Libros
Transformarse en escritora
Camila Sosa Villada acaba de publicar El viaje inútil, un maravilloso texto que cruza la autobiografía con el ensayo sobre el misterio de la escritura. Y donde cuenta cómo fue volverse escritora: “Un recuerdo muy antiguo. Lo primero que escribo en mi vida es mi nombre de varón. Aprendo una pequeña parte de mí”. El viaje inútil es un viaje de ida.
Imagen: Sebastián Freire

La escritura aquí estalla como los espejos baleados, aunque parezca ofrecer la calma superficie de una narración autobiográfica. Camila Sosa Villada escribe Un viaje inútil (La Periférica), un libro que es puro ensayo –enmascarado en relato del yo– y pura performance –aunque se quiera desnuda presentación de una vida–. Es ensayo detenido en la reflexión sobre el lenguaje, las palabras y el significado de escribir. Un libro sobre la escritura y sobre el deseo. Contundente, breve, enmascarado. Una voz que se pone en escena para multiplicarse. Se desplaza, resuena: cada eco o resonancia la modifica. Es un cuerpo en un salón de espejos que al superponerse vuelven imposible saber dónde está el original. Es la mujer que huye y se multiplica en La dama de Shangai y que imaginó Orson Welles. Es performance de un cuerpo trans que rutila en su posición deseante. 

¿Por qué alguien escribe? ¿Dónde se funda el deseo de escritura? ¿Cómo se deviene escritora y cómo se deviene mujer? Ser escritora es un doble desvío: rupturas de un destino, liberación del corset normativo. Una ida hacia lo inútil. La escritura es inútil. Puro don, derroche, plus que se derrama. La escritura es pasatiempo, como piensa su padre. Un modo en el que el tiempo pasa –y se hace carne y letra. Inútil en su doble sentido. Pérdida pero también exceso. No sujeta a la utilidad. Lejos del cálculo. Jamás instrumental. Lenguaje y escritura. Derroches vitales. 

Camila dice “escribo, así, tan alcohólicas son mis palabras como lo fue mi papá y tan desamparadas e inestables como lo fue mi mamá.” Alcoholismo y fragilidad, fuga e incertidumbre. Las palabras que capturan, que reclaman, que exigen la sumisión, que nos obligan. ¿Por qué escribir, si no como aceptación de una deuda, de un vacío, de un deseo? Correr tras una palabra, escribe, como los perros a una perra en celo. Todo el libro pone en acto un vitalismo escriturario que va más allá de lo declamativo. Que no lo es: meter toda la sangre en las ideas es una constatación realista antes que un propósito. Se escribe sin elegir, atravesadas por la lengua y sus exigencias, desposeídas por el deseo y sus reclamos. Es intemperie gozosa.

Hay ensayo porque hay tenso arrojo sobre las palabras. Cada una es tomada, sopesada, pensada al derecho y al revés, sin ademanes bruscos, apenas un ponerla de relieve, para que advirtamos que significa esto y lo otro. Dirá que la escritura es doliente pero que en su misma travesía aparece la dicha. Y cuando lo dice, una piensa que dicha refiere a un estado de alegría, pero también al decir, a la inminencia de la palabra no dicha. La escritora no tropieza pero se deja llevar. En un vasto ejercicio de reflexión que implica pensar el origen. La pregunta que insiste: ¿cómo surge una escritora, de qué napas, qué ensoñaciones, qué dolores? 

El libro es genealogía, descubrimiento de sí, recuperación de una experiencia. Hay dos escenas iniciáticas. Una: aprender a escribir, a upa del padre, el trazo esforzado, el grafo que se copia. Otra: leer, por primera vez, en voz alta, sola, una Biblia para niñxs. Camila escribe, para iniciar su libro: “Un recuerdo muy antiguo. Lo primero que escribo en mi vida es mi nombre de varón. Aprendo una pequeña parte de mí. Estoy sentada en la falda de mi papá, tengo una caja de lápices de colores, un cuaderno Gloria de color anaranjado y mi papá toma mi puño y me enseña a usar el lápiz.” Y más tarde “de repente abro la boca y empiezan a correr las palabras. Lo hago en voz alta, como todos los niños que aprenden a leer, con muchísima torpeza, como los primeros pasos. Leo sin saberlo. Simplemente sigo mi cuerpo. Mi mamá se da vuelta sorprendida como si hubiera visto un fantasma. Desde lejos, encima de los fuentones, con sus guantes de goma todavía puestos me pregunta qué estoy haciendo. La miro, sin poder responderle. ¿Estás leyendo?, me pregunta. Pero no puedo afirmar ni negar. No sé lo que estoy haciendo.”

Son dos escenas formidables. Construcción precisa de una autobiografía de escritora. No saber, no saber lo que puede un cuerpo es no saber lo que sabe un cuerpo, lo que hace, lo que va descubriendo en ese hacer, el modo en que se apropia del trazo y su decodificación, del signo y su materialidad. Para hacerse escritora hay que saber leer y escribir. Y recordar, buscar en el fondo de sí la experiencia de lo común y la propia singularidad. Leí este libro de un tirón y me descubrí recomendándolo en todos lados, tomando las frases de Camila como talismanes y piezas de un contagio. Porque, como en las verdaderas biografías, en esta nos narra a muchxs. A las que compartimos esa cierta manera de burlarnos de lo perfecto y que creemos que la escritura nos salva –un poquito, al menos– del infierno.

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