Godless, un serie casi feminista

La Belle es un pueblo de mujeres en el lejano oeste norteamericano. En verdad, es un pueblo que se ha quedado sin hombres. Casi todos ellos murieron al desplomarse la mina donde trabajaban. El único minero sobreviviente de esa tragedia bien podría ser un personaje de The walking dead, porque deambula por las callecitas del paraje como alma en pena. También se puede ver un viejo que es quien atiende su almacén de ramos generales, y el sheriff, despreciado por su cobardía. El resto, ellas.

Parece promisorio, de entrada, no ya que un pueblo del salvaje oeste sea manejado y gobernado por mujeres, sino que éstas sobrevivan. No porque no puedan hacerlo –de hecho, lo vienen haciendo muy bien– sino porque en pocos lugares el patriarcado y el machismo se expresan de manera más cruel y despótica que en el entorno del far west.

De todos modos, esa perspectiva feminista, a medida que avanza la miniserie, se va desdibujando, y queda apenas como un telón de fondo –que pudo ser mucho más que eso– de las clásicas disputas entre killers y el personaje bueno de todo western.

Los creadores de Godless son Scott Frank y Steven Soderbergh. El primero de ellos es a la vez el director de la miniserie norteamericana estrenada a fines de noviembre de 2017 y que se emite por Netflix.

Hay cuestiones respecto de la estructura de esta tira que vale la pena tener en cuenta. En principio, la intención de los autores fue que Godless fuera una película, por tanto su reconversión en miniserie no explica por qué la duración de los capítulos es tan inusual –70 minutos por episodio– algo que no resulta común observar en las series estadounidenses y que en algunos de los envíos se nota demasiado.

Las actuaciones y la fotografía merecen varios párrafos aparte. Jeff Daniels puede ser el ingenuo partenaire de Melanie Griffith en Totalmente salvaje, y encarnar al salvaje pero ilustrado bandolero de Godless, un pistolero a quien su discípulo renegado le mete un tiro de Winchester en el brazo que lo deja manco a lo largo de toda la miniserie.

Otra que pone el cuerpo en cada escena, literalmente, es Merritt Wever, la actriz norteamericana que ganó un Emmy por su actuación interpretando a la Zoey de Nurse Jackie, y también descolla en la serie The walking dead”. Su Mary Agness es un personaje clave, por varias razones. Como todas, enviudó tras el derrumbe de la mina, pero su audacia y condiciones de liderazgo la convierten en guía en el momento más trascendente y, fundamentalmente, se permite dar rienda suelta a su deseo en el peor de los entornos, enfrentando con orgullo las miradas más pacatas.

Alice Fletcher es otro de los personajes cruciales. Viuda de un indio que fue asesinado por gente del pueblo, vive con su hijo y su suegra en una pequeña hacienda de las afueras de La Belle. Es interpretado por Michelle Dockery, que cumple con el rol de mujer sola, sufrida y ruda que le asigna el guión.

El sheriff de La Belle es Bill McNue, cuyo perfil de antihéroe incluye una ceguera progresiva que apenas lo deja ver. Nadie da un céntimo por ese personaje, que es considerado un cobarde por las mujeres del pueblo. Lo resuelve con una muy buena actuación Scoot McNairy.

El personaje de Roy Goode, el renegado ex protegido de Frank Griffin, recayó en Jack O'Connell, quien lo hace muy bien, aunque en algunas ocasiones aparece demasiado estoico. Roy desanda a la perfección la freudiana ruptura con un padre en rigor adoptivo, porque el viejo pistolero lo cobija a partir de toparse con su manifiesta orfandad.

A lo largo de toda la miniserie –son 7 episodios– la tensión está atada al enfrentamiento entre Frank Griffin, su banda y el pupilo renegado Roy Goode. Se percibe, se huele, a cada instante puede suceder, pero también, a medida que se suceden los capítulos, se sabe que esa contienda será sobre el final. Lo que no se vislumbra es el tenor de ese duelo, algo que quienes lean esto deberán esperar a ver Godless, ese alejado paraje sin Dios que es La Belle.

En síntesis, una serie diferente, alejada de los estereotipos, que acaso le faltó audacia para poner en juego las excelentes intenciones de otorgarle a la mujer un protagonismo que exceda el virtuosismo en el manejo de las armas que ya se ha visto en filmes del tipo Bad girls y otros por el estilo.

Salvada esa limitación, se trata de una buena historia, con sólidas actuaciones, una fotografía de excepción y, al fin y al cabo, una entretenida alternativa.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ