Autostop #21: La Rosa Sexy Bar, un cabaret rosarino entre el rock y la explotación sexual
Tu infierno está explotador
Un bolichero de la ciudad santafecina regenteó durante años una whiskería que prometía tener “las puertas del infierno”.
El local del Indio Blanco, dueño de Willie Dixon, era frecuentado por rockeros, políticos y futbolistas.El local del Indio Blanco, dueño de Willie Dixon, era frecuentado por rockeros, políticos y futbolistas.El local del Indio Blanco, dueño de Willie Dixon, era frecuentado por rockeros, políticos y futbolistas.El local del Indio Blanco, dueño de Willie Dixon, era frecuentado por rockeros, políticos y futbolistas.El local del Indio Blanco, dueño de Willie Dixon, era frecuentado por rockeros, políticos y futbolistas.
El local del Indio Blanco, dueño de Willie Dixon, era frecuentado por rockeros, políticos y futbolistas. 

El 25 de mayo de 2013, un allanamiento acabó con el reinado de La Rosa Sexy Bar, cabaret emblema de la modernidad prostibularia en Rosario. El barrio Pichincha, donde estaba el local, había sido nido de burdeles en la época en que ahí convergían trenes y tranvías, además de la zona donde comenzaban los suburbios del norte rosarino. A Pichincha hoy se lo conoce como Alberto Olmedo, quien nació en esa época e hizo famoso al barrio al nombrarlo en sus sketchs.

El Indio Blanco, a su modo, fue un Olmedo contemporáneo: creador de la sala de rock rosarina Willie Dixon, amigo de Pappo y vociferado por Iorio en una canción de Almafuerte. Ese seudónimo remite a Pichincha, aunque el nombre real es Juan Carlos Enrique Cabrera, recientemente condenado a cuatro años y medio de prisión por explotación sexual en La Rosa. La pena se mantendrá en suspenso mientras duren las apelaciones del Indio Blanco, quien cinco años después del allanamiento sigue insistiendo en su inocencia.

Aquella noche de mayo de 2013 fueron encontradas en el cabaret 18 mujeres de entre 18 y 49 años. Algunas declararon que debían compartir la mitad de sus ganancias con Blanco al final de cada noche. El dueño lo negó y se amparó en otras mujeres que no sólo le daban la razón sino que además reclaman la reapertura del cabaret. Para Blanco el burdel es, más que un negocio, su hábitat: asegura que nació y se crió en uno.

El andamiaje operativo no fue fácil de desmontar. Técnicamente, en La Rosa no se producían actos sexuales. Era un bar de shows eróticos y copas, con la calificación legal de “whiskería”. Durante el juicio, Blanco mostró una y otra vez la habilitación comercial. Es más: ¡en 2010 el ente turístico de Rosario había incluido al cabaret en su folletería oficial!

En la entrada sobre Callao 125 bis había unos portones negros rematados con un letrero lumínico que anunciaba en rojo chirriante que ésas eran “Las puertas del infierno”. Por ellas pasaron empresarios, políticos, futbolistas y muchos conocidos. Incluso programas de tele fueron a hacer informes especiales como si fuera un parque de diversiones. Las cosas parecían transcurrir en un clima de fiesta ordenada, legal. Todo muy tranqui, sin romper nada.

El asunto era que al lado de La Rosa funcionaba un hotel alojamiento, negocio aparte “en los papeles”. La justicia determinó que su encargada era Mariela Alejandra Otta, entonces pareja de Cabrera, ahora condenada a cuatro años. Idéntica pena recibió la tercera persona sentenciada, María Laura Durán, quien llevaba la contabilidad de los pases. En Argentina no está penada la prostitución pero sí la explotación sexual de terceros sobre un cuerpo ajeno. La imputación pudo cerrarse una vez que se comprobó legalmente la unidad comercial del cabaret y el hotel, algo que de todos modos estaba a la vista: ambas entradas estaban tan pegadas que incluso compartían el mismo techito de policarbonato, además de igual tipo de puerta y de revestimiento en la fachada.

Para el Indio Blanco el cierre de La Rosa fue fatal, ya que poco antes le habían clausurado el Palacio Berlusconi, igual que aquel pero con impronta VIP. Pasó de ser dueño de dos de los cinco cabarets habilitados en Rosario a quedarse sin nada. Por eso, a los pocos meses, quiso retomar sus asuntos explotando el buffet de la sede social de Argentino, uno de los clubes legendarios de Rosario. Tenía buenas migas con el entonces presidente Daniel Mariatti, pero no le bastaba: necesitaba la aprobación de los socios. Mariatti le organizó una choripaneada entre empleados del club y algunos jugadores, queriéndola hacer pasar por asamblea. La farsa era evidente, aunque así y todo los hinchas debieron mantenerse alerta durante varios años hasta que el proyecto comercial fue oficialmente desechado.

Durante los cinco años desde la clausura, Blanco intentó reabrir La Rosa varias veces, pero la Justicia se lo negó. Rendido, cedió el fondo de comercio. Los nuevos dueños quisieron llamarlo Anderson Bar, pero finalmente le pusieron Hotel y Radio Wes, homenajeando al cineasta estadounidense. La idea fue instalar en esa megaestructura de cuatro pisos un centro cultural para acompañar la nueva reputación del barrio Pichincha, hoy polarizando a través de sus bares y cervecerías con Avenida Pellegrini, núcleo tradi de esas actividades en Rosario. El lugar, aunque interesante, funcionó unos meses y cerró.

Pichincha ya no es aquel barrio oscuro del siglo pasado, el edificio de La Rosa permanece cerrado y el Indio Blanco está obligatoriamente alejado de sus habituales negocios. Postales de una Rosario que pretende dejar atrás la impronta prostibularia que tristemente la caracterizó durante mucho tiempo.

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