A propósito del debate sobre la utilización terapéutica del cannabis
El discurso toxicómano
La autora reflexiona sobre los discursos circulantes en torno al sujeto consumidor. Y la práctica del psicoanálisis que puede, desde lo privado, incidir en lo político a través de lo público.
Imagen: Carolina Camps

La despenalización del uso de drogas es un tema de larga data y al respecto cada país cuenta con una jurisprudencia, no siempre acorde con su aplicación.

La consideración del sujeto consumidor va desde la sanción social, el estigma del delincuente, o enfermo a rehabilitar, por un lado, y por otro,  el argumento que sostiene que las drogas no son diferentes de cualquier otro objeto de consumo y, que con el mismo criterio, debería prohibirse la telefonía celular por considerarse adictiva. Aducen que el mercado oferta, y los individuos eligen.

En los dos casos, lo que queda por fuera es la responsabilidad del consumidor frente a su acto.

La responsabilidad recae en un caso sobre el Estado y las leyes que deben velar por la seguridad de los individuos, y en el otro, se carga dicha responsabilidad a las leyes de la oferta y la demanda del mercado; cinismo cliché que justifica que, frente a la ausencia de un Otro garante de la ley, las personas responden según contratos sociales particulares.

El modo de tratar “La Droga” como objeto satanizado es un modo de universalizar los efectos de un objeto (sustancia) sobre los sujetos.

Para oscurecer aún más la cuestión, el imaginario colectivo clasifica dichos objetos según su efecto que se pretende universal; hay drogas para  la casi totalidad de las actividades humanas: para producir, para amar, para la inspiración artística, o la fiesta interminable. Por último las conocidas drogas basura, que transforman en asesinos a los indigentes. Otra clasificación rayana en lo metafísico las divide en drogas pesadas y drogas puente.

La clasificación parece más un catálogo de “Sprayette compras” que una categorización epistémica.

El más preciado “drogón” y Doña Rosa estarían de acuerdo en que las sustancias determinan la ética y por lo tanto los comportamientos de las personas, que se hacen receptores pasivos de sus efectos. Sostener que después de drogarse ya nada se elige tira del hilo de la discusión sobre la imputabilidad o no del sujeto en cuestión. Este tema enciende el morbo por el cual cada uno se pregunta por el propio límite de la responsabilidad. A partir de cuándo y hasta dónde soy  responsable de mis actos, y cómo y de qué modo podría constituirme como excepcional a la ley, y lo más importante es que sea la misma ley la que lo dictamine.

Jacques Lacan, que se regodeaba en lo escandaloso de sus frases, porque sabía de su exactitud, afirmaba que aunque lo consideraran terrorista, el sujeto es siempre responsable. Subrayamos que en todos los casos, es decir que las personas deben comparecer frente a sus actos, ya que es eso lo que las preserva como tales. Lo contrario, lejos de ser una trasgresión, es un suicidio.

En cuanto al poder de los objetos, el psicoanálisis insiste en que el único objeto que determina las relaciones del sujeto con el mundo es el objeto del  fantasma de cada uno, que se construye muy tempranamente en la vida a partir de coordenadas múltiples. Este objeto, que no es una cosa sino una construcción, influye más que cualquier sustancia en las elecciones y experiencias de las personas. La clínica verifica que la sobredeterminación con la que se construye dicho objeto determina que su análisis sea del orden de lo particular, y que sólo se obtiene su calibre dentro del dispositivo analítico.

El actual “fetichismo de la sustancia” es un universal que pretende explicar el espectro social y el subjetivo a partir de los efectos de ese objeto/sustancia. Por el contrario, lo que se verifica es un efecto de discurso que, bajo la legislación que fuere, empuja al consumo de dicha sustancia; un “discurso toxicómano” retroalimentado por consumidores, detractores, carteles y la mayoría de los programas para adictos.

Este discurso se ubica en el entrecruzamiento entre el discurso del capitalismo y el de la ciencia, hoy subsumido al primero. J. Lacan advierte que el sujeto de la ciencia queda forcluido, excluido de toda consideración. La exclusión se redobla al encuadrarse la ciencia actual como engranaje fundamental de la consecución de ganancias a niveles macro. Laboratorios y técnicas de control social disfrazadas de “terapéuticas” son dos de las armas más poderosas para aceitar su funcionamiento.

Algunos autores1 han denominado “Operación pharmacon” al dispositivo que incluye tanto al sujeto consumidor, las sustancias y al discurso que crea lo mismo que condeno, y lo cristaliza.

Sin constituirse en una cruzada, el psicoanálisis se propone como una práctica que puede, desde lo privado, incidir en lo político a través de lo público.

Como en la práctica puertas adentro de los consultorios, también en el ámbito institucional el psicoanálisis opera en el sentido de interpretar sus síntomas para conmover las significaciones coaguladas-cristalizadas-residuos de identificaciones, y señalar sus efectos de alienación.

Frente al vacío de los significantes gastados, Lacan proponía el psicoanálisis como “un decir menos tonto”. Nótese que el Dr. Lacan, y a pesar de su optimismo, no creía que pudiera eliminarse del todo la estupidez humana.

Lacan advertía que no hay praxis posible para el psicoanalista si no une su práctica a una lectura de la época, es decir el análisis de la relación entre los modos particulares de gozar de las personas y la época.

En todos los casos se debe desmontar el mito de un goce que sin su prohibición sería absoluto, cuestión  a la que el sujeto contemporáneo está compulsado por el mercado.

Si el saldo de consumir una sustancia aportara un goce total no habría necesidad de repetirlo una y otra vez porque una sola dosis bastaría. La repetición es lo que demuestra la falta de una satisfacción absoluta; el “viaje” es siempre de vuelta al lugar (sustancia) en el que el superyó  insaciable ordena gozar, doble agente que sanciona lo sanciona. Lo que se consume en toda repetición insaciable es el sujeto.

El psicoanálisis puede intervenir a los fines de desmantelar este circuito mortífero si hay un sujeto que habla y escucha, y si esto no está dado en un comienzo, intentará producirlo.

Es habitual que en un primer acercamiento a un psicoanalista alguien se presente como “adicto”.

A priori el psicoanalista no deberá dar por sentado qué significación tiene ese nombre con el que alguien se presenta. A su vez,  es  secundario si esta nominación viene abrochada al legajo de un juzgado, un colegio, o su entorno.

Es esperable en la mayoría de los casos que se desplieguen otros modos de nombrarse para un sujeto, pero por deseable que fuere tampoco eso se puede imponer. Se puede invitar a que el sujeto en cuestión diga algo más respecto de su nombre.

Contrario a lo que dicen los manuales DSM, las adicciones en sí mismas no comportan una categoría clínica y se presentan asociadas a distintas estructuras, como síntoma, carácter o suplencia, diferencia fundamental para la dirección del tratamiento 

En cuanto a las llamadas “ciencias del cerebro”, que se proponen ubicar en imágenes coloreadas la problemática psíquica, intentan adecuar el sujeto a la técnica –algo así como cortarse el dedo a la medida del anillo–; para lo cual necesitan que el sujeto en cuestión hable sin decir nada que pueda escucharse como una significación particular.

Si la causa del consumo es una relación entre una sustancia (droga)  y otra (neurotransmisor), el sujeto queda condenado a no decir, condenado a la a-dicción.

Por su lado, los consumidores de drogas recetadas están exentos de la condena social sin importar las cantidades consumidas, sus efectos y  la dependencia de  las mismas; es el médico el que las indica y sobre él recae la responsabilidad; el sujeto supuestamente se limita a cumplir la indicación y se desentiende del acto de consumo y sus efectos. 

Una receta puede hacer que el uso de una sustancia sea considerada medicamento o tóxico.

Los estudios sobre los efectos terapéuticos de la marihuana indicada en ciertas patologías van en paralelo con los movimientos por su despenalización, lo que desde esta perspectiva resulta más de lo mismo.

Bajo ciertas condiciones, la marihuana pasaría de ser prohibida a ser recetada, de ser negocio de los carteles a serlo de los laboratorios matriculados; y los programas antidrogas dejarían de promoverla como viaje de ida o puente al más allá. 

En algunos casos de enfermedades terminales, se aduce que por tratarse de enfermos en riesgo de muerte prefieren que sea el paciente el que decida sobre la utilización de la sustancia, esgrimiendo el criterio del “mal menor,” alegando que es bueno darle al paciente la posibilidad de morir a su manera; en otros casos de lo que se trata es de soportar el dolor. Nada se dice de permitir que las personas vivan de acuerdo a su manera; y por otro lado, que la definición de enfermedad dolorosa y terminal podría aplicarse a la vida misma. 

En Queen’s St, una de las calles más transitadas de la ciudad de Toronto, un glamoroso local gourmet invita a los usuarios del cannabis que olvidaron su receta a realizar una consulta por internet con un médico al que se le explica su requerimiento terapéutico. Una vez escaneada la receta, podrá adquirir alguna de las cincuenta variedades de marihuana, entendemos que en cantidades acotadas.

Como en nuestro país la burocracia no está al servicio de lo cívico, en los programas de televisión se discutirá si, de legalizar su uso  medicinal, en lugar de marihuana, la etiqueta del envase deberá decir  THC, y cómo detectar y evitar en los enfermos una satisfacción agregada al alivio del dolor.

Otros combustionarán sus neuronas en cómo considerar a los enfermos que consumían marihuana antes de enfermar. Podrán concluir en que se les aplique una doble legislación, la del goce toxicómano y la del enfermo terminal.

En 1930, Sigmund Freud, ya lejos de la ilusión y del porvenir concluía que soportar la vida es el deber más importante de los humanos, y que entre otras posibilidades, las “sustancias embriagadoras” colaboran a dicha empresa. La contingencia queda, por demás, subrayada y es insoslayable.

Bibliografía

1 Le Poulichet, Sylvie. Toxicomanías y Psicoanálisis. Ed. Amorrortu. Buenos Aires, 1990.

Marx, Karl: El Capital. Libro primero. Sección 1 Capitulo 1. Punto 4: “ El carácter de fetiche de la mercancía y su secreto” Ed. Critica S.A.                                                                                           

Lacan, Jacques: Escritos 1. La ciencia y la verdad. Ed Siglo veintiuno editores. México 1980.

Freud, Sigmund: El malestar en la cultura. Obras completas. Ed Amorrortu. Buenos Aires.1996.

New England Journal of Medicine article by Jerome P. Kassirer, MD. Criticing the Clinton Administation for it s stance on medical marijuana.January 30. 1997. Volume 336, number 5 

“The action class for cannabis therapheutis”. The Philadelphia experiment. (page by James DAWSON http://www.gnv.fdt.net/jrdawson/lawsuit.htm (1997)

Marijuana and AIDS by Peter Gorman. High Times. 1994. 

* Psicoanalista miembro de la Asociación mundial de Psicoanálisis (AMP). Miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL).