EL MUNDO › OPINION

El factor Satanás

 Por José Pablo Feinmann

Hay tres factores que permiten entender a la sociedad norteamericana desde la argentina. Uno: el miedo y la exigencia de seguridad. Dos: el poder de los medios y los abanderados del orden y la mano dura. Tres: el bipartidismo. Sería adecuado proponer que echemos una mirada a nuestras oscuras entrañas para develar el oscurantismo del Norte y su necesidad de guerra permanente o preventiva, que es lo mismo. Aquí, el bipartidismo pareciera haber amainado. Aquí, los radicales parecieran haber dejado de existir. Pero hay un choque clarísimo entre la búsqueda de una democracia ligada a los derechos humanos y una derecha que se posiciona en el miedo para retornar al autoritarismo de manos de la seguridad. El bipartidismo se trasladó al interior del peronismo. Ya se sabe: como sólo hay peronismo todos los conflictos se dan ahí. La derecha argentina funciona a lo Bush: metamos miedo, aterroricemos y eso nos hará avanzar hacia una sociedad autoritaria, hipercontrolada. Si el miedo se ha transformado en una herramienta prioritaria de la política mundial es porque el mundo, el entero mundo, tiene miedo. No hay lugar en el que no se tenga miedo. No hay lugar en que el miedo no esté al servicio de la guerra y el totalitarismo.
Entre los pueblos más asustados del planeta figura Estados Unidos. También en esto son los primeros, la primera potencia. Tienen tanto miedo que el miedo explicará lo que para algunos será inexplicable: que gane Bush. Y, también, tienen tanto miedo porque nunca antes lo habían tenido. En Estados Unidos, dentro de ese territorio, nunca pasaba nada terrorífico. Era el espacio de lo intocable. Nadie golpeaba ahí. El derrumbe de las Torres es el derrumbe de la confianza de Estados Unidos en su invulnerabilidad. Para colmo, entre los herederos del Mayflower y Dios existe una relación de hierro. Los yanquis creen en Dios. El capitalismo cree en Dios. Se hizo con Dios, de la mano de Dios y del ascetismo y la pureza del Dios protestante. Pero incluso ese Dios (el de Ginebra, el de Calvino, el del célebre ensayo de Max Weber) está lejos. No, los yanquis ya no creen en un Dios cuya austera moral les permitirá construir un Imperio. Hoy creen y necesitan un Dios combativo. Mario Diament, que vive y conoce Estados Unidos como pocos, declaró un par de cosas esenciales en el programa de Gerardo Yomal, Detrás de las paredes. Nadie (en USA) lo quiere a uno si uno dice que es ateo. Veamos por qué. No sólo porque los yanquis creen en Dios. Sino por otra cosa. Creen más en otra cosa que en Dios. Creen, sobre todo, en el Diablo. Diament dice algo que se sabe pero lo dice porque lo vive y lo palpa casi cotidianamente: “El 65 por ciento de los norteamericanos cree en el Diablo”. Ha llegado, ahora, el momento de arrojar una tesis que explica más que muchas otras, acaso que todas. El capitalismo imperial del tercer milenio ha abandonado el Dios austero de Calvino, el Dios de la ética protestante que la prosa weberiana tan finamente dibujó. El Imperio Global cree –más que en Dios– en el Demonio. ¿Cómo, entonces, habría de aceptar a un ateo? Si usted es un ateo, no cree en Dios. Si no cree en Dios, no cree en el adversario del Demonio. Si usted no cree en el adversario del Demonio, usted cree solamente en el Demonio. Usted está con él. O él habita en usted. Usted es el Otro. El Diablo es el súper Otro de la nueva fe del capitalismo.
Es bastante claro: para surgir y consolidarse el capitalismo necesita un Dios que elija a los suyos por la austeridad, el esfuerzo, el trabajo. A ellos los “elige”. Esta elección se torna visible. No es abstracta. Los elegidos por Dios son los que prosperan económicamente. Si los luteranos se metían en lo rural, la tierra; los calvinistas son urbanos: trabajan y ahorran y, por fin, Dios los señala. Un señor que se enriquece por medio de su trabajo austero y honesto es un elegido de Dios: su riqueza es ese símbolo. Dios premia el esfuerzo de los buenos con la riqueza, con el dinero. Esto es útil en una primera etapa. Pero, consolidado el Imperio, se trata de conservarlo. Para conservarlo de la ira de los pérfidos ya noalcanza el Bien. Hay que creer (sobre todo) en el Mal. Hay que mirar más hacia el lado del Diablo que hacia el lado de Dios. De este modo, ese inmenso país interior, ese territorio que no es Manhattan ni es Hollywood, sino el de los cuellos rojos y los rudos bebedores de cerveza está entregado a creer en el Diablo. ¿Cómo va a tolerar a un ateo? Un ateo nos quita el gran misil que tenemos contra el Demonio: la fe. Este pueblo cree, este pueblo es el de Dios, es el agredido por el Diablo y el que sabrá derrotarlo. Pero se ha pasado de la ética austera del trabajo a la ética guerrera de buscar al Diablo donde esté y aniquilarlo. Si Dios es el Bien, el Diablo es el Mal. Los yanquis luchan contra el Mal. De aquí que postulen “Ejes del Mal” o guerras preventivas contra todo rincón del mundo en que el Mal aparezca.
De esta forma, el bipartidismo norteamericano no es tal. Hay matices. Diferenciación en algunas conductas. Algunos tonos. Pero, ¿quién no lo sabe? El “bueno” de Kennedy hizo Bahía de Cochinos e inició Vietnam. Lo mataron porque acaso no creía tanto en el Diablo o tan extremadamente como es necesario creer. Pero la historia no va a cambiar. Kerry (si es que gana, cosa que no creo) no podrá sino seguir los pasos de Bush. El pueblo del Norte tiene miedo. Y un pueblo tiene miedo cuando cree en el Diablo. Cuando cree que el mismísimo Angel Caído lo está atacando. ¿Qué Dios necesita? Un Dios de la guerra. Un Dios que bendiga a los castigadores. Que les diga a los torturadores de Guantánamo: “Vuestra tarea es sagrada, hijos. Lucháis contra el Maligno. Y esa lucha, en la que todo vale, os vuelve santos, cruzados y puros. El camino hacia Dios, hoy, es castigar a quienes lo agreden agrediéndonos a nosotros”. Algo parecido a lo que decían los capellanes argentinos a los marinos que volvían de los vuelos.
Gane quien gane, el que ya ganó en el corazón asustado y vengativo de ese pueblo (o, sin duda, de su mayoría) es el mismísimo Príncipe de las Tinieblas.

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