Desde Alepo

 

El gobierno sirio ha estado anunciando sus victorias en los últimos tiempos. Una gran feria internacional en Damasco, la reconstrucción de la antigua ciudad de Homs, aunque todavía tiene un largo camino por recorrer, y un Hotel Sheraton ligeramente restaurado junto a las ruinas aún sepulcrales del este de Alepo. Pero no se puede lavar ni la oscuridad ni los fantasmas. Durante las últimas semanas, los oficiales de seguridad, oficiales de policía y otros servidores del estado sirio han sido súbitamente, algo impactante para el régimen, víctimas de asesinos, desde Alepo en el norte hasta Damasco.

El último asesinato, hace apenas una semana, costó la vida de un comandante de la policía siria en Alepo, un hombre que (según me cuentan amigos de Alepo) era ampliamente respetado, una de las figuras más moderadas en el estado de seguridad, que se negó a aceptar sobornos de tanto hombres de negocios como de tribus locales. Negarse a los sobornos en gran escala en un Medio Oriente que durante mucho tiempo sufrió el cáncer de la corrupción es casi digno de una medalla de valor. O de la muerte. El comandante Ali Ibrahim estaba de hecho intentando arrestar a un hombre por presunta corrupción: un miembro de la tribu Al-Bagaran que, de vez en cuando, había luchado contra el ejército sirio durante la guerra. Recibió una descarga de disparos y fue asesinado al instante.

El presunto asesino fue capturado y probablemente será enviado a la horca. Su encarcelamiento fue seguido por los habituales rumores de supuesta depravación. Lo buscaban por la violación de una niña de 14 años, según dijeron. Son raros los enemigos del estado en el Medio Oriente que no estén acusados de tales crímenes. Pero otros funcionarios, uno de ellos en Damasco, también han sido asesinados en el último mes.

Tal vez el asesinato más sorprendente fue el comandante Somar Zeidan, una de las figuras más interesantes de los servicios de seguridad sirios en el norte del país que, por casualidad, yo conocía. Nos habíamos conocido hace seis años cuando estaba en el antiguo mercado de Alepo marcado por las balas. Un oficial del ejército en uniforme de combate alto y con un casco de acero, Zeidan nos miró a mi compañero y a mí con algo de entre fastidio y humor. Acababa de recapturar de los rebeldes una pequeña calle de tiendas, y el pan se distribuía a los civiles que estaban parados junto a los muros grafitados con las consignas de las milicias islamistas. “Somos las brigadas de 1980”, decían los lemas: ese fue el año en que el primer levantamiento de la Hermandad Musulmana amenazó al imperio de Hafez al-Assad, cuyo hijo ahora gobierna Siria. Estas recién fortalecidas “brigadas” ahora ocupaban esta esquina del mercado pero Zeidan y sus soldados acababan de expulsarlas. El camino estaba cubierto con fundas de cartuchos gastados, y un francotirador aún disparaba desde 120 metros.

Así que en un cuartel general de comando improvisado –la habitación de alguien, por desgracia, la alfombra y la cama ya cubiertos con cables telefónicos y radios– nos sentamos y hablamos con Somar Zeidan sobre la guerra, sobre su repentina llegada a los temibles suburbios y luego al centro de Alepo, un año después de la revuelta en el resto del país. Dijo que sus hombres acababan de encontrar a un luchador extranjero que afirmó a sus captores que nunca se había dado cuenta de que Palestina era tan hermosa. “Pensó que estaba en Palestina para luchar contra los israelíes”, dijo el comandante Somar. Hasta 15 de los combatientes islamistas se habían rendido. No pudimos saber qué clase de misericordia les fue infligida.

El mayor hablaba un inglés excelente: utilizó los libros de Dan Brown para aprenderlo solo, dijo, y efectivamente había algunos volúmenes de esa gran figura literaria en la sala, pero Somar Zeidan también era un hombre político. “Nuestras fronteras con Turquía son un gran problema”, admitió. “La frontera debe estar cerrada. El cierre de la frontera debe ser coordinado por los dos gobiernos. Pero el gobierno turco está del lado enemigo. Erdogan está en contra de Siria”. Cinco años y medio antes de su muerte, el comandante había acertado.

Pero había algo más en él. Había sido miembro de la seguridad estatal siria, pero cuando llegó la guerra, prefirió luchar en el ejército, para defender lo que consideraba como su pueblo y más que el estado. Fue una decisión intrigante. ¿Un símbolo de la “Nueva Siria”, quizás?  Cuando le pregunté su religión, una pregunta que es totalmente inocente y totalmente venenosa en Siria, el comandante, cuyo padre era general, su madre profesora, fue rápido como un gato. “No es el lugar donde naces o cuál es tu religión”, dijo. “Es lo que tienes en tu mente. El Islam viene de esta tierra, los cristianos vienen de esta tierra, los judíos vienen de esta tierra. Por eso es que es nuestro deber proteger esta tierra”.

Al enterarme de que mi colega nunca había visto la ciudadela de Alepo, nos condujo a una terrible carrera en medio de disparos debajo de la galería de la antigua fortaleza y hasta la destrozada puerta medieval. “¡Ahora la has visto!”, gritó. Meses más tarde, nos encontramos con un Somar Zeidan bastante más regordete y más sombrío, que todavía sonreía pero aceptaba que había tenido que retirarse de su posición original en el mercado, ya que no tenía suficientes soldados para mantener su parte de la línea. Después de la reconquista del este de Alepo, lo vi una vez más, en una oficina de la Guardia Republicana donde los oficiales de inteligencia estaban monitoreando las comunicaciones de las milicias islamistas en la provincia de Idlib, sí, el mismo Idlib cuya caída está hoy amenazada por los camaradas en armas sobrevivientes del mayor Somar Zeidan. El sistema que había adoptado era simple y estaba totalmente respaldado por el régimen: reconciliarse con los grupos armados sirios y sus familias, y alentarlos a regresar a las regiones del país controladas por el gobierno. El mayor ahora estaba casi esquelético. Rara vez dormía, pensé, y me pregunté si se había convertido en fumador. Tenía al menos dos oficinas en Alepo y uno de sus subordinados, en uniforme militar, era un ex islamista que había regresado a las filas del ejército después de abandonar su vida anterior de revolución armada musulmana a cambio de perdón oficial. O eso pensaba Somar Zeidan. 

Solo pude recopilar detalles fragmentarios del final del comandante. Aparentemente, el suboficial perdonado apareció en la oficina de la ciudad de Zeidan hace varias semanas y sacó su nueva pistola militar. Somar Zeidan, el general confiado, fue lo suficientemente rápido como para saltar sobre él, pero demasiado tarde. El hombre disparó una bala en su estómago, otra en su pecho. Zeidan murió inmediatamente. El asesino fue arrestado, una vez más, y su destino podría ser predecible. Presumiblemente estaba actuando bajo las órdenes del frente Al Nusrah o de algún otro grupo islamista. Lo que significa que el Estado Islámico, Al Nusrah y los demás, cualquiera sea el destino de Mosul o Raqqa o el futuro de Idlib, todavía están en guerra, justo cuando se supone que la “guerra” está a punto de terminar. Algunos en Alepo sospechan que pueden estar deliberadamente atacando a los elementos más ilustrados del régimen y provocando al gobierno a atacar nuevamente.

Y por cierto, ahora se habla de una nueva ley feroz que amenaza cualquier tipo de violencia antigubernamental con represalias inmediatas. Y esto, podría decirse, es donde entramos nosotros. Se necesitará una mano sutil para evitar un retorno a este tipo de pasado, guerra o no guerra.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.