Emilce Moler y Pablo Díaz escriben a 42 años de La Noche de los Lápices
Dos sobrevivientes, dos recuerdos
El 16 de septiembre de 1976, una ola de secuestros que quedó en la historia como La Noche de los Lápices eligió como víctimas a diez militantes políticos adolescentes. Aquí dan su testimonio dos de los cuatro sobrevivientes.
Imagen: Télam

No me acuerdo 

No me acuerdo. Lo intenté cientos de veces, pero no me acuerdo. Tengo imágenes de ese día, muy pocas. 

Me veo en la marcha, caminando junto a otros compañeros. Charlaba. ¿Con quién? ¿Qué ropa tenía? No me acuerdo. Caminaba tranquila, por la mitad de la columna.  Era el año ´75, a la tarde, estaba templado.

¿Dónde estarían en la marcha Claudia y Panchito? Ellos iban al turno tarde del Bachillerato.¿Cómo habrían hecho para que los dejaran salir de la escuela?

¿Quién la encabezaba? ¿Serían Alfredito, Pomelo, algún otro compañero de la escuela técnica? ¿Hubo corridas? ¿La policía reprimió? Tengo imágenes borrosas donde nos alejábamos y después volvíamos. 

¿Qué canciones cantábamos? Lo hablamos tantas veces con varios compañeros de la UES de La Plata y ninguno recuerda haber cantado la canción “Tomala vos dámela a mí, por el boleto estudiantil”. 

Estrujo el pasado y tengo miedo de inventar algún detalle para poder decir algo más de esa marcha. Tantas veces me han preguntado de ese día; trato de ser fiel a mis recuerdos, que son tan pocos.

Recién hace unos meses leí la crónica del diario El Día de esa fecha: fue el 6 de setiembre y hubo pequeños disturbios. Me inquietó ese hecho, lo tenía totalmente borrado. Una marcha que iba a ser constitutiva de mi vida y yo ni siquiera me acordaba de en qué mes había sido.

Me acuerdo que en esos meses iba a barrios a enseñar dibujo. ¿Con quién iba? ¿Dónde era? No me acuerdo. Tengo grabado un nene que pintaba sólo con lápiz negro, sin colores. Intenté persuadirlo de que usara crayones, Faber de colores, no hubo caso. ¿Qué le pasaría? 

Mis recuerdos del ‘75 los vivo como en el juego de la rayuela, salto con una pierna y llego a la imagen de una marcha con mucha gente, obreros, trabajadores, universitarios, en contra del Rodrigazo. 

Salto a otro cuadrado y me encuentro en discusiones sobre la crisis económica, recesión, inflación. ¿Habrá sido ahí que se gestó la idea del boleto estudiantil? Es probable. La participación estudiantil decaía, había que buscar ejes de acción que aglutinaran.  Los secundarios de los colegios industriales también estaban llevando acciones de protesta. Extrañaba las asambleas de mi escuela. En el ‘75 nos habían mudado de edificio y los preceptores eran de la CNU. Nos controlaban. Tan distintos a los que habíamos tenido en años anteriores: eran compañeros, te ayudaban, te aconsejaban, te impulsaban a la participación política. “Dejate de joder” me dijo un preceptor, en un baño de la escuela, mostrándome su arma, en respuesta a un cartel que había pegado.  De eso sí me acuerdo, de esa amenaza sí. Me dio miedo, pero no mucho, era todo ya muy natural.

Nunca llegué a hablar en una asamblea. ¿Me habría animado alguna vez? No sé. Se hicieron hasta el ´74, yo tenía 15 años, estaba en tercer año, casi nadie de mi edad hablaba. Todos eran sólidos hablando, me convencían de distintas propuestas. Todavía no había entrado en la UES en esos años y dudaba mucho de las mociones a votar: toma de escuela, acompañar las marchas, jornadas solidarias, ayuda a presos políticos, hacer banderas, pintar paredes, repudios a atentados; siempre causas justas, para mí. 

Tiro la piedra y cae en el cuadrado donde había reuniones largas, discusión de la lucha armada, miedos, quiebres de mis creencias. Tenía que trabajar mucho internamente, era muy “liberal”, como se decía en esos años. 

 Disfruto cuando la piedra de la rayuela cae en las peñas con los compañeros. Me gusta quedarme en este cuadrado, me permite evadirme de las muertes. Me lleva a las risas, bromas, las cumbias en los barrios, las vueltas caminando entre miradas cómplices. Charlas infinitas sobre cómo íbamos a hacer la patria socialista, nacía el hombre nuevo, todo eso íbamos a lograrlo, todo valía la pena.  

Hasta el ´85 no había recordado nunca más la marcha del boleto estudiantil. Apareció en el Juicio a las Juntas. No fue la mención de ese acto lo que me impactó, fue verme nombrada en el juicio, mi nombre impreso en todos los diarios. La gente murmurando.

Siempre explico que yo nunca oculté mi detención, pero hasta ese momento me gustaba manejarlo a mí, como a casi todos. Yo definía a quién se lo contaba, cómo, dónde y cuándo. Lo iba haciendo a pasos firmes y cómo me quería mostrar. Ya había dado una entrevista a una radio de Mar del Plata, como ex detenida. Se lo había contado a una amiga y a mi grupo más cercano de amigos. Había hablado con una abogada que estaba muy cercana al Juicio y me había avisado que preferían mi testimonio para el juicio a Camps, no era necesario para las Juntas. Así lo hice, declaré contra Camps, el 5 de agosto de 1986, junto a mi padre, el primer policía que declaró contra otro policía. 

¿Cómo me sentí cuando vi mi nombre en el diario de las Juntas? Desnuda, invadida, ya no iba a controlar más mi vida, entraba en otra dimensión. No era miedo, me angustié.  Piedra libre: atrás de esa sonrisa hay dolor, hay tortura, fue presa. ¿La gente me tendría compasión? No quería la compasión de cualquiera. No quería que me digan pobrecita, quienes fueron cómplices de lo que me había pasado, por mirar para otro lado, por omisión o distracción, eso me enfurecía, me indignaba. Debía armarme una coraza para eso. 

¿Por qué era tan importante nuestro caso? Éramos ex detenidos como todos, con los mismos sufrimientos, dolores, angustias que tantos. Es más, a mí me estremecía quienes habían perdido a sus hijos, padres, hermanos. Nosotros sólo éramos jóvenes, nos quedaba la vida por delante para luchar y pedir justicia para los que no están. Así me veía en ese momento.

La militancia de la UES en aquellos años ni se nombraba, nadie quería decirlo, no se podía ni hablar de eso. Pocos compañeros habían asumido su militancia estudiantil o en organizaciones comprometidas con la lucha armada, era entendible, éramos “la peste”. Nadie iba escuchar las denuncias de “guerrilleros”. Por eso a mí me gustaba hablar personalmente, en grupos chicos donde podía decir que era militante de la UES y por eso me habían detenido.  Si no, no me sentía cómoda dando mi testimonio. 

Me negaba a decir que me habían detenido por el Boleto, pero si no lo decía, quedaba fuera de la historia; que era la mía, con matices, era y no era la mía. Era estudiante secundaria, secuestrada entre el 16 y 17 de setiembre en la ciudad de La Plata.

Por momentos quería abandonar ese relato por no ser fidedigno, pero también encerraba cosas profundas de mi vida. Me acuerdo con muchos detalles los días compartidos en la celda de Arana con Claudia y María Clara. Guardo las palabras que nos dijimos, los ruidos, los olores, los silencios, los sollozos y las risas sofocadas. Las manos entrelazadas, los intentos de rozarnos los dedos, la frialdad del banco de cemento. Puedo contar los dolores y la dignidad de Horacio, el deambular por pasillos, los gritos, las intermitencias de la radio.  

Eran mis compañeros, mi historia compartida con ellos.  Yo estuve allí. Le di la mano a Claudia cuando lloraba y me enojé con ella por decisiones erradas. Salí con ellas al patio del pozo de Arana el 21 de septiembre cuando quisieron que festejemos el día de la primavera y nos obligaban a cantar. Sí, de eso me acuerdo.

Sólo quería ser una ex detenida desparecida más, como tantas otras. Con eso tenía bastante, no necesitaba otra cosa.

Había cumplido 26 años, vivía en Mar del Plata, trabajaba en distintas facultades, estaba embarazada de Pilar; Mariana estaba por cumplir 3 años y debía asumir todo eso, sola con mi pareja, que le habían matado a su hermano. No había internet, apenas alguna comunicación telefónica o alguna carta para enterarte lo que pasaba en Buenos Aires.

María Seoane me llamó para comentarme que junto a Ruiz Nuñez iban a escribir un libro con nuestra historia. ¿Cuál era la historia? ¿La que yo recordaba? Todavía no la tenía en claro. Me preguntó si quería colaborar. Me tomé tiempo para contestar, lo charlamos con mi viejo, testigo clave de los hechos. Decidimos que sí. Y acá se bifurca la historia. Discusión, enojos, puntos de vista diferentes. Me retiré sin siquiera empezar. En todos estos años no nos pudimos poner de acuerdo con lo que pasó en esas conversaciones telefónicas. Hoy las diferencias ya mitigadas, entendiendo que cada una tiene alguna parte de la verdad en esas tensas conversaciones, en tiempos políticos difíciles y temblorosos personales.

Una tarde, estaba tomando la leche con mis hijas, Mariana me comentó que habían hablado de La Noche de los Lápices en la escuela y ella trató de explicar que su mamá era una sobreviviente. No le creyeron. Se indignó y discutió. Pilar, con sus 9 años acotó: “Sí, yo no supe cómo explicarlo, es un lío”. 

Fue en ese momento que me dije que había perdido demasiadas cosas en mi vida como para perder un pedazo de la historia. Me la puse a cabalgar, a mi manera, tomando lo que es mío, sólo eso. Y aquí me encuentro, entre las memorias y desmemorias de esta historia.

Me acuerdo de muchas cosas que me duelen. Y de otras, como la marcha… casi no me acuerdo.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ