parte, es la mejor época para bucear ya que en un día luminoso puede haber hasta 25 metros de visibilidad.

La excursión parte desde la Bahía de Ushuaia en un barquito Sea Wolf para doce personas rumbo al Canal de Beagle. La zona que se utiliza para bucear está en las islas Bridges, que ofrecen lugares reparados del viento y una serie de alternativas que deparan varios hallazgos a lo largo de las dos inmersiones que se realizan por jornada.

Según la experiencia del buceador se puede comenzar desde la costa –esto ofrece mayor confianza– o lanzándose desde la embarcación. En general se desciende al fondo por un cabo que resulta ser casi como un ascensor que lleva hacia una nueva dimensión. Al comienzo esta dimensión donde los movimientos son torpes produce un rechazo natural. Allí abajo ya nadie tiene los pies sobre la tierra ni camina erguido, sino que se desplaza de forma horizontal, como un superman avejentado. Los movimientos son en cámara lenta al igual que la respiración, más pausada y profunda que la del mundo terrenal.

Bajo el agua todo es silencio puro, salvo el burbujeo de la respiración. Y poco a poco comienzan a aparecer las extrañas criaturas del fin del mundo. Según los días y el lugar, las centollas se hacen presentes una tras otra y se las puede agarrar con la mano con cierta facilidad. El aura única y misteriosa de este universo está marcado por la aparición de los cachiyuyos, unas plantas submarinas que germinan en el fondo del mar y crecen rectas buscando las alturas como en aquel cuento de Las habichuelas mágicas, cuyas enredaderas llegaban hasta el cielo (desde el fondo del mar se ve que hay otro cielo –la superficie del agua– debajo del cielo).

A lo largo del fino tallo de los cachiyuyos –de hasta 18 metros de alto– crecen unas hojas desproporcionadamente largas y puntiagudas que llegan a medir hasta un metro y medio. Con algo de lianas en su aspecto –que se sostienen por sí solas–, crecen cerca de los roquedales y su extremo flota en la superficie ofreciendo una advertencia a los navegantes, porque denuncian trampas naturales ocultas. Bucear en esa zona de islotes es muy interesante, justamente porque proliferan los cachiyuyos conformando verdaderos bosques submarinos que parecen colgar desde la superficie.

LOS OTROS

La especie más común de encontrar son las estrellas de mar, cuyas variedades miden entre 3 y 20 centímetros y sus colores oscilan entre el violeta, el verde y el gris (se pueden encontrar más de una veintena). Cada tanto aparece alguno de esos extraños caracoles con pinzas que son en verdad los cangrejos ermitaños, y si se elige como lugar de buceo algún sitio cercano a la Isla de los Lobos, es probable que aparezca algún lobo marino que se ponga a observar qué hay detrás de la máscara de ese extraño ser que burbujea bajo las aguas. También puede pasar nadando como un rayo algún pingüino en son de caza.

Un espectáculo aparte son a veces los bogavantes –una especie de pequeña langosta– que se desplazan en grupos de varias decenas y suelen estar inmóviles e imperceptibles sobre la arena del fondo. Cuando uno decide desplazarse, de repente se mueven todos a la vez.

En el fondo del mar abundan varias clases de algas –algunas con grandes hojas moradas– y unas esponjas amarillentas que forman ramilletes con forma de tubo. Y con respecto a los peces se observan bastantes pocos. Los más comunes son el pez piedra, alguna merluza de cola y, según la época, cardúmenes de pequeñas anchoas.

Para los buzos avanzados existe la alternativa de curiosear un poco entre los restos del famoso “Cervantes”, un crucero alemán que se hundió en 1930. Al aproximarse al casco –que quedó patas para arriba luego de un fracasado rescate–, se observa su planchada de hierro que quedó inclinada sobre una ladera sumergida que va de los 25 a los 70 metros de profundidad. El recorrido se hace de forma perimetral, y en algunos lugares se puede ingresar un poco en el oxidado casco.

La excursión de buceo por las frías aguas de Tierra del Fuego –que acaso sea la mejor del país, ya que las inmersiones famosas en la zona de Puerto Madryn son escasas en fauna– culmina de manera placentera con un asado en la Isla Redonda, dentro ya del Parque Nacional Tierra del Fuego. Allí hay un puesto con un quincho en un paraje de ensueño, con pequeñas bahías reparadas del viento y una densa vegetación. En la isla está además la llamada “Estafeta postal del fin del mundo”, que vendría a ser por supuesto la más austral del mundo, desde donde se puede mandar una carta a cualquier lugar del planeta. Aquí llegan filatelistas fanáticos de todo el mundo para hacerse sellar sus estampillas en un lugar tan inhóspito y particular. Otros, por su parte, se vienen a hacer sellar sus libretas de buceo, certificando que esa persona se atrevió a sumergirse en el límite extremo de la tierra misma, aun a riesgo de caerse del planeta.

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Las aguas del fin del mundo son frías, pero gracias al neoprene ni se nota.
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