Opinión
¿Para qué la ciencia?

¿Qué investigan los que investigan? ¿Qué piensa la sociedad de la ciencia? ¿Qué transmiten los medios masivos al respecto? ¿Qué discursos construye el Gobierno? Si la promoción científico-tecnológica era basal en octubre de 2015, en etapas decisivas cuando la campaña debía inflarse hasta reventar, ¿qué ocurre ahora? En épocas de ajustes, los científicos salen a las calles, se desparraman por el Polo Científico-Tecnológico, y defienden sus empleos. En el trayecto, explican sus recortes de objeto, describen las temáticas que abordan y sobre todo, argumentan en favor de la función social de sus trabajos. Es decir, autovalidan: sus identidades y sus proyectos (que, en esencia, son un poco lo mismo). Le responden a la sociedad y rinden cuentas, como si la cantidad de formularios y declaraciones juradas, de barreras y vallas burocráticas no fueran suficientes. Como si nunca nada alcanzara, porque desde siempre rinden exámenes, presentan becas, concursan subsidios. Porque trabajar de investigar es un poco eso. Es exprimir la mente pero, también y sobre todo, es poner el cuerpo. Es entregarse, sudar y sacrificarse. Y ello, a menudo, resulta difícil de traducir. Casi un cuento kafkiano.

Así, se pasean por sus vidas con la obligación de develar cómo administran su tiempo, justifican sus horas de trabajo, abrazan su eficiencia y consumen la saliva para narrar cómo dividen las vacaciones. Y se los sienta al banquillo de los acusados, se los somete a una luz bien punzante, y se les consulta sobre sus actividades: ¿para qué sirve tu trabajo? No hay un solo investigador en Argentina que no haya contestado a ese interrogante. Y, de esta manera, resulta que a ningún otro trabajador se le ejercen tan férreos controles ni vigilancias. Nadie nunca tuvo un número tan grande de jefes, ciegos y feroces. 

Bajo esta premisa, la ecuación es bien sencilla: en la matriz neoliberal, el ajuste jamás es suficiente. El fomento del pensamiento crítico se descarta debajo de la alfombra: escarbar la historia se vuelve un problema; reflexionar de modo sociológico acerca de la desigualdad y la pobreza trae sus consecuencias; estudiar las políticas públicas de medios ya pasó de moda. Entonces, ¿para qué la historia, la sociología, la antropología y la comunicación cuando todo se soluciona con “entusiasmo, esperanza y buena onda”? ¿Qué sentido tiene el examen de lo social cuando el sentido común, las representaciones y los imaginarios pertenecen al campo del sueño y las falsas ilusiones? ¿Cómo progresar si el mercado tiene la posta?  

En este marco, en plena Casa Rosada, el Gobierno reconoce el trabajo de algunos científicos mientras desconoce el de otros; se multiplican, casi de forma exponencial, las notas que incluyen los rankings acerca del puesto que los intelectuales argentinos ocupan en el mundo; se acusa la trivialidad de los temas escogidos por intermedio de redes sociales; y se dividen las aguas con el objetivo de separar la “buena ciencia” de la “mala ciencia”. Como si la gloria de algunos debiera ser contemplada a la luz de la miseria de otros. Porque el exitismo camina inexorablemente en aquella línea: algunos sirven, otros son descartables. De manera que no queda más remedio: si se quiere conservar a los útiles, habrá que desmarcarse del resto. En esta línea, sobrevuela una premisa que de tan opaca vuelve a brillar: el sentido común es tan democrático como traidor. Porque se dispara de forma dispares y se construye con ladrillos dotados de propiedades curiosas. Y se reflotan antiguas distinciones que permean el discurso popular y se reinstalan en la agenda. Auténticos mitos vinculados con la división entre “ciencias básicas” y “ciencias aplicadas”, idea que solo contribuye a segmentar los campos y corta a cuchillo el saber. Como si cada cual tuviera una quinta y un rebaño que cuidar. Y de ahí el fomento de “la grieta”, sí, esa que tanto se golpea ahora se vuelve necesaria. 

¿En qué momento el humo se disipa y la cara neoliberal se enjuaga el maquillaje? La anestesia viene disfrazada de productividad y de funcionalismo. ¿Cómo sostener las ciencias sociales y las humanidades si prima la lógica de corto plazo y la emergencia? Si la vida es una alerta constante –un presente que se esfuma apenas se pronuncia– ¿en qué momento se reflexiona? Saciar la curiosidad, cultivar el pensamiento crítico, llenar vacíos con ideas ajustadas y engordar las filas de lo simbólico no es tan secundario ni abstracto como, a priori, se pretende hacer creer. En contraposición, investigar los fenómenos y los procesos sociales es central para instrumentar políticas públicas y definir los rumbos del país. Claro que, como todo lo verdaderamente importante, no puede medirse con la vara del éxito, la inmediatez y la productividad.  

¿Los científicos contraen obligaciones con la sociedad? Sí. Pero ello no se traduce en respuestas inmediatas. Entre otras cosas, porque pensar la realidad lleva su tiempo. Existe un telón de fondo, un detrás de escena, un denominador común a todas las investigaciones: el tiempo, el esfuerzo y la dedicación, tres pilares que no se condicen con la fugacidad y la volatilidad de lo cotidiano. La ciencia es un modo –el hegemónico– que los seres humanos utilizan para comprender el mundo, una herramienta que orienta y que guía las acciones. Un par de lentes de aumento, que forma parte de la cultura y constituye un sector de tensiones y poder. Un campo que necesita ser cultivado, porque su florecimiento es la vía más directa hacia el desarrollo. En un mundo que apuesta al conocimiento, Argentina parece frenar la marcha. La soberanía y la independencia vuelven a producir vértigo y ello, por sobre todas las cosas, causa tristeza.  

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