Un loco

Hubo en mi pueblo hace mucho, mucho tiempo, aunque no tanto porque mucha gente todavía se acuerda, uno que se llamó Pedro Capucio. Fue el Pedrito al principio, de chiquito todos le habían puesto así y le siguieron diciendo así siempre, a pesar de que luego, luego fue creciendo y ya no era más un nenito de la escuela primaria.

El Pedrito, como tantos lo conocieron, no sé muy bien cómo, o cómo fue o era la historia, había quedado viviendo solo con la mamá. Se ignora si tenía otros parientes, hermanos o que pasó con el padre, eran él y la mamá, siempre lo supimos, y siempre los vimos así, Pedrito y la madre, la madre de Pedrito y Pedrito.

Ya desde su adolescencia o desde sus primeras tormentas puberales nos quedó muy en claro a todos que el tipo no tenía los patos muy en la hilera, como quien dice, no señor, algún tornillo le había quedado medio flojo en el medio del atolladero, o le sopló el viento en contra cuando había nacido, quién sá, quién lo habrá sabido, no estaba, como dice el dicho, en sus más meros cabales el hombre…

El tema es que cuando la mami de Pedrito vivía no es que todo era un lecho de rosas ni mucho menos pero que el tipo era más llevadero, vea, ella lo manejaba más, de hecho lo pudo manejar siempre porque era la persona conviviente y además era, que no es poca cosa sino todo lo contrario, la misma que lo había parido, así que Pedrito, mientras ella vivió pudo hacer una vida medianamente “normal” dentro de sus propias posibilidades, como todos los demás pudimos. Para desgracia, la mami de Pedro enfermó, mal, malísimamente. Pudieron cuidarla los vecinos, como siempre, lo más que se pudo, internarla nunca se pudo por falta de presupuesto, pero al final, final, la viejita de Pedrito se murió, en la casa, con Pedrito llorando a moco tendido encima de ella, y las vecinas que siempre los cuidaron mucho a ambos, sobre todo a ella, también llorando como es de estilar en esos casos. El velorio fue humilde y lamentable. El entierro peor. Pedrito, que ya había empezado a acariciar las veredas con cierto ahínco y ya pasaba largo los 18 empezó a vagar sin rumbo por las arterias del pueblo, buscando algún destino, alguno, que lo orientara hacia alguna parte. Su madre era su mundo, todo su mundo. Perderla fue el comienzo de un largo desvarío cuyos destellos primeros habían aparecido, todos lo habíamos sabido, mientras ella aún vivía y todavía no padecía la enfermedad terminal, al menos no hasta ese punto.

Pedrito empezó a perder la noción entra la noche y el día, entre el afuera y el adentro, entre su mundo imaginario y el mundo real, entre los monstruos de adentro y los monstruos que había afuera. Todo en su cabecita empezó a atolondrarse. Empezó a divagar mentalmente y físicamente a lo largo y a lo ancho del condado. Su largo e intrincado camino era nada más que un soliloquio interminable al cual muy pocos podían encontrarle algún sentido. Al principio volvía a comer y a dormir a casa. A asearse. La casa había quedado vacía luego de la muerte de su  madre y él quedó solo, viviendo ahí. No se sabe si por el peso de su recuerdo, la virulencia de su fantasma, o porque ya era adulto y libre quiso salirse de ella. Al principio, como dije antes, volvía cada tanto, a asearse, comer ahí y dormir. Después empezó a vivir de la caridad pública, durmiendo en los umbrales de cualquiera, comiendo lo que sea, usando el dinero que le daban para poder comprar vino. El tetra, como le dicen, la droga de los más pobres, además, a la larga, también, la más efectiva.

No faltó el avivado, que siempre hay en estos casos, que buscara con qué joderlo, a pesar de. Lo encontró y lo encontró demasiado fácil. Pedrito usaba una gorra con visera, lo último que le regaló la madre antes de morirse, una gorra amarilla y con esa andaba, che, todo el día, la tenía siempre puesta, era como sus pelos. La idea fue de alguno de los vagos de la secundaria, de rodearlo entre varios y sacársela, y después pasársela entre ellos sin devolvérsela, lo cual, además de marearlo, lo ponía más loco y realmente lo terminaba enfureciendo… Esa joda insistió e insistió y se la hicieron varias veces, hasta que al final, de tanto joderlo, la gorra se perdió y nunca más nadie pudo hallarla, ni Pedrito, ni los que lo jodían…

También fue a alguien del grupete de muchachones de la secundaria que se le ocurrió empezar a chiflarle al Pedro como hace el bicho feo, o el benteveo, que le dicen, no sólo a chiflarle, sino a gritárselo cuando pasaba por ahí, cosa que también lo empezó a enfurecer demasiado y que poco a poco lo fue volviendo cada vez más loco de atar…. Lo corrían entre varios, le gritaban desde distintos lados, era marearlo y marearlo hasta el cansancio y agotarlo del sufrimiento y la furia. Cada vez que los corría no lograba alcanzarlos, jóvenes y sin chuparse, estaban mucho más ágiles y rápidos que Pedrito, que alcoholizado y en falsa escuadra, hacía lo que podía con su enclenque arquitectura. Sin embargo, no todo fue tan difícil ni tan doloroso para Pedrito. Pedrito tuvo un gran amor, un amor grande. Fue el vago Mesina, otro, más o menos de la misma edad, no tan loco, también que vagaba borracho por las calles y los umbrales del pueblo. Mesina era más borracho que loco, Pedrito más loco que borracho. Pero juntos hicieron un gran amor, fueron una pareja inseparable durante todo lo que duraron sus días…

Otro gran amor en la vida de Pedrito, después de su madre, que Dios la tenga en la santa gloria a la difunta, y el vago Mesina, bien vivo en este caso, fue el cuartel de los Bomberos Voluntarios. Pedrito lo amó desde que lo armaron, como pudieron, los primeros muchachos que empezaron a organizar la fuerza. No había bomberos en el pueblo, sí en Bigand, o en Carreras, pero no en Melincué. Se juntaban en un galpón y empezaron a juntar lo que pudieron, empezaron a organizar rifas, asados, cenas a beneficio, ventas de empanadas, etc. Pedrito pasó a ser algo así como la gran mascota del cuartel. Todo su tiempo quería pasarlo ahí, los bomberos lo ayudaban, lo vestían, lo bañaban, le daban de comer. Compartía con ellos casi todos los días mucho, pero mucho tiempo. En un toque, había aprendido el oficio, todos sabíamos que no iba a salvar a nadie en un incendio, pero… ¿quién sabe? Por ahí en una de ésas Pedrito nos sorprendía a todos… Empezó a andar siempre con el casco de bombero, uno que los chicos le habían regalado y se paseaba con su mayor orgullo con el trofeo por las calles de tierra hervida, regadas de vez en cuando por el camión  de la Comuna, cuando el sol empezaba a acostarse, de a poco, arropándose en el límite del cielo y la laguna…

Fue una noche de esos días de sol hirviente, en un enero cualquiera, que Pedrito nos dejó… Su larga y desolada sombra oscureció la plaza, las calles y ennegreció el centro todo del pueblo. En una noche inundada de estrellas mansas de algún verano caliente, Pedrito dejó de existir. Nadie supo cómo. Sí todos se enteraron cuándo. Nadie supo quién fue. Nadie se encargó de investigar demasiado. No era del extremo interés de nadie.

Apareció por el camino viejo que va a Carreras, el de tierra, el que a veces usaban para carreras cuadreras y acortar camino yendo en sulki o a veces en moto o pick-up. “Lo molieron a palos”, fue el diagnóstico, lamentable pero cierto, del médico de la policía. Así se nos fue Pedrito, una noche, una de las tantas noches de enero. Nunca corrieron rumores, como sabe pasar por otros acontecimientos, por estos lares. Nadie dijo saber nada. Quedó como un misterio a resolver. Una incógnita. Fueron las almas malditas, sin duda, las que nunca descansan, las que lo hicieron. No sabemos si de gente del pueblo o de gente ajena a él. Quedó en nuestra memoria su más enorme recuerdo: Pedrito deambulando por las calles con su casco de bombero, Pedrito en el cuartel, como un tótem del lugar, Pedrito corriendo los chicos cuando le chiflaban “bicho feo”. Quedó muy vivo en nuestra memoria popular. Aunque en la realidad lo hubieran asesinado tan feo. Quedó tan vivo que hasta ahora, y desde siempre, nunca más tuvimos, nunca más hubo, en mi pueblo, un loco, nada más que un loco, desvariando en soliloquios interminables por las calles inundadas de sol y de tierra…

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