SOCIEDAD › RECORRIDA POR EL ARROYO SUBTERRANEO QUE DESBORDA CON CADA LLUVIA INTENSA

La rebeldía del Maldonado

Es una galería de cemento de once kilómetros de largo y diecisiete metros de ancho, que se ha convertido en pesadilla para los barrios que atraviesa. Las obras que terminarían en 2012 mejorarán el escurrimiento en un 50 por ciento.

 Por Eduardo Videla

Cuesta creer que esa galería, que tiene cinco metros de alto y diecisiete de ancho, por donde ahora circula apenas un canal con veinte centímetros de agua, haya estado hace una semana colapsada por un torrente descontrolado, originado en una lluvia intensa. El piso está apenas húmedo, algo embarrado, en este espacio que se conoce como arroyo Maldonado, pero en realidad es un enorme conducto de cemento, demonizado hasta el cansancio como causante de buena parte de los males porteños. Oscuro y húmedo, habitado en los días de quietud por sapos, insectos y algunos peces, fue pensado justamente para evitar los desbordes y crecidas de su cauce pero, según cuentan, colapsó por primera vez en 1939, un año después de su inauguración. Pocos conocen en su intimidad, como pudo hacerlo este diario, ayer, junto a un grupo de periodistas y funcionarios porteños, en un intento por entender su rebeldía.

Cuenta Diego de Pino, en su Historia y leyendas del Arroyo Maldonado, que el nombre proviene de una mujer, “la Maldonado”, que vino con Don Pedro de Mendoza para la primera fundación y fue abandonada a su suerte en medio del campo, al borde de ese arroyo. También recuerda el autor que a principios del siglo XX existió un proyecto para convertir ese curso de agua en una vía navegable, pero al final se optó por el entubamiento. Dos despropósitos que podrían estar en el origen de las frecuentes calamidades que provoca.

Si es un arroyo, ¿por qué no hay agua? Es la primera pregunta que surge apenas se baja la escalera por una de las bocas de tormenta, abierta sobre la avenida Juan B. Justo, a la altura de Villa Luro. “Es que en realidad es un cañadón, que se llena de agua sólo cuando llueve”, dice el ingeniero Jorge Zalabeite. La galería está sostenida por cuatro hileras de columnas de hormigón, alineadas a lo largo de los 11,5 kilómetros que tiene de extensión el entubamiento.

Si no fuera por el farol alimentado por una batería de autos que acompaña la recorrida, la única iluminación que entra en el túnel es la de los rayos que se filtran por las alcantarillas. Por las paredes, de cemento, tansitan alborotadas por la presencia humana centenares de cucarachas que encontraron en ese subsuelo templado y húmedo un buen lugar para vivir. Cada tanto aparece empotrada en la pared una placa de arcilla cocida con la fecha en la que se dio el final de obra de cada tramo: allí se da cuenta de que la obra fue realizada por Siemmens Schukert SA, en 1938, por cuenta y orden de Obras Sanitarias de la Nación.

Explican los técnicos que ese túnel fue calculado para desagotar un millón de metros cúbicos por hora. Pero en realidad las columnas obraron como freno para el agua y sus aristas contribuyeron a generar turbulencias, que se sumaron a las dificultades para el escurrimiento. En resumen, el túnel no puede escurrir más de 380 mil metros cúbicos por hora.

No es ésa la única traba para el desagüe. Cuando la lluvia es muy intensa en la cuenca alta del Maldonado, en el oeste del Gran Buenos Aires, el túnel ya viene cargado, y cuando el agua llega al techo, es imposible que ingrese lo que la ciudad pretende desagotar por los sumideros ni la que traen los otros emisarios desde los sumideros de los barrios vecinos. “Es más, cuando el agua viene con mucha presión, como el viernes pasado, empuja las tapas hacia arriba y el agua sale a la calle”, explica Diego Santilli, el ministro de Ambiente y Espacio Público, responsable de la limpieza de todas estas cañerías, que acompaña la recorrida. Otro freno es la su-destada, que actúa como un tapón.

El grupo camina unos quinientos metros hacia el Oeste. A mitad de recorrido, desde una boca de casi dos metros de diámetro, llega un chorro de agua que –dicen– proviene de desagües del barrio de Versailles. Como no llueve, se supone que el agua es producto del lavado de veredas o de alguna pileta de natación.

Más adelante, el camino se corta y aparece una gran depresión en el piso, como un tobogán gigante por donde cae un torrente de agua, a una velocidad que provoca vértigo: es un conducto aliviador que va hacia el arroyo Cildáñez –también entubado– que termina desembocando en el Riachuelo. Este túnel de siete metros de diámetro, que se hunde en el piso y dobla hacia la derecha, ayuda a escurrir el agua que viene desde la provincia. Fue construido hace medio siglo, pero tampoco resultó suficiente.

A ese conducto circular se parece al aliviador que se está construyendo, en el otro extremo del Maldonado, desde el Río de la Plata. La excavación está a cargo de una tuneladora, que conectará con la galería principal del Maldonado a mediados de 2011. Otro túnel idéntico estará terminado para 2012. Recién entonces –según la documentación oficial– la cuenca estará en condiciones de soportar lluvias de 55 milímetros por hora –actualmente ese límite es de 25 milímetros por hora–. Esos datos podrían hacer naufragar la promesa del jefe de Gobierno, después de las inundaciones de la semana pasada: aseguró que en 2011, con la primera etapa terminada, esa zona ya no se inundará. Una eventual crecida después de ese plazo sería un nuevo capítulo en la leyenda del Maldonado.

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Desde una boca de tormenta se accede al arroyo entubado, que en un día sin lluvia está seco.
Imagen: Bernardino Avila
 
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