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Irenita cerraba los ojos

 Por Federico Bianchini

El cuento por su autor

Hay personas que creen fervientes, otras niegan racionales, algunas dudan escépticas. Pertenezco a un cuarto grupo: el de aquellas que quisieran encontrarse con un fantasma, un alienígena o la Virgen para empezar a creer. ¿Y por qué...? ¿Pero cómo...? ¿Alguna vez...? Creer responde todas esas preguntas que no tienen respuesta.

Siempre pensé que creer hace la vida más cómoda, menos inesperada. Siempre pensé que creer, de alguna manera extraña, es un acto de cobardía. No quiero decir con esto que es más valiente el que no cree. Pienso sí, que es mucho más libre.

De chico, cuando leía las revistas Muy interesante o Conozca más, pasaba horas pensando en el Triángulo de las Bermudas, las líneas de Nazca, las profundidades abisales del mar y otros temas que se publicaban un año y, al siguiente, como si fueran nuevos, se volvían a publicar.

Todavía hoy me seduce y me aterra sentir, en la oscuridad densa, algún ruido extraño, una luminosidad difusa, el titilar de un punto que se revela luciérnaga. Disfruto la convicción, durante al menos segundos, de que algo me arrancará del suceder cotidiano. Y cada vez que miro el cielo busco un destello misterioso. O me acuesto sobre el pasto, los ojos cerrados a la luna, para escuchar el ruido mínimo de bichos y bichos que se acercan invisibles.

No conocí a la tía Irene. Me hubiera gustado. Me hubiera gustado preguntarle mucho, ponerla a prueba, pedirle que me enseñara a silbar y a percibir todo eso que los perros y los canarios ven, que nosotros no notamos. Mi padre cree ferviente. Fue él quien me contó esta historia.

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