EL PAIS › OPINION

La construcción de la derrota

 Por José Pablo Feinmann

Tratando de repasar los diversos factores del triunfo que posibilita al nuevo Alcalde de la Ciudad posesionarse de su territorio, vigilarlo y controlarlo habrá que llevar a primer plano algunos factores.

Primero) El factor autodestructivo. Esto le corresponde al filmusismo, el que desde su nombre se revela imposible para la política. Si se analizan los nombres de los políticos exitosos en el país se verá que el apellido de todos posibilitó una transformación del mismo en concepto político. O sirvió para armar consignas militantes. El grado más alto de esto fue “Perón”. Todo rima con “Perón”. No hay consigna que no se pueda hacer con Perón. O casi. Pero “ón” permite infinitas rimas; “us” (para colmo: sin acento), casi ninguna, o exiguas en extremo. “Peronismo” suena formidable. “Menemismo”, ni hablar. Hasta “kirchnerismo” se impuso y también ayudó a eso la mano decidida del jefe de la corriente. No bien uno escribe “filmusismo” sabe que la cosa no va. Esto significa –tomado desde un ángulo lateral– que el candidato elegido (una buena persona, un buen muchacho universitario) no podía nuclear a un electorado. No tenía algo esencial para hacerlo: ni el nombre ni el carisma. Desde que los afiches de Filmus aparecieron por Buenos Aires uno entendió que perdía. Miraba con expresión de osito tierno. Había demasiada ternura en ese rostro. Y esto no es –para nada, en absoluto– lo que busca el votante porteño. Tal vez Filmus no entienda que estoy hablando bien de él. Tal vez vuelva a decir algún desatino en mi contra. Y si digo esto es porque Filmus yerra en la elección del enemigo. Que me haya criticado porque infirió que yo dije que la clase media es fascista resulta, cuanto menos, elegir un blanco errado. Eso salió en la tapa de la revista Barcelona y yo lo dije. Como dice esa revista (que, es cierto, a mí me gusta leer) la clase media, con su renovada prosperidad, recobró su nivel habitual de fascismo. Filmus dijo que él no creía eso, que la clase media no es fascista. Pura demagogia y, para ejercerla, elige a un tipo que, enterate de algo que ya sabés, Filmus, votó por él las dos veces. Pero si cuento esto es porque expresa el error en los blancos elegidos. Filmus y el kirchnerismo que lo creó equivocaron el enemigo principal. Error insuperable en política, error fatal, del que no se vuelve porque mata. ¿Por qué eligieron a Telerman como enemigo principal? En un restorán, hace un tiempito, encontré a un gran tipo. Siempre le hago la misma broma: “Largá la política y seguí escribiendo que, eso sí, lo hacés bien”. Sabe, sin duda, hacer política pero yo lo prefiero escribiendo porque es un tipo talentoso, ya escribió un montón de buenos libros y planea una revisión novelada de El Conde de Montecristo que, algún día, me gustaría leer. Para decirme que no, que no podía escribir, él, que es, insisto, muy inteligente, dijo: “No, hay que frenar a Telerman”. Y así fue: se dedicaron, los filmusistas (es decir, todos los bravos que estaban detrás de él, detrás de su carita de osito bueno, de tipo tierno), a pegarle a Telerman. Este fue el factor autodestructivo. Por peleas internas, por rencores más resueltos, por amores contrariados, por lealtades demasiado exigentes, por números mal sumados, por egolatría, por torpeza, por soberbia, por machismo, se enfrentaron quienes, para darle algo al pueblo (la ciudad de Buenos Aires, nada menos) se escindieron malamente, rencorosamente y le dieron la cancha libre al adversario que no valoraron, al “pibe” Macri que, según parece, perdía solo, dado que la cosa (para quienes protagonizaron esa pelea) habría de dirimirse entre Filmus y Telerman. No: entre Filmus y Telerman se construyó la derrota que dio el triunfo a Macri. ¿Por qué si Kirchner va a hablar con Macri pocos días después o al día siguiente de la elección, Filmus no pudo hablar con Telerman? Desde el interior de la política que se enceguece a sí misma habrá mil motivos para esto. Pero desde la óptica de los votantes sólo hay bronca. Ustedes se pelean y ahora nosotros lo tenemos a Macri y tenemos, también, una sensación desagradable, casi una angustia que nos carcome nuestra carcomida alma: vamos a tener que andar con la cédula de identidad entre los dientes.

El factor París se refiere a los musulmanes de Buenos Aires. Sé que no hay musulmanes en Buenos Aires. Los hay, pero no son ellos “el problema musulmán”. El “problema musulmán” que aqueja al votante-Macri son los negros, el conurbano, el Gran Buenos Aires, la periferia de ciudad dispendiosa. Si en París los musulmanes son los que invaden la ciudad-lujo, si los parisinos eligieron a Sarkozy para que se los quitara de encima, aquí, en la Reina del Plata, en nuestra ciudad-lujo, la amenaza latente, los que pueden transformarse en furiosos musulmanes parisinos son los negros, la negrada, señores. Vote a Macri y la negrada no invade Buenos Aires. Y para impedir eso hay que tener mano dura. Hay que ser hijo de don Franco y presidente de Boca. El diario El País tiene razón: Buenos Aires ha elegido como alcalde al presidente de Boca. Filmus da River. Macri es Boca. Todos sabemos qué es Boca. Boca es el equipo de la garra, de la fuerza. No es el equipo del “jogo bonito”. Es el equipo del Tano Roma. Del Tanque Rojas. Del Rata Rattin, que se sentó con los tapones embarrados en la alfombra de la reina de Inglaterra, la mismísima Helen Mirren. Ser de Boca y salir con los tapones de punta a limpiar la ciudad es lo mismo. Se votó a Macri para que les haga una plancha definitiva a los negros. Tanto a los posibles invasores de la periferia como a los que andan enroñando y afeando este jardín que es la Atenas del Plata. Fuera con los cartoneros, con los motoqueros y con los pibes de los deliverys que andan en esas bicicletas que se meten zigzagueando entre los coches y uno tiene que cuidarles la vida, porque si los aplasta “los tiene que pagar por buenos”. Con lo que hemos llegado al factor taxi. El votante de Macri es el taxista al que Radio 10 le hace el bocho todo el día. Aclaro: no todos los taxistas son así. A veces uno sube y el tipo está escuchando música clásica o Piazzolla o la Negra Sosa. Pero el tachero es un tipo que tiene una verba inflamada, que le habla a uno le guste a uno o no que alguien le hable. Uno puede apelar a la lectura y no. Le habla igual. Y dice lo que dice el factor taxi. Que hay que limpiar la ciudad. Que hay que echar o matar a todos los motoqueros, los cartoneros, a todos esos musulmanes terroristas que –apenas nos descuidemos– incendian Buenos Aires.

Volvamos al factor autodestructivo. O al factor-suicida. ¡Qué bien construyó su derrota el filmusismo! La construyó dos veces. Porque acaso debió perder una sola. Pero no: se buscó la segunda piña. Se perdió la elegancia de reconocer el triunfo claro que su adversario tuvo en la primera vuelta y salió a buscar el centro del ring en el segundo round. Paf, otra piña y lona. Y ahí va a quedar Daniel, nocaut y sin retorno. Ahora va a subir al ring el poderoso coach. Que es el verdadero adversario de Macri. Y ese es Kirchner. Que va a hablar con Macri. Porque si los que buscan la oposición republicana e institucional a Kirchner creen que en Macri van a encontrar su adalid, su Esteban Echeverría, se equivocan. Macri es peronista. Es bostero. Es hijo de don Franco. Lo tiene a Ramón Puerta, peronacho si los hay. ¡Lo tiene a Menem, señores! Menem votó por Macri. Todos lo saben. Macri es un buen pibe de las mejores fiestas de los noventa. Viene para limpiar Buenos Aires. Puede que lo haga. Pero la oposición no encontró un líder. Kirchner encontró un interlocutor. Acaso le haga en Buenos Aires un trabajo (sucio y riesgoso) que él no quiso ni quiere hacer. Kirchner va a sumar a Macri. Es imposible que Macri sume a Kirchner. Los republicanos no encontraron su hombre. Puede que los verborrágicos protagonistas del voto taxi tengan a su guardián duro y a su ciudad limpia. También los porteños fruncidos. Pero, Macri, ojo, cuidado con el trabajo de limpieza que el rencor de la ciudad blanca y de los fachos irredentos le pide: un muerto, en Buenos Aires, es un muerto. Kirchner no tiene ni uno. Ni uno en cuatro años de Gobierno. Porque no reprimió, razón por las que también, él, pierde estas elecciones: porque el pueblo de la Atenas blanca no le tiene confianza para la represión. ¿O acaso reprimió a los piqueteros? Mejor –piensan los fachos del “que los maten a todos”– se portó Duhalde. Mejor se va a portar Macri. Cuidado, Macri: sus votantes le piden limpieza y mano dura. Le están pidiendo un muerto o más. En rigor, los que haga falta. Pero (usted, al menos, tiene que saberlo) le piden, con eso, que deteriore y hasta que destruya su carrera política. Que construya su derrota. El problema es: si Macri no les da el muerto o los muertos o los violentamente expulsados que le piden, ¿a quién van a empezar a llamar?

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