Desde Barcelona

UNO Tarde o temprano –más temprano que tarde, Rodríguez no es la excepción– casi no hay quien no fantasee con la idea de ser escritor, de escribir. Después de todo, si se ha tenido un poco de suerte en la vida, se aprende temprano a cómo hacerlo. Y de un tiempo a esta parte, el desbocado tecleo en redes sociales y afines no ha hecho más que potenciar la ilusión y fortalecer el espejismo.

Y detalle más que atendible: la práctica de la escritura es la más democrática y económica de todas las artes. Todos están invitados a su fiestita. Y, una vez allí, vestidos con la mejor ropita y bien peinados, a ejercer su derecho al votar por sí mismos. Y no se necesitan (a diferencia de lo que puede ocurrir con la pintura o la escultura o la música) educación calificada y materiales con un costo difícil de afrontar. Basta y sobra con un lápiz y algo de papel. Enseguida, claro, se descubre y comprende que la cosa es un tanto más compleja que la correcta combinación de unas pocas decenas de letras y signos. Y que hay que leer mucho antes y durante y después. Así que mejor dejarlo para otra ocasión o, mejor aún, volver al cómodo y funcional y muy like /pulgar en alto género del aforismo electrónico con atención tan instantánea como pasajera de parte de más o menos desconocidos que nos quieren tanto.

En cualquier caso –a la luz y sombra de esa tensión entre lo teóricamente sencillo y prácticamente arduo– crecen decálogos broncíneos y en ocasiones adictivos talleres literarios (pero buenos para conocer gente como uno) y gurúes surtidos que, aunque no lo digan, son perfectamente conscientes de que no se puede enseñar a escribir bien pero que sí se puede orientar para leer muy bien. Es decir: como en casi todos los órdenes de la vida se puede hablar entre muchos acerca de lo que después hay que hacer a solas.

DOS En este sentido, los ocasionales manuales de escritura creativa son animales engañosos (porque, al fin y su fin, es leer sobre escribir) como esa mascota amigable que un día te muestra los colmillos y te acorrala en la cocina. Manejarlos con cuidado. Especialmente durante el verano donde y cuando –luego de haber sido bombardeados durante el año laboral con lo de sucesivos genios de la auto-ficción– hay más tiempo libre para juguetear con ideas peligrosas y tentadoras como “¡Hey, yo también tengo una gran historia para contar!”. El caso de Rodríguez; quien siempre quiso ser escritor y, de tanto en tanto, piensa de nuevo en serlo o, al menos, en volver a pensar en querer serlo.

TRES Y aquí vienen dos artefactos más para alimentar esas ideas y Rodríguez los leyó escribiendo en sus márgenes.

Y fue San Juan de la Cruz quien primero patentó eso de “la noche oscura del alma”. Siglos después, Francis Scott Fitzgerald le añadió durante el insomnio de su crack-up que “en la noche oscura del alma son siempre las tres de la mañana”. Y el novelista y profesor Brian Kiteley honra la memoria de ambos titulando su tratado La epifanía de las 3 A:M (Pálido Fuego) porque sabe muy bien que un escritor continúa escribiendo aún con la luz apagada, horizontal, y con los ojos bien abiertos. Y que la idea salvadora –si se mantiene el músculo bien ejercitado– puede aparecer en el momento menos esperado. Si no llega, claro, hay que ponerse a levantar pesas. Y la disciplina gimnástica que propone Kiteley, digámoslo, es más para solitarios corredores de fondo y ya con cierta experiencia. Es un tratado con recomendaciones y pruebas a acometer que –en más de una ocasión– se leen como perfectos relatos breves. Lo de Kiteley es, sí, algo (aunque muy bien trufado con ejemplos célebres y citas a citar con copa en mano en alguna fiesta) que está más cerca de la ficción que del cómo acercarse a la ficción. Y propone ejercicios casi barthelmeianos como “Construye un personaje que no esté presente”. Es un placer leerlo. Y por lo tanto, ya se dijo, resulta tanto más movilizante e inspirador.

Lo de Colum McCann es, en cambio, como la plácida y segura versión Dr. Jekyll del arriesgado e imprevisible Mr. Hyde al que nos enfrenta Kiteley. El título original de 50 consejos para ser escritor (Seix Barral) es el menos engañoso/seductor y más rilkeano –y posteriormente vargasllosiano– Cartas para un joven escritor. Y ya desde ahí lo de McCann tiene un cierto aire acaso involuntariamente paternalista y algo condescendiente. Es un libro escrito desde la línea de llegada o ya en las duchas o incluso en casa y –porque McCann es un muy buen escritor, últimamente un poco demasiado politically correct y, digámoslo, mucho más conocido y premiado que Kiteley– en el estudio de un consagrado. Es, también, un libro cómodo. Capítulos breves ideales para el grado de concentración al que Twitter ha reducido a buena parte de la humanidad y –a diferencia de las dificultades que propone Kiteley– no demasiado inquietante incluso en el mini-capítulo titulado “Fracasa, fracasa, fracasa”. Porque allí se alude a aquel célebre pronunciamiento de Samuel Beckett y lo que sigue es una invitación a regocijarte con James Joyce y así. 

Lo de McCann –desbordante de máximas mínimas funcionales un tanto buenistas que, se sospecha, no van a durar demasiado tiempo bien ensambladas– podría venir patrocinado por IKEA. Mientras que lo de Kiteley es como una de esas mecedoras que rescatamos de un ático. Y que debemos restaurar con cariño y dedicación un tanto irracional; aunque a nosotros, durante la tarea, nos parezca perfectamente lógico y hasta inevitable. Y que, una vez concluida la puesta a nuevo, al sentarnos en ella descubrimos que cruje pero, ah, ese crujido nos da una idea para...

CUATRO Al publicarse hace unos meses en Estados Unidos El favor de la sirena, el libro calificó muy bien en Amazon en el rubro de “Literatura y Ficción”, pero resultó número uno inamovible por un rato largo en la sub-categoría “Metafísica y Visionaria”. Y suena raro pero sí: Denis Johnson fue el gran metafísico y visionario de la literatura norteamericana y sus libros seguirán siéndolo hasta el fin de los tiempos.

Ahí están hitos como Ángeles descarriados, Already Dead, Árbol de humo, Sueños de trenes, sus poemas, y ese libro de relatos libremente inspirados en su pasado yonqui por el que muchos colegas suyos juran como si fuese la Biblia: Hijo de Jesús. En todos ellos esa prosa que viene desde Herman Melville, se cruza con Jack Kerouac, y acaba como si John Cheever se hubiese caído en una marmita llena hasta los bordes de LSD para salir de allí dentro con el fraseo alucinado y alucinante de Bob Dylan.

Ahora, los cinco largos relatos que componen el póstumo El favor de la sirena suenan como sonó el Blackstar del también fallecido antes de tiempo David Bowie: como una formidable y bienvenida despedida –un réquiem cuya maestría alegra a pesar de todo– que atenúa en algo la pena por la ausencia. 

Aquí, esa prosa sólo suya en textos que reinciden en las postales de adictos desesperados y epistolares pero tan graciosos, en escritores y poetas confundidos por la delgada línea que separa a la realidad de la ficción y obsesionados por la posibilidad de una conspiración secreta alrededor del hermano gemelo muerto al nacer de Elvis Presley, y en un publicista que se cuenta y se lee como versión existencial y crepuscular del mad man Don Draper. 

Últimas palabras de primera clase.

Y las líneas que cierran uno de los relatos son: “El mundo sigue girando. Está claro que, mientras escribo esto, no estoy muerto. Pero tal vez lo esté para cuando ustedes lo lean”.

El cuento en cuestión se titula “Triunfo sobre la tumba”.

Pues eso: un triunfo.

Otro.

CINCO El resto (Rodríguez incluido), ya saben: a seguir en la lucha, al ataque o manteniendo la posición conquistada o en retirada. Da igual en lo que es una guerra interminable en la que, si hay suerte, se muere siempre en el campo de batalla.

Ejercicio: resumir en una frase los manuales de McCann y Kiteley.

Resultado: 50 consejos para ser un escritor piensa por uno; La epifanía de las 3 A:M hace pensar.

Elijan ustedes –Rodríguez incluido– el tipo de siempre combatiente escritor en que les gustaría convertirse (no vale decir Denis Johnson; Johnson hubo uno solo y ya no habrá otro) decidiendo antes la clase de triunfal lector que ya pueden ser.