CULTURA › OPINION

El lago de los diablos

Por Alberto Cedrón *

Yo vivía en Roma, pero estaba en París por una exposición. Una noche en un bar pensé que tenía que hacer un libro para llegar a más gente. En ese momento entró una amiga, Araceli, y me preguntó: “¿Qué hacés solo?”. Mirá, pensaba que si en vez de hacer una muestra hiciera un libro podría llegar a más gente, pero no tengo quien lo escriba. “Pedíselo a Cortázar”, dijo. Pero estás loca, me va a sacar rajando, semejante escritor y le voy a pedir algo así. “No, es un tipo bárbaro”, y ahí nomás lo llamó por teléfono y me pasó con él. Con timidez me presenté y le conté el asunto, y me citó para el día siguiente a las 10. Cuando colgué pensé en mil cosas. Fui a su casa, charlamos y él me dijo: “Bueno, andá a Roma, hacé los dibujos y después yo escribo”. Pasaron muchas cosas por mi cabeza, y pensé: esta no me la puedo comer solo. Recordé a los que estaban sufriendo en la Argentina y el odio que les tenía a los milicos. Pero, ¿cómo lo haría?, desconozco la técnica de la historieta, y nunca me gustó tocar esos temas; sin embargo, me subí a un viejo Fiat y en 18 horas estaba en Roma.
A la mañana siguiente, me apoyé en el tablero y me pregunté: ¿Y ahora qué hacemos, nene? Levanté la vista y había un espejo. Hice dos personajes, uno era yo y otro un hombre-larva. Recordé la película de Gardel donde un tipo en una noche se encaja en el barro y ve un rancho en la oscuridad. Una cosa fue llevando a otra y apareció el ombú de Saavedra, del que se decía que bajo su raíz había un lago donde navegaban los diablos y que estaba en línea recta con la ESMA. Un día encontré al gran escritor Leopoldo Marechal, que en el capítulo del viaje por Saavedra ubica al infierno de Cocodelfia debajo de un ombú, y le pregunté: “¿Maestro, dónde quedaba?”, y era en el lugar donde jugábamos de chicos.
“¿Y cómo acabarán los hombres-larva?”, me preguntó mi sobrino Juan. “Cada vez hay más, sólo con la belleza y el arte podremos contenerlos. No hay que dejar que te saquen la esperanza ni que te hagan enloquecer. Siempre que exista un ser humano solidario con otro, ellos no habrán vencido”, le dije, y lo mandé a comprar facturas para tomar unos mates.

* Artista plástico, coautor con Cortázar de la historieta La raíz del ombú.

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