Opinión
A suspender la incredulidad
Imagen: NA

Argentina perdía uno a cero con Checoslovaquia, corría el año 1958, yo tenía nueve años y medio. Le comenté a mi viejo que lo daríamos vuelta. El sabía que no, que nuestro equipo era malo. Cuestionaba a los relatores de fútbol que habían subestimado a los europeos en el Mundial del 54, en el que no participamos. La Selección perdió 6 a 1, los mismos comentaristas nos contaron “el desastre de Suecia”. Cuando los jugadores llegaron a Ezeiza, les tiraron monedas.

Nos anoticiábamos por la radio (y le creíamos) hasta 1970, único torneo en el que perdimos las eliminatorias e hinchamos por Brasil campeón, aunque ahora suene increíble. Hasta entonces, las filmaciones las traían en carabela o en aviones a pedal, tardaban uno o dos días. En 1966 nos enteramos gracias a José María Muñoz cómo nos afanaron en Inglaterra. Un referí alemán sospechoso expulsó al capitán Antonio Rattin. Este, en un arrebato de nacionalismo popular, se sentó sobre la alfombra de la Reina y puteó a todo el Commonwealth. Desentonaba con la coyuntura: una dictadura militar reciente gobernaba la Argentina.

Prontos a terminar el bachillerato, coreamos consignas referidas a la Reina y a jugadores argentinos, machistas y soeces, que no resisten hoy el discurso feminista… ni ningún otro.

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Merced a la tele pudimos formar nuestro propio juicio desde 1974. Aceptar malos desempeños, buscando (claro que sí) responsables internos. O alzar la Copa y dar la vuelta en el 78 y el 86.

Con imágenes en vivo, cada vez más elaboradas, pudimos debatir. Hay hinchas paranoicos, que registran campañas anti argentinas. Se les contraponen escépticos militantes, que nos acusan de no tener un modelo futbolero sustentable y de responsabilizar a la sinarquía por nuestras falencias.

¿Existió el penal cobrado a favor de Alemania en la final del 90? ¿Y, a la inversa, hubo penal no sancionado contra Higuaín en la final de 2014? Miramos el replay “n” veces, nos agrietamos para interpretarlos.

¿Le cortaron las piernas a Maradona o existió doping? Esa enfermera que, caso único, lo llevó de la mano ¿era una trabajadora tercerizada que contrató la FIFA? ¿O una agente encubierta de la DEA y el FBI dedicada a impedir que ganáramos en la sede del Imperio?

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El rito vuelve, los recuerdos lo acompañan. Nadie olvida dónde estaba cuando murieron Perón o Néstor Kirchner, cuando volaron las Torres Gemelas o cuando Diego gambeteó a medio imperio británico.

Quince mundiales sufrí y gocé, alguno más con mis hijos que con mi viejo que se fue en el 80. En ese lapso, en mi vida, Brasil ganó sus cinco Copas, Alemania tres, Argentina e Italia dos. Son los únicos que repitieron. La elite de los ganadores suma ocho. Así mirado, no parece nada mal. Se corresponde con nuestro nivel real: en el pelotón de los grandes sin ser los mejores.   

Pero los éxitos plenos quedan allá lejos y hace tiempo. Una generación o dos desconocen el éxtasis. Componen la enorme mayoría que rodeó al Congreso y pintó las calles de verde en esta misma semana, fijesé.                      

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Hablemos de fútbol un poco, che. Messi es el alfa y el omega. Con frecuencia da la impresión de ser un incomprendido. Que sus compañeros se dedican a (ad)mirarlo, lo que los induce a quedarse tiesos, como piezas de metegol. El pibe corre para todos lados, desmiente la vigencia de la ley de la gravedad. Sube y baja, mira hacia el futuro, buscando inspiración, un hueco en el vallado defensivo, alguien que se desmarque o devuelva una pared y no un ladrillo. Intuyo que hoy en día dependemos de Messi, tanto o más que de Diego antaño. Qué carga para un solo tipo, comprende uno que ya es abuelo.

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Uno era ateo años ha: sabía que Dios no existe. Ahora es agnóstico: no cree y duda. Uno se esmera en ser ponderado, racional. Pero en las semanas que vienen (ojalá que hasta la final) repetirá su vestimenta si “da suerte”, cambiará de sillón si el partido viene mal. Resolverá, en segundos, si mira los penales o si cierra los ojos. Dará directivas constantes a jugadores ubicados en ultramar. Ojalá escuchen, cambien de frente, le peguen de media distancia, cuiden la pelota. A veces, atenderán las plegarias.

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Uno compartirá jornadas con gente querida, con amigos y familia. Discutirá a gritos sobre circunstancias banales. Habrá consensos, hasta unanimidades. Detestar a la propaganda comercial que se embandera o disfraza con la celeste y blanca. Quién sabe, hasta la JP Morgan puede aparecer un día alardeando de ser argentina hasta la muerte.

La platea hogareña se abroquela para deplorar el exitismo y la sed de sangre de ciertos comentaristas deportivos, mala leche a carta cabal.

Uno sabe y predica que la realidad y el dólar no se detienen. Que se aprobó la legalización del aborto ayer, que en este mes se sucederán decenas de movilizaciones, despidos en el Estado. De cualquier modo, uno recupera el ansia, el deseo, la esperanza como cuando era un pibe. Suspende como tantos y tantas, la incredulidad y entra en la burbuja cuando juega Argentina.

Se encomienda a Messi, al resto. Ojalá surjan tres o cuatro con sed y capacidad para ser laderos del ídolo. Como Bertoni, Gallego, Burruchaga o Valdano, años ha.

Uno arma la mesa, compra facturas, sanguchitos o empanadas y recomienza la fiesta. Quién le dice, por ahí en la Rusia post soviética sacamos la sortija y quedamos con tres campeonatos, solo detrás de Brasil, que tiene cinco, y de Alemania e Italia, que tienen cuatro. Recen los que creen, hagan cuernitos los demás.

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