turismo

Domingo, 3 de diciembre de 2006

ECUADOR > MERCADOS Y VOLCANES

En la mitad del mundo

Fascinante, indígena y colonial, con una naturaleza que se impone y situado realmente en mitad del mundo, Ecuador invita a descubrir sus circuitos de artesanía, cultura y aventura. De Quito al popular mercado de Otavalo. Luego al Cotopaxi, uno de los volcanes activos más altos del mundo, y al Chimborazo, meca de audaces andinistas.

 Por Graciela Cutuli

En la mitad del mundo, en la mitad del mapa, Ecuador entrelaza el océano, la sierra y la cordillera en una suerte de amplio tapiz de cambiantes relieves y colores, como los que tejen sus aborígenes en los anchos telares tradicionales. No es difícil descubrir de dónde toman su inspiración y sus matices: el azul intensamente azul del cielo, el blanco nieve de las cumbres coronadas de glaciares, el verde de la selva, declinado en todas las formas que puede descubrir el ojo humano. A la hora de planificar un viaje, y de elegir cuáles serán los destinos, lo único difícil es saber dónde detenerse... Esta vez, los circuitos llevan desde Quito hacia el norte –donde se destaca el tradicional mercado el Otavalo– y hacia el sur, por la Avenida de los Volcanes. Pero siempre hay que empezar por la bella capital que fue antiguamente la capital septentrional de los incas (aunque su nombre es el recuerdo de sus pobladores originarios, la tribu quitua).

LA CIUDAD VIEJA Quito, a diferencia de la peruana Cusco, no conserva edificios incas: sólo los cimientos se salvaron de la destrucción, y sobre ellos se levantaron los edificios hispánicos que hoy son hermosos ejemplos del barroco latinoamericano (incluidos por la Unesco entre los Patrimonios de la Humanidad).

La Ciudad Vieja –que hoy quedó pequeña para el tránsito y el aumento de la población, como la mayoría de los cascos históricos en otras ciudades del mundo– es el núcleo de la Quito colonial, con epicentro a su vez en la Plaza de la Independencia. Ornada de palmeras, y flanqueada por la Catedral, el Palacio de Gobierno, el Palacio Arzobispal y la Administración Urbana, la plaza es el primer paso de la visita, donde se destacan las obras de arte del templo principal y los frescos sobre la vida quiteña que adornan el edificio del gobierno municipal. El Palacio de Gobierno tampoco se puede soslayar, sobre todo en estos días de elecciones, y en un país que sufrió y sufre todavía, como pocos, intensos avatares institucionales. El otro edificio imponente e imperdible es la iglesia La Compañía, símbolo del poderío jesuítico en América, y tan rica en obras de arte que se la conoce como “la Capilla Sixtina de Quito”. No desmerecen su apodo la pintura del Juicio Final y las columnas al estilo del baldaquino de Bernini en el Vaticano, que se encuentran en el altar mayor. El resto de la estadía en Quito se reparte entre sus muchos otros edificios religiosos, los barrios coloniales y aquellos donde se impone la fisonomía de una ciudad moderna. Y en un momento u otro, debe incluir la visión de conjunto de la ciudad, dominada por el Cotopaxi, que ofrece el cercano Cerro Panecillo (se sube a pie, pero no se recomienda, ya que es mucho más segura la subida en taxi).

OTAVALO Y EL MERCADO Desde Quito hacia el norte, los ómnibus turísticos prácticamente podrían hacer el camino solos, hasta tal punto lo recorren una y otra vez, cada sábado por la mañana, cuando salen rumbo al pueblo de Otavalo y su célebre mercado. Es que en verdad el mercado local –un variado mundo de color, agitación, regateo y telas tejidas– merece ser visto, y revela lo mejor que los artesanos y tejedores ecuatorianos pueden ofrecer. En verdad esta feria funciona todos los días, pero es el sábado el día de mayor afluencia y colorido, por la gran cantidad de turistas (y no sólo ellos, ya que los propios ecuatorianos son asiduos visitantes y consumidores de las artesanías otavaleñas). Quienes pasan la noche anterior en Otavalo y quieren presenciar el espectáculo desde el amanecer, verán cómo en las primeras horas del alba ya se van armando los puestos: los demás van llegando entre las nueve y de las diez de la mañana, listos para perderse en el laberíntico recorrido de tapices, pulóveres, cinturones, mantas, cada uno más atractivo que el anterior y todos realizados con motivos que tanto se inclinan por lo moderno como por lo tradicional.

Los tejedores de Otavalo son los herederos de una tradición antiquísima que sobrevivió a la llegada de los españoles, los primeros que instalaron un taller textil alrededor de 1550. Si por un lado los europeos introdujeron las técnicas de tejido conocidas en el Viejo Continente, por otro sometieron a los indígenas a un régimen de servidumbre que no terminó sino hasta los años ’60. Hoy día, ya organizados en talleres familiares o industriales, los otavaleños viven en gran parte de este arte que dominan con maestría.

En el mercado, la tentación y los precios después del regateo son difíciles de resistir: de todos modos, no hay nadie que llegue a Otavalo dispuesto a oponer resistencia alguna... Rodeado de montañas –en particular el cerro Imbabura, que supera los 4600 metros–, a la sombra de las palmeras, el mercado se extiende sobre la llamada Plaza Poncho, que en su extremo norte alberga otra feria, esta vez local: allí los pobladores compran comida, conejos y los típicos cuys que son alimento habitual en la región andina. Para el visitante, es inevitable mirar y admirar los trajes típicos de los pobladores, que también se ofrecen a los turistas: según los especialistas, el traje femenino es el más parecido al vestido tradicional de las mujeres incas, mientras en los hombres se han introducido más elementos propios de la colonización.

Por otra parte, esta época del año tiene un encanto único: se acerca la Navidad y las calles se llenan del eco de los villancicos infantiles en grupos que recorren las plazas y parques, mientras en cada casa se instala el pesebre andino. Cerca del Año Nuevo la fiesta se multiplica, y termina con el “desfile de inocentes”, suerte de burla a los hechos –buenos y malos– ocurridos durante el año que termina. En las calles todo es música, disfraces y bromas, y el pueblo ecuatoriano demuestra que puede tomar sus crónicos problemas con no poco humor.

EL REINO DEL VOLCAN Saliendo de Quito hacia el sur, la experiencia será otra. La carretera Panamericana se interna en lo que Alexander Von Humboldt llamó, cuando exploró la región, la “Avenida de los Volcanes”. Se puede recorrer en ómnibus, en auto o –una de las maneras de acercarse mejor a la vida real tangible y cotidiana– en tren (lento, atestado y antiguo, pero justamente por eso imperdible... y muy buscado por los turistas, que no dudan en subirse a los techos para apreciar mejor los paisajes). Pero siempre lo que se verá será uno de los más extraordinarios paisajes del mundo, por su riqueza y diversidad: entre la Cordillera Oriental y Occidental que va atravesando la carretera, se forman valles dominados por la sombra de impresionantes volcanes, algunos ya extinguidos y otros todavía en actividad. No puede dejar de sorprender la cercanía y rapidez con que se pasa del más verde y colorido paisaje tropical –estamos, al fin y al cabo, sobre la mismísima línea del Ecuador– al blanco de la nieve y los glaciares que cubren permanentemente algunos de los picos más altos.

LA FORMA DEL COTOPAXI Desde Quito, la primera parada puede hacerse en Machachi y luego quedan unos 30 kilómetros hasta la entrada del Parque Nacional Cotopaxi, donde se levanta el volcán Cotopaxi, de 5897 metros de altura (aunque algunos lo elevan a más de 5900 metros). En total, el trayecto no lleva más de 60 kilómetros. El Cotopaxi es la segunda cumbre de Ecuador después del Chimborazo, situado más al sur, y es también uno de los volcanes activos más altos del mundo. “La forma del Cotopaxi –escribió Von Humboldt– es la más hermosa y regular de todos los picos colosales en los Andes. Es un cono perfecto cubierto por una capa blanca de nieve que brilla con el sol, sobreponiéndose al azul del cielo.” Hay registros de erupciones en 1534 y más tarde, en 1742, 1768 y 1877, cuando destruyó a la sufrida ciudad de Latacunga. En 1942 se produjo la última erupción, pequeña, pero su poder sigue latente. Hoy día el volcán es uno de los favoritos de los andinistas, que suelen subir por la ladera norte, pero requiere equipos y experiencia en la montaña, por la altura y las dificultades de escalada, sobre todo las grietas de hielo que se cruzan en el camino.

BAÑOS TIBIOS Siempre hacia el sur, es posible desviarse por un sinnúmero de pueblos –cada uno con su mercado– y ciudades que ofrecen, como en todo Ecuador, el mestizaje indígena-hispánico en la gente, la arquitectura y la vida cotidiana. Una carretera hacia el este invita a visitar Baños, una localidad de clima subtropical donde manan fuentes de agua caliente del volcán Tungurahua: en los alrededores, además de bañarse en estas tentadoras termas, también hay incontables senderos, ríos y cascadas para visitar, sobre todo las Cataratas del Río Verde, paraíso de flores y de aves.

EN LOS TECHOS DE AMERICA Regresando hacia la vía principal rumbo al oeste, hacia Ambato, y bajando nuevamente, el punto de llegada será Riobamba, la capital de la provincia de Chimborazo, donde reinó antiguamente la tribu puruhá, luego desplazada por los incas. Este paisaje, claro, está dominado por el volcán Chimborazo, el más alto de Ecuador, con 6310 metros de altura. Sin duda también éste es sólo para expertos, y requiere además la guía de un montañista que conozca sus secretos (el Club de Exploradores de Sudamérica, en Quito, puede brindar el asesoramiento y las recomendaciones necesarias a quienes quieran animarse al ascenso). En el trayecto, cuando es la temporada alta, se cruzarán montañistas de todo el mundo, ya que desafiar este volcán que está entre los techos de América, rodeado además de una impresionante cultura autóctona, es un reto conocido entre los amantes de la montaña de los cuatro puntos cardinales.

Cuando haya que dejarlo atrás, se podrá retomar la carretera rumbo a Guayaquil, esta vez hacia la costa, que es como volver a ingresar en otro Ecuador, y sin duda también el motivo de otro viaje.

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Quito nocturna. La capital de Ecuador fue antiguamente la capital septentrional de los incas.
 
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