Investigadores de la UNR se centran en dilucidar cómo leen los jóvenes
La era de los lenguajes simultáneos
Las prácticas de lectura de los adolescentes con inserción académica es la investigación que dirige Fernando Avendaño. Nació al notar las dificultades en la enseñanza de lengua.
El estudio Avendaño se propone brindar herramientas para mejorar la enseñanza.El estudio Avendaño se propone brindar herramientas para mejorar la enseñanza.El estudio Avendaño se propone brindar herramientas para mejorar la enseñanza.El estudio Avendaño se propone brindar herramientas para mejorar la enseñanza.El estudio Avendaño se propone brindar herramientas para mejorar la enseñanza.
El estudio Avendaño se propone brindar herramientas para mejorar la enseñanza. 
Imagen: Camila Casero.

Si hay un estigma que ha perseguido incansablemente a jóvenes y adolescentes durante las últimas décadas es aquel que los desvincula completamente de las prácticas de lectura. Quienes sostienen esto, alegan que los jóvenes “han perdido los hábitos de lectura” y “prefieren pasar todo el día distraídos frente a una pantalla”. Es cierto que los avances tecnológicos posibilitaron el surgimiento de nuevos medios y formatos y que el libro ya no ostenta exclusividad en su rol difusor de cultura y conocimiento. Sin embargo, este auge de transformaciones en el ecosistema de medios no implica el fin de la era de la lectura, sino un complejo proceso de transformación y diversificación de sus hábitos. Con el fin de profundizar en estos procesos, el docente e investigador Fernando Avendaño encabeza una investigación en la que indaga cuáles son las prácticas de lectura de los jóvenes y adolescentes con inserción académica y cómo influyen estas durante los primeros años de su carrera.

El estudio, denominado “Las prácticas de lectura de los adolescentes con inserción académica", comenzó durante la década de los 90 y está enmarcado en investigaciones del Centro Multidisciplinario de Estudio e Investigación de Educación, de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. El interés de Avendaño surgió cuando notó las dificultades en los diferentes niveles educativos con la enseñanza de la Lengua y la Literatura: “A raíz de que yo trabajaba en la Universidad, me parecía importante pensar cómo podíamos utilizar nuestros conocimientos y herramientas en una mejora en la enseñanza”.

Al avanzar con el proceso de investigación, fueron surgiendo nuevos interrogantes: “Empezamos a indagar en las prácticas lectoras y escritoras de los chicos y adolescentes que normalmente se reconocen como no lectores y no escritores, pero que en realidad son lectores y escritores clandestinos que leen y escriben, aunque no lo que los docentes suponen que deben leer y escribir”, explica Avendaño y agrega: “También nos interesaba saber si esas prácticas clandestinas favorecían u obturaban los procesos de aprendizaje y si eran tenidas en cuenta por los docentes o terminaban siendo silenciadas y denostadas”.

 

Cambio de paradigma

Es normal que se relacione de forma casi inmediata la actividad “lectura” con el objeto “libro”. Tras indagar en las diferentes prácticas que los jóvenes y adolescentes pregonan, Avendaño invita a romper con el sentido común y tener en cuenta otros medios y soportes: “Si bien todavía subsisten fanzines y revistas de circulación escolar, la lectura que nosotros detectamos en los jóvenes con inserción académica está ligada principalmente a medios digitales como WhatsApp, Instagram o Twitter”.

A pesar de su potencial beneficio, la aparición de estos nuevos soportes ha generado también un importante conflicto en todos los niveles del sistema educativo: “Tanto la escuela como la Universidad todavía se manejan con una lógica lineal del texto escrito, a la cual podemos llamar el orden de los libros. Leemos un signo a continuación de otro, de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo y esto marca una importante ruptura en la forma de leer e incorporar el conocimiento debido a que la lógica de los nuevos medios está relacionada con el manejo simultáneo de distintos tipos de signos que inclusive pueden no ser lingüísticos y requerir de una lógica que no es la de la linealidad”, explica Avendaño y profundiza: “Los docentes indican permanentemente que los chicos no entienden lo que leen, pero lo que realmente sucede es que los estudiantes tienen serias dificultades para insertarse en la lógica de la linealidad. Esto está instalado en las instituciones educativas y dificulta en sobremanera la enseñanza de la lengua y la literatura”.

Para quienes participaron de la investigación, este conglomerado de situaciones es un factor condicionante de la dificultad para encarar el primer año de educación universitaria: “Cuando los chicos ingresan a la Universidad se encuentran con una serie de textos que no acostumbran a leer, los textos científicos”. Esta situación se agrava aún más cuando -en pos de facilitar el proceso de lectura- se opta por elegir fotocopias, recortes o textos menos complejos: “El problema es que esos textos fáciles no provocan la lectura de textos complejos. La clave no está en trabajar contenidos que los estudiantes resuelvan con facilidad, sino en presentar cuestiones que tengan algún tipo de dificultad y ayudarlos a que las resuelvan”, opina Avendaño.

 

Soportes y lenguajes

El diagnóstico provisional que se ha presentado y el surgimiento cada vez más frecuente de nuevos soportes y formatos invitan a repensar el abordaje pedagógico desde el cual debe encararse la enseñanza de la lengua y la literatura y las prácticas de lectura en los primeros años de educación universitaria. “Nosotros hemos trabajado con muchos profesores y maestros de otros niveles y estamos cada vez más convencidos de que es sumamente necesario vincular la lectura con otros lenguajes. Tenemos que entender que leer no hace referencia exclusiva al texto escrito. Una película se lee, una miniserie se lee, un cómic se lee.”

“Hay modos de acercar la lectura tal como nosotros la entendemos a los modos de leer que tienen los jóvenes y provocar una especie de sinergia entre ambos. Hay que abordar la enseñanza preguntándose cómo se dice en un texto escrito determinada cuestión y cómo eso es dicho en un texto audiovisual o qué condiciones debe respetar un texto escrito para ser comprendido y si esas condiciones cambian en un cómic o en un producto audiovisual”, propone el profesor.

Por todo eso, es fundamental reconocer cuáles son las prácticas y conocimientos que los estudiantes traen consigo y potenciarlas para que puedan utilizarlas como herramientas pedagógicas: “Las personas resignificamos los nuevos conocimientos a partir de los que ya disponemos, confrontándolos, relacionándolos y vinculándolos de forma permanente. Los jóvenes  son casi expertos en leer textos cifrados en multiplicidad de códigos y eso es algo que hay que aprovechar. Es imposible pensar en incorporar nuevos conocimientos a partir de lo desconocido, así se produce el tan ponderado aprendizaje significativo”, explica Avendaño.

Uno de los conocimientos más importantes que tienen los jóvenes es la capacidad de utilizar los diferentes dispositivos tecnológicos como extensiones de sus propias capacidades. Para Avendaño, esta cuestión es fundamental y debe ser urgentemente abordada por quienes participan en los procesos de educación formal: “Si yo tuviera que enseñarle a leer y a escribir a un chico, debería hacerlo desde el celular. No se nos puede ocurrir comprarles un libro de lectura cuando lo que tienen a mano, lo que más manejan y con lo que más se comunican es con su celular. Abordarlo desde esta perspectiva despertará mayor interés en el alumno y eso es algo que la escuela debería aprovechar”. No obstante, esta situación se encuentra ante un importante obstáculo: “Los docentes somos adultos y, por lo tanto, inmigrantes tecnológicos. La tecnología nos ha llegado tarde y esto supone algún tipo de dificultad y también implica de algún modo que uno sienta la necesidad de reconvertir su rol como docente. Históricamente el mandato de la escuela fue que las generaciones adultas inscriban en la cultura a las generaciones más jóvenes, pero las generaciones más jóvenes participan hoy en una cultura en la que los adultos no participamos. Si esto no se entiende, la escuela va a ir perdiendo cada vez más su función social, que de hecho ya lo ha hecho porque compite frente a una multiplicidad de agencias impresionantes en la difusión de la cultura y la transformación del conocimiento.”

“Es necesario que las instituciones

educativas consideren que los textos

no son sólo escritos sino multimodales”.

Para Avendaño, “es necesario que las instituciones educativas tomen esto como un desafío y empiecen a considerar que los textos no son sólo escritos sino multimodales”.

Participaron de la investigación Fernando Avendaño, José Goity, Carola Nin, Celeste Avendaño, Gabriela Mancini y Analía Ravenna. A ellos se sumó la colaboración de estudiantes avanzados y graduados.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ