EL PAíS › OPINION

Letanía argentina

 Por Horacio González *

Videla parecía un hombre austero pero avergonzó a un país; dictó órdenes de muerte y se mantuvo en un ascetismo turbado; dirigió un Estado visible y no mostró demasiado la secreta fascinación que le provocaba el Estado que funcionaba en las catacumbas; intentó engañarse algunas veces sobre el caso de un poder que residiría en la Casa Rosada, pero sabía que el poder real estaba en las mazmorras clandestinas y en las disposiciones calladas que arrojaban cuerpos a fosas comunes, o al olvido carcomido de los ríos; era un cristiano practicante y no supo que llegó a una de las máximas más perturbadas de la fe, que es el aniquilamiento a través del dolor de los que ni siquiera se animó a llamar impíos; hizo una carrera militar trivial y oscura, pero no fue menos oscura su condición de asesino amparado en tabiques institucionales; no mostró desinterés por las instituciones pero sabía que su autoridad emanaba del crimen en sórdidas cárceles secretas; fue cobarde para llamar con alguna palabra a lo que hacía, no pudo así abandonar la mentira profunda que lo había quebrado como ser humano aunque fue él quien pensó que quebraba a los demás; gritó goles de la selección y se debió preguntar qué franja sentimental del aniquilador de vidas lo hacía levantar súbitamente de una butaca de tribuna; intentó explicaciones al final de su vida, pero solo emitía radiogramas guturales donde sugería crípticamente que matar protegido por el secreto de Estado era lo más recomendable; fue un hombre de la Iglesia pero creyó que si fusilaba a la luz, la Iglesia lo iba a reprender; no era posible saber si como farsante de su propia condición criminal, convencía a la Iglesia de actuar con sigilo o era ésta quien lo hacía sigiloso a él; parecía pronunciar frases liberales pero como simulador de Estado, su conciencia no podía ser inteligible en su condición de persona; como persona parecía un militar, como militar había deshabitado y quebrado su condición de persona; como hombre que parecía íntegro en la parca locuacidad que lo caracterizaba, era un monolingüista que solo conversaba en su conciencia de eremita, que sabía perdonarle para él solo su condición de asesino; como asesino que hizo pactos de sangre con empresarios y sacerdotes, descontó que sería indultado por la cruz, la plusvalía y la espada; como culpable indigno se negó a abandonar su condición de perdonado por la excepción que hizo sobre sí mismo; exceptuado por las mediaciones del Estado para no ser él mismo el que apretaba gatillos y manejaba artefactos de tortura, blindó su espíritu con la verdadera tortura de no saber para siempre lo que fue capaz de hacer; inconsciente del límite que había traspasado, como estudioso de reglamentos, pensó que matar era un mandamiento y las palabras dichas a media lengua y los eufemismos lo convencieron de que el mismo Videla que daba reportajes, no era el Videla espectral cuyo nombre se pronunciaba con miedo en los pasillos de las calabozos y aun al caer la tarde en las enmudecidas ciudades del país; arrodillado en las iglesias que le daban la hostia benéfica, no pensó lo que ese mismo arrodillarse podía significar en los cuerpos engrillados y sacrificados, algo que era más profundo ante la muerte que su incapacidad de reflexionar incluso sobre sus propias rodillas insensibles; como militar disciplinado no pudo revelarse a sí mismo qué significaban las recónditas ergástulas donde se retorcían cuerpos agraviados en medio de desechos y pestilencias; quiso ser voluntariamente mediocre y ni siquiera supo ser un asesino compungido pues mató como las máquinas parecidas a las que inventó la literatura para las colonias penitenciarias; perforó cuerpos y no se pudo sacar de encima la palabra cuerpo, eran los fantasmas que duplicaban en el pavor de la tortura una preferida idea castrense, los cuerpos militares; sin ser fascista hizo del cuerpo del ejército una reproducción esponjosa que absorbía toda la vida social; si hubiera sido fascista, hubiera debido convencer a los hombres de esa ideología que se podía serlo en materia de silenciosos asesinatos, en garitos sanguinolientos parecidos a cámaras de gas, pero sin el grito de consignas abismales, sin empeñarse en darle al mundo otros rostros fáusticos u ofrecerle loas a jefes supremos; sus convicciones eran ralas, un primitivo discurso de liberalismo económico y democracia ciudadana era el mantel impúdico con que ocultaba razonamientos como el de la disposición final; empleó la lengua del Estado para cortar de los cuerpos mucho más que las lenguas; rezó mucho y a cada plegaria abstracta acarreaba nuevos muertos en las órdenes que le daba a su discurso santo; puntuaba con cadáveres el camino de una fe; su nombre era pensionista del espanto en todas las habitaciones en que se instalaba el terror, pero vivió en un departamento de pocas habitaciones; creyó que una misión superior lo adornaba para siempre, pero su ornamento último era el del sistemático misionero de la muerte; como matador no era pasional, sino heredero de los grandes racionalistas del crimen; gozaba de una manera profundamente socarrona ir esposado en carros policiales o ser fotografiado en los camastros despojados de sus prisiones, pero la santidad que imaginaba estaba cribada por allanamientos nocturnos, robos, acribillamientos y latrocinios de toda especie, sobre todo el robo de nombres, la incautación de bebés; no podemos pensarlo en las edades de su vida, no sabemos si fue bebé, adolescente, hincha de fútbol, novio o esgrimista; sabemos muy poco de todo lo que no sea su tragedia de homicida con banda presidencial, oscuro cuadro que ennegreció una época y dejó sus efigies en paredes que sostenían cuadros oficiales con el pesar de propia arena y la misma cal. Su muerte no implica que la ocupación de hacerlo descender de las paredes no deba seguir siendo un gesto de libertad profunda del espíritu colectivo.

* Director de la Biblioteca Nacional. Profesor de la UBA.

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