Acusada, de Gonzalo Tobal, con Lali Esposito, Leonardo Sbaraglia e Inés Estévez
La Justicia como una representación
En Permitidos, Esposito le sacaba el jugo a un papel más afín a su registro explosivo, pero aquí se juega por la pura implosión.
Lali Espósito y Leonardo Sbaragalia: la hija y el padre en un torbellino mediático-judicial.Lali Espósito y Leonardo Sbaragalia: la hija y el padre en un torbellino mediático-judicial.Lali Espósito y Leonardo Sbaragalia: la hija y el padre en un torbellino mediático-judicial.Lali Espósito y Leonardo Sbaragalia: la hija y el padre en un torbellino mediático-judicial.Lali Espósito y Leonardo Sbaragalia: la hija y el padre en un torbellino mediático-judicial.
Lali Espósito y Leonardo Sbaragalia: la hija y el padre en un torbellino mediático-judicial. 

 

Representaría un grueso error de criterio descartar de plano a Acusada como “una película mainstream”, sin más. Una película mainstream jamás violaría el primer mandamiento de uno de los géneros sobre los cuales trabaja, y Acusada lo hace. Es una violación mayor, en tanto ese género –el whodunit– es uno de los más tradicionales, remontándose hasta la literatura de Agatha Christie, Ellery Queen y tantos otros. Además el género entero está construido y hasta debe su nombre a esa premisa, que es la que lo sostiene, y que la película dirigida por Gonzalo Tobal se atreve a diluir, in extremis. Debe elogiarse la audacia no sólo del realizador y su coguionista Ulises Porra, sino casi más la de los productores. Sobre todo de los que tienen más para perder, en caso de que el público haga sentir su irritación ante ese “oooleee” practicado por la película en su último plano. Y los que pueden perder más están entre los mayores apostadores en este casino que es el cine argentino. Hablamos de K & S Producciones, productores de Relatos salvajes, El clan y La cordillera, y Telefé –en particular su director de Programación, Axel Kuschevatzky–, que para nombrar sólo algunas de las películas más recientes produjo o coprodujo El Angel, Animal y La quietud. Sumando a Acusada los antecedentes de La cordillera y La quietud, podría pensarse que la gran producción cinematográfica argentina comienza a fundar una tradición de anomalía. Lo cual no está nada mal, demás está decirlo.

En la primera escena, Dolores Dreier (Lali Esposito) juega a la play con su hermanito menor en el altillo de la casa familiar. Lo hace con rostro de esfinge. Es convocada al piso de abajo, donde la esperan una maquilladora, una entrevistadora y un equipo de luces. Rodeada (custodiada, se diría) por los padres de Dolo, su abogado y un cuarto personaje que, se constatará más tarde, es la asesora de imagen de la chica, la entrevistadora hace preguntas inocuas sobre su relación con su familia. Esta da respuestas de compromiso de modo visiblemente mecánico, con la misma expresión enmascarada y distrayéndose eventualmente con algún detalle circunstancial. En un momento dado la entrevistadora saca a la luz el tema que no tenía que sacar, el de Camila, la amiga asesinada de Dolo, y toda la corte detrás de la chica salta y pide corte.

La escena es sintomática de la inversión que produce el guion de Acusada, llevando al segundo plano el crimen que gatilla el relato y corriendo al primero temas aparentemente sucedáneos: la mediatización del “caso”, la Justicia como representación y sobre todo, por la importancia que tiene, la relación de la protagonista con sus padres. Dolores tiene 21 pero, por el modo en que los padres la manejan, por el retraimiento y estado de fragilidad que seguramente el crimen por el que se la juzga le produce, por la relación de cierta paridad con su hermanito, parece unos cuantos menos. Es como si hubiera quedado cristalizada dos años y medio atrás, cuando se produjo el hecho y ella tenía 18. Desde ese momento no sale de la casa, no lee los diarios, no tiene relaciones sexuales. Hasta el punto que una amiga le trae a un chico a casa para que lo haga, burlando la severa vigilancia familiar. La vigilancia paterna, sobre todo. Es un mérito de la película no presentar al padre (Leonardo Sbaraglia) ni a la madre de Dolores (Inés Estévez) como dos monstruos. Pero tampoco como dos padres enteramente sanos. Ella se indigna porque en la entrevista publicada hay más fotos de Dolores que de ellos, él amenaza con desconocer a la hija como tal si no se atiene a su “guion” en el juicio.

Como consecuencia de este enfoque, Acusada resulta una película desbalanceada. Las escenas de juicio, que tienen lugar hacia la mitad del metraje, tienen poco interés, en la medida en que no se ha construido hasta allí una trama policial que lo sostenga, y por ese lado a la película dirigida por Gonzalo Tobal (que viene del cine independiente, con Ahora todos parecen contentos y Villegas) le pasa lo mismo que a su heroína: parece estar fraseando un guion con visible falta de convicción. El fuerte de Acusada pasa por la certeza con que define el peso de lo mediático y representacional (el abogado, interpretado por el siempre genial Daniel Fanego, ensaya con su clienta como lo haría un director con su actriz) y sobre todo por el modo en que comunica la idea de que más allá del riesgo de ir a prisión, Dolores ya está en una prisión, que es la familiar. En Permitidos (2016), Lali Esposito le sacaba el jugo un papel afín a su registro, más brillante y explosivo. Aquí se trata exactamente de lo contrario: pura implosión, ausencia de expresividad, mutismo, dilación verbal, grisura, pasividad, carencia de maquillaje. Lo da perfectamente, haciendo parecer dos años menor a un personaje que es seis años menor que ella: dos aprobados al hilo para la chica de Parque Patricios.

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