Al dente

En Los sorrentinos, Virginia Higa reflota con un tono evocativo el tema aparentemente agotado en la literatura de la inmigración italiana en la Argentina.
Los sorrentinos Virginia Higa Sigilo 152 páginasLos sorrentinos Virginia Higa Sigilo 152 páginasLos sorrentinos Virginia Higa Sigilo 152 páginasLos sorrentinos Virginia Higa Sigilo 152 páginasLos sorrentinos Virginia Higa Sigilo 152 páginas
Los sorrentinos Virginia Higa Sigilo 152 páginas 

Los sorrentinos de Virginia Higa merece todos los consabidos elogios que Federico Falco, Hebe Uhart y Vera Giaconi enuncian desde la faja que recubre la portada para esta edición de Sigilo. La historia, o mejor dicho, las historias, orbitan alrededor de un personaje central y una locación específica: el Chiche Vespolini y su trattoria Napolitana, en el barrio de La Perla, de la ciudad de Mar del Plata. Oriundos de Sorrento, Nápoles, sur de Italia, el Chiche, como toda la familia, se jacta de ser el inventor (aunque haya sido más bien el hermano) de un famosísimo producto culinario: los sorrentinos. Pasta rellena que, con los años, en el imaginario popular local, se fue mezclando con otras recetas importadas desde Italia. Nadie hubiera pensado que una comida tan tana es, en verdad, argentina. 

Cuando parecía que un tema como la inmigración italiana estaba agotado, la novela de Higa patea el tablero. Contada con un tono evocativo y distante, al estilo de “querido diario”, el relato esquiva el derrotismo histórico que se desprende cuando se intenta narrar el devenir de una generación de inmigrantes. Higa se focaliza en los detalles. En ese sentido, aunque la novela, en sus brevedad, se extienda a lo largo del tiempo hasta llegar a Máximo Gorki, la sensación que genera es presencial. La voz del narrador/narradora parece observar lo que ocurre en tiempo presente, como si lo hiciera en las esquinas de una casa o los tiempos muertos de una dinámica familiar; la sobremesa, la siesta, la tardecita. Así, deshilacha el entramado familiar. El epígrafe de Natalia Ginzburg adquiere un peso relevante: “esas frases son nuestro latín”. La diferencia la esbozó la propia autora durante la presentación de su libro: Ginzburg en su novela Léxico Familiar trabajó con materiales directos. Higa en cambio usó evocaciones: de los tíos, los abuelos, los sobrinos. Su relato es producto de recuerdos de otros; relatos de relatos, cuentos mil veces contados; esos residuos de historias cuya veracidad va perdiendo sustancia en el boca en boca. No importa el valor documental, sino el fraseo de lo que se cuenta: la picardía, las peleas con otros restaurantes por la autoría de los sorrentinos, las ocurrencias del Chiche, el amor no correspondido de un galante, etc. Hábilmente, Higa se desmarca de la tradición del sainete (que la llevaría desde Armando Discepolo hasta La familia Falcón) y bebe desde la fuente misma: la comedia “alla” italiana, como género. 

Los personajes de la literatura argentina por lo general parecen morir de inanición. Acá, en cambio, la comida funciona como código interno y contraseña. No es un espacio maquetado para el intercambio verbal al voleo, una excusa para la conversación: el lugar de la comida es el lugar de la palabra. La palabra adquiere un peso y una materialidad diferente; distinto a la carnalidad o al artificio cerebral. Es una palabra que coquetea con los sentidos. El humor, por su parte, no funciona como sátira ni pastiche. Explota (con elegancia) una vez más en los detalles; constituye la esencia evanescente y liviana en donde el relato se apoya. Un humor típicamente italiano (napolitano, mejor dicho): el griterío, la chicana, la mesa chica, la invención de palabras, y también, las diferencias raciales, los xenofobia, el patriotismo, el machismo. Un humor que parte de los estereotipos para buscar el quiebre dramático de cada historia que entrelaza. 

El mundo evocado por Higa –cuyo apellido es curiosamente okinawense, aunque, si lo pensamos mejor, esa distancia mestiza le haya permitido construir su voz narrativa con cierta objetividad– avanza en paralelo con la construcción errática de un país. ¿Qué queda, con el tiempo, de una familia en tierra ajena? Higa al responder toma para sí la tesis de Natalia Ginzburg: el residuo de las historias no es otra cosa que el léxico que, al recordarlo, se lo estudia y se lo analiza con el mismo rigor que aplicamos al revivir la sintaxis de una lengua muerta. Esas palabras que, generación tras generación, armaron una pequeña mitología de cómo se funda una tradición, un linaje y sobre todo un lenguaje de pertenencia.

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