turismo

Lunes, 1 de julio de 2002

TUCUMAN SELVA, VALLES Y ARQUEOLOGíA

Sendas del Tafí

Por los caminos que atraviesan la desbordante selva subtropical, un viaje al Valle de Tafí. Sobre el flanco de la montaña, un centenar de menhires testimonian la ancestral historia de este lugar, donde los ecos de las zambas tucumanas se combinan con vestigios arqueológicos, un embalse y el turismo rural.

Por Graciela Cutuli

Desde Tucumán, a través de los cerros cubiertos de una exuberante vegetación, el viaje al Valle de Tafí no sólo sube hasta la precordillera, sino que se remonta además hasta épocas remotas, cuando los Andes eran el ámbito cotidiano de civilizaciones brillantes. Allí están los extraños menhires que intrigaron a generaciones de arqueólogos y dieron curso a todas las explicaciones posibles –hasta las más fantasiosas– sobre sus presuntos orígenes. Es cierto que representan el legado más original que dejaron las antiguas culturas prehispánicas sobre el suelo argentino. Y es, sin duda, una de las más interesantes visitas que se puede hacer en el Noroeste del país.

De las empanadas a la selva La puerta para este viaje en el espacio y el tiempo es Famaillá, apenas un pueblo que se despierta una vez por año para celebrar las empanadas, una de las especialidades que en cada rincón del noroeste toma sabores propios. Sobre la ruta 38, que va de San Miguel de Tucumán hasta Concepción, y más lejos hasta Andalgalá, en la provincia de Catamarca, se pueden probar algunas recetas de empanadas en los pequeños restaurantes y comprobar si exageran o no los habitantes al declarar que Famaillá es la “Capital Mundial de la Empanada”...
Con la panza llena, por cierto –o con la duda eliminada–, el viaje sigue por la Ruta departamental 307 sobre las faldas de las montañas hacia el Valle de Tafí. El paisaje es hermoso, y la ruta se abre camino en medio de una selva subtropical asombrosa, desbordante, que sube desde los precipicios hasta los bordes del sinuoso camino de cornisa. Esta tupida vegetación es la selva tucumano-boliviana, o selva de yungas, dos nombres diferentes para calificar ese mismo bosque de laureles, tipas, pinos, lapachos, jacarandáes y plantas epífitas. El camino ofrece espectaculares vistas y alterna curvas y contracurvas, siguiendo los pliegues del relieve en la Quebrada del río de los Sosas. El paraje El Indio es el punto preferido para las fotos de familia. Una gigantesca estatua al borde la ruta recuerda a los primeros habitantes de esta región, y señala un mercado artesanal. Kilómetros arriba, por la misma ruta, se pasa por otro paraje, llamado La Heladera, que está ubicado en un recodo de las montañas de tal forma que nunca recibe los rayos del sol.
Poco a poco, la selva se hace menos densa, hasta llegar a los 2000 metros de altura, donde se abre el Valle de Tafí. Rodeado de cumbres que pasan los 3000 metros de altura, este valle rodea un cerro, El Pelado, de 2680 m.s.n.m., que allí aparece como si hubiera sido plantado en el centro del paisaje.

Menhires en los Andes La ruta 307 atraviesa del Valle de punta a punta, y es el eje que hay que seguir para conocer los principales atractivos de esa región. Lo primero que se conoce del Valle es el Embalse La Angostura, un lago artificial de unas 800 hectáreas donde se practican deportes naúticos y pesca. Fue para su construcción que se realizó lo que se puede comparar con una especie de “Asuán a la argentina”: es decir, desplazar monumentos arqueólogicos de gran valor que hubieran sido sumergidos por las aguas del embalse, como ocurrió con algunos templos egipcios cuando se construyó la represa de Asuán. Lo lamentable es que no se respetó la posición, ni los entornos originales de los menhires de Tafí fueron trasladados con el mismo cuidado con que lo hizo la Unesco con los templos del Alto Egipto.
Sin embargo, este traslado permitió conservar y preservar los testimonios más originales e inesperados de todo el Noroeste argentino. El actual Parque de los Menhires, cerca de la localidad de El Mollar y del dique del embalse, en la entrada del Valle, agrupa a todos los menhires que se levantaban en distintos puntos del valle, y principalmente en lugares hoy cubiertos por las aguas del embalse. En total son 129 menhires tallados por la cultura tafí, una de las civilizaciones precursoras en laregión en el uso de la cerámica, la ganadería de llamas y la agricultura. Esta cultura se desarrolló a principios de nuestra era, pero algunos de los menhires podrían tener una antigüedad de 2500 años. No todos tienen el mismo tamaño ni el mismo interés por sus motivos. Sobre algunos hasta se puede ver el resto de pinturas. En otros, sin embargo, no son restos, sino directamente gra- ffitis que algunos vándalos –que nunca faltan– pintaron mezclando los conceptos de turismo y degradación gratuita de un patrimonio que es de todos, y un legado para las generaciones futuras de estas culturas que florecieron en todo el Valle...
Aunque algunas guías hablan de dólmenes, es importante destacar que en Tafí se encuentran sólo menhires, es decir monolitos erguidos (el celta “menhir” quiere decir piedra larga), mientras los dólmenes son grandes piedras o rocas planas apoyadas sobre otras más pequeñas, a la manera de una mesa sobre sus patas. Para quien quiera saber más sobre estos menhires, se pueden consultar los estudios de los arqueólogos Ambrosetti y Bruch, que estudiaron con detalle la región. Todavía es posible reconocer algunos de los menhires estudiados en sus emplazamientos originales. Hay que admitir, de hecho, que si bien desde un punto de vista científico el traslado de los menhires no se ha hecho con gran rigor, de un punto de vista fotográfico es todo un éxito, porque la vista que uno tiene del parque de los menhires con el lago a sus pies y el cerro El Pelado en el horizonte es uno de los más bellos paisajes tucumanos.

IndIgenas y jesuitas Bordeando el lago, la ruta lleva hasta el pueblo de Tafí del Valle. El nombre le viene de un vocablo indígena que quiere decir “entrada espléndida”, el calificativo que se había dado a este curioso valle de altura perdido entre los cerros. El pueblo de Tafí cuenta con unos 2500 habitantes, y se encuentra a 2000 metros de altura. Sus calles de trazado irregular se aprecian mejor desde el observatorio del Pinar de los Ciervos, unos kilómetros al norte. Desde allí se ve todo el pueblo, hasta el lago artificial. Si el valle puede vanagloriarse de sus más de 25 siglos de civilización, el pueblo hace remontar su fundación hasta principios del siglo XVIII, cuando se produjo la llegada de los jesuitas. En La Banda, el pueblo vecino de Tafí, separado apenas por el delgado chorro de agua del Río Tafí, se encuentra la Capilla Jesuítica. Fue fundada en 1718, y declarada posteriormente Monumento Histórico Nacional. Después de la expulsión de la Compañía de Jesús, la Estancia pasó a manos de una de las familias tradicionales de Tucumán, hasta llegar a ser propiedad de la provincia en 1970. El edificio más antiguo de todo el conjunto es la Capilla, de 1718, y algunas habitaciones a la que se agregaron nuevos edificios en el siglo XIX, levantados alrededor de un patio en cuyo centro se encuentra un aljibe. Hoy la estancia es un museo histórico y arqueológico que muestra piezas de cerámica de las culturas Tafí y Santa María, y pinturas de la época colonial.
Las culturas Tafí (hubo dos: la segunda se extendió desde tercer siglo a.C. hasta el siglo X) precedieron a la cultura Santamariana (se desarrolló alrededor del año 1000) y la cultura incaica (que se instaló años antes de la llegada de los españoles a América). Estas diferentes etapas culturales y de civilización se pueden ver en las piezas de este museo y el “museo de sitio” de la reserva arqueológica de La Bolsa (unos kilómetros al norte de Tafí del Valle). En este lugar, donde se han preservado restos de casas, se puede adivinar el emplazamiento de los sectores de cultivo y ver a los arqueólogos trabajar (siempre y cuando sus becas no hayan sido suspendidas por las reducciones presupuestarias).
Estos dos museos, La Banda y La Bolsa, son los mejores lugares para complementar la visita al parque de los menhires y comprender mejor esta brillante civilización que desarrolló una industria de la cerámica, una agricultura y una arquitectura propias.

Quesos y verduras El resto del valle es también una cuestión de quesos; en otras palabras, un paseo por estancias donde se producen y se venden sabrosos quesos y dulces regionales. La estancia Zabaleta, fundada luego de la expulsión de los jesuitas sobre tierras que les pertenecían, propone –además de comprar quesos– presenciar todas sus etapas de elaboración. Se encuentra en las inmediaciones de La Banda. Como la Zabaleta, la Estancia de Las Carreras fue fundada a raíz de la expropiación de la Compañía, y conservó las técnicas de fabricación de quesos que habían implementados los jesuitas en este rincón de los Andes. Esta estancia se encuentra del otro lado del Valle, detrás del Cerro El Pelado.
Para completar el círculo, y cerrar la vuelta a la vez del Valle y del Cerro El Pelado, se llega a El Mollar de vuelta a orillas del embalse la Angostura. Así como Famaillá se despierta de su sopor una vez al año para celebrar las empanadas, El Mollar se anima cada año para los festejos de la Verdura, un extraño nombre para una fiesta, pero que se explica cuando se sabe que estos festejos se remontan a las antiguas celebraciones que hacían los indígenas a la Madre Tierra para pedirle buenas cosechas.
Allí arriba, en el flanco de las montañas, los menhires fueron los testigos privilegiados de aquellos milenarios ritos. Desde su nuevo emplazamiento vigilan ceremonias mucho más triviales y modernas, que son las del turismo, pero en sus grabados y motivos tallados en roca son la memoria del valle, una memoria que recuerda 25 siglos.

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