Prohibida la boca, hablaban por los dedos. Hablaban el lenguaje verdadero, que es el que nace de la necesidad de decir.
Eduardo Galeano


La historia que cuenta La noche de doce años es la historia de lo absoluto de la potencia humana: la capacidad sin límite del hombre para hacer daño, pero sobre todo, para sobrevivir y alzarse sobre ese daño. Es lo que pasó con Pepe Mujica, Mauricio Rosencof, Eleuterio Fernández Huidobro y otros seis líderes tupamaros, entre 1973 y 1985. Doce años —se dice tan fácil— en los que fueron tomados como rehenes por la dictadura uruguaya, y así sometidos a condiciones aún más extremas que el resto de los presos políticos. Pasaron años enteros sin ver el sol, sin pronunciar palabra y casi sin escucharla, ya que los soldados que estaban a cargo de su “cuidado” tenían prohibido hablarles. Encapuchados y esposados en prisiones de dimensiones mínimas, húmedas tumbas en las que faltaba el aire al punto de afectar la irrigación sanguínea. Sin comida y sin agua. Visitados por ratas a las que decidían no comer porque prevalecía la necesidad de algún contacto con lo vivo. Constantemente castigados física y psicológicamente, trasladados para que perdiesen la noción de tiempo y espacio. Como no habían podido matarlos, buscaban volverlos locos, y así se los dijeron. Y para eso los fueron despojando de toda dignidad: cagar y mear tranquilos, por ejemplo. “Nos hicieron cagar once años esposados y encapuchados”, cae en la cuenta Rosencof en Memorias del calabozo. 

Que es el libro en el que se basa la brillante, conmovedora, reveladora película de Alvaro Brechner. Un texto que puede recibir los mismos adjetivos, y que lleva más de treinta años desde su primera edición. El libro fue escrito por Rosencof y Fernández Huidobro como un largo diálogo que puede leerse con tonada uruguaya, un relato en primera persona del horror no exento de luminosos momentos de humor y de celebración. Capaz de transmitir el grado de complicidad, conocimiento e intimidad al que llegaron estos tres rehenes, sin poder dirigirse la palabra entre sí durante años. Comunicándose a través de los muros a golpes de nudillos, con un código que inventaron y perfeccionaron. Imponiéndose una meta y una batalla cotidiana: Resistir. Sobrevivir.  

El libro fue pensado explícitamente con el fin de dejar testimonio de ese horror, y de ese sobrevivir. Es la historia de ellos tres y no de los otros seis —con los que se reencontrarán en el penal al final de la peregrinación, y que también lograrán sobrevivir, a excepción de Nepo, Adolfo Wasem, que muere ya en ese último año de presidio, después de haber pasado por lo peor— porque, como dicen los autores, es única e intransferible: cada quien vivió su propia historia, física y mental. Mujica no forma parte de la larga charla de Memorias del calabozo, pero leyó las pruebas e hizo comentarios, explican sus compañeros en el libro, “porque está muy ocupado con su tarea política”. Vaya. Después de vivir todo esto, estos tres hombres hicieron el Frente Amplio. Uno llegó a ser presidente de su país, el otro fue senador y ministro de Defensa, el tercero director de Cultura de la ciudad capital. Eso sí que es una película.   

Pero no es allí donde se enfoca La noche de doce años. El film se mete –y mete al espectador–en ese viaje que está al borde de la condición humana, pero que es al mismo tiempo lo más intrínseco y profundo de ella. Pone en acto esa potencia absoluta y creadora que Cornelius Castoriadis postula como “imaginación radical”: el ser humano puede todo lo que quiere. Y lo quiere todo. Estos hombres quisieron lo imposible. Quisieron vivir. Para poder hacerlo, necesitaron inventarse la certeza, la firme convicción, de que tal utopía era posible. Y hurgar en la asombrosa materia de la que finalmente estamos hechos, como lo descubren algunos que viven situaciones límite como estos tupamaros, como revela la película y también el libro.  

“Estábamos prendidos a la vida como la hiedra al muro. Prendidos de tal manera que disfrutábamos los menores indicios de una naturaleza que nos estaba vedada. El pelechaje de una arañita, la impresión fugaz de una abeja en el calabozo, el voceo lejano de un niño, eran grandes acontecimientos del día, que disfrutábamos con intensidad”, analiza Rosencof mientras charla con su amigo. Y así prendidos a la vida, los rehenes libran sus batallas: La obsesión por orinar y defecar “con autonomía táctica” los lleva a pelear a brazo partido por hacerse de “la lata”. O por defender ingeniosamente la pelela de plástico rosa que le trajo su madre en una visita, en el caso de Mujica. “Nos sacaban una vez por día al excusado. A veces, ninguna. Pero hay que reconocer que hubo días en que nos sacaron dos veces”, observa sin perder el humor Fernández Huidobro. “Era un acontecimiento. El día que nos sacaban de mañana y después de noche, uno volvía con la sensación de que había cambiado la situación política”, completa Rosencof. 

Seguir este diálogo después de ver la película –todavía inmersa allí, en esa claustrofobia, ese naufragio mental sin embargo lúcido que traspasa la pantalla– ofrece una doble revelación. No se preocupe el lector, no voy a espoilear, solo cuento que hay momentos muy graciosos en la película, sobre todo los dedicados a mostrar cuán brutos eran los milicos (uruguayos). Una piensa que se trata de licencias humorístico poéticas, porque no, no puede haber pasado eso de ese modo. Pero sí. En el libro está contado tal cual, también con mucho humor (y tonada uruguaya). “Para los que vengan, lavemos los platos”, canta increíblemente Celia Pérez Cruz, en una de las escenas finales. Después de todo lo vivido, les avisan que los van a soltar cuando Fernández Huidobro está lavando los platos, ya en la “tranquilidad” del presidio. Pero él sigue fregando con esmero. ¿Y para qué los lava?, le pregunta el guardia. “Para los que vengan”, contesta él. “Yo saldría rajando”, corona el carcelero. Así pasó. Y está la pelela rosa (“la escupidera”, dicen ellos) en la que el Pepe logra sembrar y hacer florecer caléndulas, y con la que sale abrazado, por toda pertenencia en el mundo, el día final de su liberación. Y así pasó. Porque el ser humano puede todo lo que quiere. Y lo quiere todo.