Un pescador del Remanso y de Central

A Mirta Levín.

El agua es vida y herramienta de vida.

El silencio puede ser estrategia/laguna de certidumbre/paz. Me pregunto: ¿Este es el mismo humedal que durante milenios cobijó esas tribus  humanas que sabían bailar/vivir equilibrando lo cotidiano con el libre/absoluto,  sin necesidad de dejar registro material de sus expresiones/palabras? La casa del pescador está en lo alto de la barranca en una esquina, en el cruce de una calle que ya no tiene nombre. Y la otra es la que baja la misma barranca entre los muros de contención hechos por  manos de las familias que viven en comunión con el Remanso desde hace más de cuatro generaciones.

El barro es un acto de sexo/amor entre la tierra,  el aire y  el agua haciendo la canción libre de celdas/pantallas y pentagramas. La canción bailando en el infinito.

El silencio y las gotas de agua nunca son los mismos. Esta mañana de otoño, el hombre me alcanza un mate, su hija menor amamanta a su nieto, el televisor está encendido sin audio, sobre la mesada hay pescado fileteado para hacer milanesas: armados. El pescador empieza a contar algo de su vida, mientras su mirada parece atravesada por todas las gotas de agua que se hacen multitudes anónimas en la correntada. El silencio haciéndose voz.

“El pescador nace en la canoa o gatea en la canoa. Nací en la isla, no me preguntes cuál, no sé. Mis padres vivían en la isla y cuando yo tenía un año se vinieron para acá. Se hicieron un ranchito donde ahora está el ascensor de Costa Alta; allí había una escalera de material, de cuando esto era un puerto natural. Paganini no existía, la ciudad de Rosario terminaba acá. Nos sacaron de allí, cuando la dictadura de Onganía, cuando hicieron la rotonda de la Circunvalación y nos llevaron a la Cerámica. La villa de la Cerámica se hizo con vecinos del Remanso. La familia del pescador no puede vivir sin el río, igual que ustedes parecen no poder vivir sin un celular. En menos de un mes ya estábamos de vuelta,  nos hicimos un ranchito acá mismo, donde ahora está esta casa.”

El hombre hace una pausa, por culpa del Alzheimer hace años que ya no pesca, vuelve a cargar el mate y se lo alcanza a su hija. La canción del silencio nunca es la misma.

“Acá no hay posesiones innecesarias, tomamos lo necesario para vivir y nada más. El barrio del Remanso se continúa en el río y las islas. Y el Paraná,  las islas y hasta el mismo cielo, ¿por qué no?, se continúan en el barrio. En cada casa que construimos con nuestro esfuerzo, hay algo del río y las propias islas. Hay gente que habla de progreso y no entiende que somos más sanos viviendo en un equilibrio donde no son indispensables las escrituras. No somos como el tipo ese que hace diques en la isla, no me acuerdo el apellido, ése que usurpa cientos de hectáreas para sembrar soja.”

El silencio no es la ausencia de expresión. Algo de la mirada del pescador tiene el mismo ritmo de la correntada que se dejar ver por la ventana de la barranca. Sus palabras son como las olas haciendo el barro de la costa.

“Desde los tres o cuatro años subí a la  canoa. En este barrio, el trabajo y el juego se confunden, empezamos con un hilo con un anzuelito y un corcho, una liñíta de dos, tres metros y ya sacábamos mojarritas, moncholitos... Eso les pasa a todos pibes, hasta los de ahora... La pesca entonces era muy productiva, había más pescados y menos pescadores. Se llevaba en canastos a la “venta”, se vendía la sardina, el diablito, la mojarra… salmón de río, el sábalo, el dorado y la boga. Yo me recibí de pescador a los  14 años, cuando saqué un surubí de sesenta kilos. Ahí me recibí de pescador, ya no vienen pescados como esos. Tampoco sale el pacú. Todavía no estoy viejo, pero soy uno de los pocos pescadores que nos poníamos a ver cuando pasaba una lancha a motor, porque todos los pescadores teníamos canoas con velas. Entonces la “venta” estaba frente a la cancha de Central. Y nos volvíamos enganchados a los barcos areneros. Y te voy a contar algo que nadie hoy se puede imaginar: los pescadores entrábamos a la cancha con nuestra ropa de trabajo, con las botas y el cuchillo en la cintura. ¿Te imaginás un partido de Central y Ñuls, ahora, entrando todos con el cuchillo acomodado en el cinto? Los domingos, el pescador vendía el pescado y después entraba a la cancha. En los clásicos, las dos hinchadas estaban juntas. Y si alguno se peleaba, era de a dos y a las trompadas. Nadie más se metía… Y te voy a decir una cosa, sin ofender a nadie. La mayoría de los pescadores del Remanso Valerio son de Central…”

Más allá de la picardía, el silencio nos envuelve como una nube de incertidumbre. El desarraigo es una forma de la muerte. ¿Desalojaran a los vecinos históricos del barrio? ¿La próxima fiesta del Cristo Pescador será la última?

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