DEPORTES

Ahora, a llorarle al banco

 Por Juan Sasturain
Desde la casa

No vamos a ser nosotros, los argentinos, los que nos quejemos de mala suerte tras una definición por penales. Hemos ganado muchas, incluso tras partidos de trámite muy desfavorable. Así que –como solemos decir en estos casos y debimos oír ayer–: “A llorar a la Iglesia”. Les tocó a Ayala –uno de los mejores, no sólo del partido sino del campeonato– y al pobre Cuchu, el del gol más lindo del Mundial, no resolver bien. Ya está. Y a Leo Franco le tocó tener que ir cuatro veces a buscarla adentro. Ya está también. “Si hubiera estado el Pato”, se puede decir... Pero no estaba.

Tampoco vamos a ser nosotros, los argentinos, los que aprobemos a algunos (o muchos) patéticos hinchas nuestros en Berlín, haciendo ante las cámaras el gesto universal de soborno respecto del réferi. Ya está. Basta de victimismo impresentable. El eslovaco no nos dio casi ninguna dividida pero no incidió en el resultado. Estuvo bien.

Tampoco vamos a repetir los argentinos lo que alguna o muchas veces hemos hecho a la hora de digerir una derrota tras tantas ilusiones: salir a la caza de “culpables” o –más livianamente– “responsables” dentro del equipo, porque no se ganó. Nada de canibalismos, plis. Todos se rompieron el alma, pusieron incluso cuando ya parecía que no podrían más. Y es evidente que terminaron dominando el terreno y el juego en el final, ante un rival –y un estadio repleto– que no podía ni quería más. Quiero decir que no hubo defecciones: todos hicieron lo que saben y pueden. Sobró actitud, lo único que uno suele sentirse con derecho a reclamar cuando falta. Y se les notó en el dolor final, la tristeza. Estuvieron absolutamente a la altura y no fueron nunca menos que los locales. Y acaso fueron un poco más. Por ejemplo, lo de Mascherano y Tevez, dos pibes, fue simplemente extraordinario, en lo estrictamente futbolero y en lo anímico.

¿Por qué se perdió, entonces? Es que ni siquiera se perdió. Y no se puede hablar de “injusticia” tampoco. Nos ganaron bien: patearon mejor los penales y Lehmann es mejor que Leo. ¿De dónde proviene entonces este malestar que impide el rápido consuelo, lo deja a uno con las ganas de rebobinar, rehacer lo ya inevitable? Es simple (al menos, de decir): Argentina no fue menos que Alemania pero creemos que fue menos que lo que la propia Argentina podía/puede ser. Es decir, la cuestión que veníamos charlando en casa, en el bar, en la redacción, todos en todas partes, lo que escribíamos ayer en la víspera. Estaba claro que había que tener la pelota (se consiguió) y tratar de dominar el juego (se pudo en gran parte: se jugó al ritmo y a la manera argentina) y finalmente, que es lo que le da sentido a todo lo anterior, había que atacar: y eso Argentina no lo hizo casi nunca, o lo hizo con medios insuficientes (poca gente) o inadecuados (jugadores, estilos). Por eso, si bien el adversario casi no llegó –por méritos nuestros–, tampoco Argentina creó oportunidades para convertir. También por carencias/errores nuestros.

Escribo sobre la inmediata terminación del partido y sin escuchar ni análisis ni declaraciones a posteriori. No sirven ya, además. Y me parece que, como en los partidos anteriores –sobre todo el de México, y aunque esta vez se jugó mejor– faltó confianza en las potencialidades de juego ofensivo, se privilegió el control a la audacia, se esperó –y esta vez fue fatal– demasiado para ir a buscar el partido... Ese día titulé “Confieso que he puteado” y la idea era: “¿Cuándo carajo vas a hacer los cambios, José?”. Y esta vez fue peor: no llegaron nunca. O fueron más de lo mismo, o para atrás.

Es probable que la salida imprevista del Pato haya cambiado el panorama, que José tuviera previsto algún cambio más del medio para adelante, el refresco que pudiese inquietar/liquidar con habilidad y decisión a los ya accesibles alemanes: digo la Pulga Messi, claro. Al “gastar” un relevo, se quedó sin alternativas. Sin embargo creo que el asunto viene de arrastre y la coyuntura fortuita, desfavorable, sólo reveló la fragilidad de una estrategia que no preveía la audacia o la amarreteaba, subestimaba la potencialidad de ruptura de los jugadores y apostaba por el esquema.

Recapitulemos. Con el mediocampo que se plantó, con Lucho, se mejoró la recuperación, la posesión y el juego, así que desde el fondo hasta Riquelme todo estaba bien. ¿Y de ahí en más? Pese a todo lo conversado respecto de la fragilidad alemana por abajo y por el medio, insistir con el excelente Hernán Crespo, cuyo sacrificado laburo –nadie se debe haber ido tan cansado de la cancha, tras haber trabajado tanto sin tocar la pelota...– sólo sirvió para justificar el uso del pelotazo largo desde el arco; algo que se reiteró después, a la hora de elegir reemplazo, con Julio Cruz. Que anduvo bien, pero fue más de lo mismo. Pregunto: ¿Qué hubiera cambiado si en lugar de Crespo-Cruz hubiera entrado Messi desde el inicio, o cuando salió Hernán? No hubiéramos perdido recuperación ni toque. Y hubiéramos obligado mucho más, generado encuentros entre los nuestros y faltas de ellos. Y hubiésemos jugado mejor al fútbol, y nos hubiéramos sacado el gusto de verlos juntos a los que saben. Porque Carlitos Tevez jugó un gran partido, sí: en general solo, bajando pelotazos contra la raya, a treinta metros del arco y habiendo entrado tres veces al área y pateado una sola vez, cualquier cosa.

En fin... A Argentina, a los argentinos futboleros en general, nos queda el equívoco consuelo de tener/haber tenido probablemente el mejor plantel. Mérito de José, que los eligió. Pero no el mejor equipo en la cancha. Y eso también le cabe a José. Es como si a Pekerman, un tipo previsor y de recursos, por error de cálculo se le hubiera cerrado el cajero, le devolviera la tarjeta, o descubriese de pronto que se había excedido en el tope de la extracción diaria... Son metáforas de mierda, pero caben. Porque Argentina terminó con todas las posibilidades y poca disponibilidad. Pobre, y con mucha guita en la cuenta. No sé cómo se llama eso.

Ya está. Sin reproches, gracias a los pibes, a José, y gracias recíprocas a/entre todos nosotros, que alentamos y creímos y seguimos creyendo.

Y ahora, a llorarle al banco.

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