VERANO12 › MARIANA ENRIQUEZ

Ese verano a oscuras

Estábamos hartas de que nos dijeran “no hay asesinos seriales en la Argentina”. Nos hablaban apenas de un hombre monstruo asesino de niños en los años ‘30, un hijo de italianos que dormía con cadáveres de pájaros bajo la cama, pero ¡estaban tan lejos los años ‘30! No eran otro tiempo, eran otro planeta. ¿Ni uno ahora? Ninguno. Había criminales crueles pero mataban a sus mujeres, a su familia, por venganza, por dinero. No mataban con método ni por puro placer ni por necesidad, por ansiedad, por compulsión. Nosotras, mi amiga Virginia y yo, habíamos conseguido un libro sobre asesinos seriales norteamericanos en la feria de usados del parque y estábamos obsesionadas. El cinturón de piel decorado con pezones de Ed Gein, los cadáveres que enterraba bajo el parquet John Wayne Gacy el Payaso Asesino, Richard Ramírez que se metía en las casas por la noche silencioso como una sombra. Nuestros padres, enojados, nos decían morbosas, no había bastante muerte ya, hablaban de la dictadura y los torturadores; no entendían que a nosotras nos gustaba otro tipo de infierno, uno de máscaras y motosierras, de pentagramas pintados con sangre en la pared y cabezas guardadas en la heladera.

Ese verano leíamos el libro y nos metíamos a la pileta de plástico en casa de Virginia. No había mucho más que hacer. La electricidad se cortaba por orden del gobierno, para ahorrar energía, en turnos de ocho horas. Mi padre nos había explicado que de las tres centrales energéticas del país sólo funcionaba una, y mal. Para las otras dos hacía falta dinero, inversiones, y el país no iba a conseguir ni un peso porque debía demasiado. Entonces: no iban a funcionar. ¿Ibamos a estar sin luz para siempre? pregunté yo una tarde, llorando. No había cines. No nos dejaban caminar por algunas calles demasiado oscuras. A veces la electricidad no regresaba después de las ocho horas prometidas y estábamos a oscuras un día completo. Todos los partidos de fútbol se jugaban de día. No había baterías ni grupos electrógenos en toda la ciudad. No se escuchaba música. La televisión duraba apenas cuatro horas, hasta la medianoche y ya no pasaba buenas películas. Yo no quería vivir así. También subían los precios. Si compraba cigarrillos para mi madre por la mañana a dos pesos, a la tarde, el segundo paquete, costaba tres pesos. Los nombres de nuestro fin del mundo, crisis energética, hiperinflación, deuda externa, obediencia debida, peste rosa. Era 1989 y no había futuro. A los 15 años cuando una chica no tiene futuro toma sol con todo el cuerpo cubierto de CocaCola y a la piel pegoteada se acercan las moscas. O compra marihuana compactada en Paraguay, ladrillos verdes de cincuenta gramos que, cuando se parten, apestan a tóxicos y orín. O se enamora de la muerte y se tiñe el pelo y los jeans de negro, y si puede se compra un velo y guantes de encaje.

Virginia y yo hacíamos alguna de esas cosas y además soñábamos con asesinos seriales. Si nuestros padres nos retaban, lo hacían sin entusiasmo. No recuerdo demasiado a los padres ese verano. A ningún padre. O estaban buscando trabajo o estaban deprimidos en la cama o tomando vino frente al televisor apagado o estaban en el consulado intentando conseguir alguna ciudadanía europea para escaparse, cualquier ciudadanía europea.

Nuestra rutina era sencilla. De día estábamos en la pileta aunque jurábamos odiar el sol y después nos sentábamos en la vereda o en la plaza y si por milagro alguna conseguía pilas, escuchábamos música en el grabador. Yo extrañaba la música más que cualquier otra cosa, mis casetes prolijamente etiquedos que estaban muertos en el cajón porque si la electricidad volvía a la noche podía escuchar solamente unas pocas horas, en casa tenían que dormir, mis auriculares estaban rotos y no podía comprarme otros. Si ninguna conseguía pilas, que era lo más normal, leíamos nuestro libro de asesinos seriales. En la plaza fumábamos tranquilas cigarrillos robados a padres y madres y tíos. También fumábamos en la escalera de mi edificio, que siempre estaba fresca. No se veía nada en la escalera, pero al menos no hacía calor. La fresca oscuridad. Las brasas se encendían con cada pitada, anaranjadas como luz de luciérnagas, y cuando alguien bajaba la escalera, a veces con una linterna, otras tanteando las paredes, no nos prestaba atención. Nadie nos prestaba atención. Si preguntaban por el punzante y todavía desconocido (para ellos, para los adultos) olor a marihuana, les decíamos que era incienso y lo creían. Ellos mismos le compraban incienso a los hippies de la plaza, a veces para ponérselo a algún santito de yeso, a San Cayetano o a la Virgen, pidiendo trabajo.

Era aburrido el verano del fin del mundo y no se terminaba nunca.

Cambió todo cuando mi vecino del séptimo piso, a quien conocíamos sólo como Carrasco, mató a su mujer y a su hija, y se escapó.

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El crimen fue bueno para todos. Las cuatro horas de televisión de cada noche se dedicaban únicamente a Carrasco y su familia asesinada. Cuando terminaban la transmisión, la expectativa, las ganas de esperar por más detalles del caso la próxima noche ayudaban a pasar el día, a olvidarse de que Pity el quiosquero estaba en el hospital de vuelta, la ambulancia había venido otra vez, ya sin sirena, y decían que esta vez sí, esta vez no volvía del hospital. Nosotras creíamos que la familia deseaba que se muriera porque cada vez iban menos clientes al kiosco, tenían miedo de contagiarse sida si compraban caramelos. Nosotras no. Nos habían explicado cómo se contagiaba el virus. Odiábamos a la gente estúpida, ignorante, y si podíamos conseguir dinero comprábamos en el kiosco galletitas y CocaCola y jugos en polvo, cualquier cosa artificial. Nos gustaba todo lo artificial, los caramelos Fizz que burbujeaban en la lengua, el helado sabor crema del cielo que era de color celeste, todo lo que se disolviera o creciera en el agua. También nos gustaba Pity y no queríamos que se muriera, pero nadie parecía capaz de sobrevivir al sida ese verano.

Carrasco había matado a su mujer, la bailarina, mientras ella dormía. A cuchillazos, a través de la sábana (ese detalle me perturbaba, ¿qué hacía tapada con una sábana con semejante calor?). Los investigadores lo sabían porque la había dejado cubierta por la tela y las rasgaduras coincidían con los tajos en el cuerpo, menos con los del cuello y la mejilla. Había usado un cuchillo especial, para cortar huesos del asado. La mujer era bailarina; yo la veía subir y bajar las escaleras con sus piernas fuertes, había que tener músculos entrenados para subir siete pisos en la oscuridad y no agitarse como la mayoría de los vecinos, que paraban en los descansos y jadeaban como asmáticos. Ella no: tenía fuerza. Pero me decepcionó saber que era bailarina de folklore, de danzas criollas, yo creía que era ballerina clásica, puntas de pie, rodete y cisne negro. En fin: igual nadie estaba demasiado preocupado por el destino de la pobre esposa bailarina teniendo en cuenta lo que Carrasco le había hecho a la hija.

Yo no la vi colgar. Con los años, tanta gente juraba haberla visto muy quieta, la cara contra el edificio, y las piernas separadas en el aire que se volvió un chiste la mentira, ese falso “yo la vi”. Con certeza la vio el hermano de Pity, que estaba despierto porque su hermano agonizaba y él tenía insomnio. Salió a fumar al balcón, vivía en el edificio frente al nuestro, justo sobre su kiosco. Levantó la cabeza y vio a la nena, ahorcada con una sábana, colgando de la ventana. Él llamó a la policía. Cómo aguantó el nudo que hizo su padre, por qué no se desprendió, por qué no se desató si la nena tenía unos diez años y no era menudita, era bastante alta y algo gorda; nadie se explicaba la resistencia de esa sábana y la falta de efecto del pesado cuerpo. La policía usó una escalera para descolgarla y eso sí lo vio bastante gente, pero no tanta, porque tapaba una visión ideal el camión de los bomberos. La policía no dejó que registraran el descuelgue las cámaras de televisión. Había más pudor en 1989.

La nena estaba muerta ya cuando su padre la colgó. La había apuñalado varias veces, la dejó desangrarse en el piso del comedor y después la ató de la ventana de la habitación, como si fuera una bandera o una muñeca. La ató de una manera compleja, con un nudo que pasaba bajo sus axilas y se cerraba sobre el cuello. Estuvo colgada así, calculaban, poco más de una hora. De no ser por el cigarrillo y la angustia del hermano de Pity, hubiera amanecido muerta y colgando, con el pelo color chocolate ardiendo bajo el sol.

Mi familia y yo, desde el segundo piso, no escuchamos nada. Los del sexto B, justo debajo del departamento de Carrasco, estaban de vacaciones, tenían una casa en la costa que iban a vender en menos de seis meses. Después, cuando hubo que declarar ante el juez, algunos vecinos mencionaron gritos pero, avergonzados, dijeron que era algo habitual. Carrasco y la bailarina peleaban mucho. Carrasco era celoso, un gordo pelado que transpiraba hiciese frío o calor y que nunca sonreía. El hermano de Pity tenía encendido su muy ruidoso ventilador, que le tapaba todos los ruidos. Pero además Carrasco había atacado mientras dormían, así que, si hubo esos gritos que algunos vecinos aseguraron haber oído, fueron pocos o breves.

Nosotras apenas conocíamos a la nena. Aprendimos que se llamaba Clara (“Clarita”) por los diarios. Pensábamos en ella, colgando sola de la ventana, a la noche; pensábamos en el ruido de su cuerpo al caer, si hubiese caído. Mi madre empezó a fumar más todavía y a soñar con la nena. Pero el efecto inmediato fue que no nos dejaban salir solas porque tenían miedo de que Carrasco volviera. Tuvimos que explicarles las cosas a nuestros padres con cansancio, con conocimiento. Sí, cierto, los asesinos volvían al lugar del crimen, así que podíamos esperar que alguna noche Carrasco apareciera, aunque era difícil semejante riesgo de su parte: la policía custodiaba el edificio. Si volvía podía pasar por la esquina, por ejemplo: no es que los asesinos volvían a pisar el mismo lugar exacto. David Berkowitz, el hijo de Sam, que mató en Nueva York durante los ‘70, ¡y también en una época de cortes de luz!, volvía porque ver las escenas de sus crímenes le causaba placer, era como mirar chicas desnudas para él. Y no, era muy poco probable que Carrasco matara a alguien más, salvo quizá al amante de la bailarina: ahora sabíamos que ella, la esposa, la muerta, tenía un novio; con él iba a escaparse. ¿Adónde? Eso nos asombraba. Porque plata para salir de Argentina seguro no tenían, si eran vecinos nuestros quería decir que eran bastante pobres. Y mudarse adentro de la Argentina ¿qué sentido tenía? Todo el país estaba sin luz, sin dinero, sin trabajo, sin ganas.

–Ella debía ser como esas mujeres que tienen hijos durante la guerra –decía mi amiga Virginia, mientras se miraba críticamente las piernas en la pileta: no conseguía una buena crema depilatoria porque la que usaba era importada y ya no había más importaciones.

–¿Qué mujeres?

–Yo vi una película una vez. Hay mujeres que cuando hay guerra les gusta quedar embarazadas. Dicen que dar vida es como combatir a la muerte, una estupidez así. Es la misma mentalidad que tu vecina, que se iba a escapar con el amante.

–Es verdad, adónde vas a ir si no se consigue nafta.

–Por ejemplo. ¿Por qué no se puede importar nafta, vos sabés?

–Porque no tenemos plata. Mi papá dice que los militares van a voltear al gobierno.

Virginia se arrancó un pelito con la pinza de depilar oxidada de su madre.

–Cómo duele depilarse así, qué mierda –dijo.

Entonces: les explicamos a nuestros padres que era muy poco probable que Carrasco siguiera matando porque, tal como ellos se habían cansado de repetirnos, no era un asesino serial. Matar a la familia en un ataque de celos no era conducta de asesino serial. Era pura rabia y machismo, nada de orden y método, nada de arte.

Yo dije eso de “nada de arte”, se lo dije a mi mamá. Intentó darme un cachetazo que evité porque ella estaba muy lenta por los tranquilizantes y yo estaba más rápida que nunca. “Estás loca, vos”, gritó. Y me reí bajando la escalera en una corrida espectacular a plena oscuridad del mediodía.

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En algo tuvieron razón nuestros padres. Carrasco volvió. Hasta hoy, Virginia y yo discutimos sobre si fue una alucinación o una sugestión. Pero yo creo que fue Carrasco y cuando lo cuento siempre veo a Carrasco en la penumbra. Las escaleras de mi edificio eran plenamente oscuras porque no tenían ventanas, al menos no en todos los pisos. El descanso que usábamos para pasar frescas la tardecita y fumar tranquilas era el más oscuro de todos: el del tercer piso. Recién había ventana en el quinto y otra en el primero. Sin la luz de los pasillos, sin la luz del ascensor, era como estar en una tumba amplia y concurrida, porque los vecinos iban y venían. Todavía más desde el crimen: en vez de retenerlos encerrados los había sacado, seguramente de nervios, el sacudón, no sé. A todos nos vino bien, fue algo de qué hablar, algo que esperar, algo que nos hacía olvidar de la muerte de Pity, a quien no aceptaron en ninguna casa de servicios fúnebres, hubo que velarlo en su departamento, a la luz de las velas para colmo, las sombras le afilaban todavía más la cara, parecía una mujercita vieja envuelta en un trapo blanco. Pity, que había sido tan lindo, con su pelo largo y la dentadura perfecta.

A pesar de que la escalera era muy oscura, alguna luz llegaba durante el día. De dónde no lo sé: la verdad es que se podía ver en la oscuridad después de un rato. Muy poco, las formas apenas. Los ojos se acostumbraban. O a lo mejor era el resto de luz del encendedor o de las brasas del cigarrillo.

Esa tarde fumábamos Marlboro, Virginia le había robado medio atado a su tío, que siempre tenía abiertos varios paquetes a la vez porque era muy nervioso. Al principio no querían que estuviéramos en la escalera por miedo a Carrasco, pero el policía de la puerta había convencido a todos en el edificio de que él (o ellos, porque había tres policías haciendo guardia) no iban a dejar que entrara nadie sin identificación y aflojaron los controles. Así que fumábamos y hablábamos de no se qué, de alguna tintura para tela que nos había manchado las remeras, o de cómo teñirnos el pelo con papel crepe. Y entonces escuchamos pasos en la escalera y la persona que subía –porque subía– se paró frente a nosotros. No distinguíamos bien su forma. Era una mancha negra, humana pero desconocida. Se paró y nos miró; aunque no le vimos los ojos, nos miró. Virginia le dijo “Hola” y cuando no nos contestó ni se movió nos llenó el estómago un miedo frío y yo supe que era Carrasco, que era un asesino serial y nos iba a colgar como se colgaban las banderas argentinas durante los Mundiales: de un balcón. No sé cómo me paré y salí corriendo y Virginia me siguió, gritando. Llegamos hasta la planta baja y empezamos a contarle atropelladamente lo que habíamos visto al policía, tan seguras y llorando que el hombre llamó a una patrulla y dieron orden de desalojar. Todos los vecinos en la calle, en el calor amable del atardecer, preguntándonos qué habíamos visto y nosotras diciendo que a Carrasco, que su gordura, el olor a transpiración de hombre que era inconfundible.

La policía rastrilló todos los departamentos –nadie se negó a salir– y no encontró nada. Uno de los agentes nos llevó hasta el patrullero y nos quiso asustar diciendo que no debíamos inventar cosas porque era delito. También nos trató con desprecio y nos miró un poco las tetas: las dos teníamos musculosas negras apretadas. Nos salió con la pavada del pastorcito mentiroso y el lobo y yo pensé lobo serás vos, no serás torturador vos, ningún policía de la dictadura estaba preso en esa época, peor que Carrasco sos vos pensé y quise escupirlo pero me contuve porque sabía de lo que era capaz un policía. Y porque justo que pensaba escupirlo volvió la electricidad y los vecinos regresaron con un suspiro de alivio a sus departamentos para ver el noticiero de las siete. Querían enterarse de si el amante de la bailarina era también el padre de Clarita, lo que explicaba el asesinato un poco, y, sobre todo, querían saber si había caído el gobierno de una buena vez.

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Imagen: Sandra Cartasso
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