En Indiada, Osvaldo Baigorria suma una versión festiva y paródica a las numerosas reescrituras de la gauchesca.
Indios, ejército y fiesteros
Indiada Osvaldo Baigorria Blatt & Rios 120 páginasIndiada Osvaldo Baigorria Blatt & Rios 120 páginasIndiada Osvaldo Baigorria Blatt & Rios 120 páginasIndiada Osvaldo Baigorria Blatt & Rios 120 páginasIndiada Osvaldo Baigorria Blatt & Rios 120 páginas
Indiada Osvaldo Baigorria Blatt & Rios 120 páginas 

La gauchesca, un género literario “tan artificial como cualquier otro” al decir de Borges, ha proliferado: desde sus comienzos, desde siglo XIX, con el Martín Fierro como obra fundamental, y aun antes, pasando por todo el XX, hasta nuestro presente, ha sido una lengua imaginaria escrita y reescrita incontables veces. Figuras como gaucho, campo e indio son parte del mito u origen de “lo nacional”, en donde se cruza la ficción literaria y la historia, la política y la ideología. Desde Jorge Guillermo Borges (El caudillo) y Jules Supervielle (El hombre de la pampa), pasando por Borges y Bioy, Mujica Láinez y Leopoldo Marechal, Juan Filloy, Luis Franco y, más acá en el tiempo, Sylvia Iparraguirre en La tierra del fuego, César Aira en Ema la cautiva, Guebel y Bizzio en La china, Carlos Gamerro El sueño del señor juez, Martín Kohan en Los cautivos y muchos más, el género ha sido inspirador: referenciado y utilizado, recreado y satirizado, alterado y deformado. Indiada, de Osvaldo Baigorria, se suma (¿se monta?) ahora a la pléyade autoral que, como quería Leónidas Lamborghini, juega y parodia con el modelo.

Publicado por Blatt & Ríos, Indiada contiene una breve serie de relatos que, como Entre los indios, otro libro de Aira, se ubica “del otro lado”: no del gauchaje en proceso estatal “civilizador”, sino del “bárbaro” y “salvaje” de los “indios”. Y, tal como en Aira –en un típico proceso de delirio, al mejor estilo Alberto Laiseca o Ricardo Strafacce–, hay grandes saltos, giros y fugas, torciendo y retorciendo las tradicionales linealidades argumentativas y lógicas, narrativas y genéricas, temporales y espaciales, consagradas y establecidas, cruzando lenguajes y discursos, en una singular combinatoria entre lo tradicional y costumbrista con el neologismo y las más diversas jergas. Así, las historias que se cuentan se sostienen en algunos de los tradicionales elementos (caciques, indios, tolderías, incursiones, excursiones y destierros, malones, libros europeos que llegan a América, diarios privados, investigaciones), y también polimorfias (poliamorosas) sensuales-sexuales, y discusiones,incluso gags, en torno al llamado lenguaje inclusivo, todo en una suerte de gigantesca humorada: una utopía política india (o indígena) que habría podido ocurrir a mediados del siglo XIX; y en otro momento y espacio, ya en el siglo XX, también utópico, hippie-aborigen.

En estas historias de Baigorria se encuentran, por ejemplo, personajes como “una pornóloga de origen esquimal y ciudadanía canadiense que había estudiado Letras en Buenos Aires”; alguien que, criticando los elementos invariablemente presentes en la gauchesca (“el cautiverio, la violación, la matanza”), propone otra literatura y otro cine: “podía imaginarse y producir una película erótica en la que entrarían en acción ranqueles, wichí, guaraníes, tehuelches o el resto de los originarios”. Otro es Ananda, Papa de la comunidad hippie “Anandaland”, que en un discurso seudoconspirativo (con alguna coloración burroughsiana o vonnegutiana) se jacta por la posesión de un producto milenario y originalísimo: “Tubérculos que habían cruzado de sur a norte, desde aquellos nacidos en Pampa Corral hasta las cepas modificadas genéticamente en laboratorios clandestinos. Papas precolombinas, papas poscoloniales, papas americanas que alimentaron a cinco o seis continentes sin contar la Atlántida”. Otra es “una cautiva voluntaria, anarquista, bisexual y partidaria del amor libre”, Annika Van Der Veen. En un programa de alfabetización propone los términos “indixs”, “o indies, según el fonema que enseñaba Annika para pronunciar la indistinción de género”; y, tras haber leído en su momento, en la Biblioteca Nacional de Francia, la novela de Sade, Justine, “adaptó algunos discursos libertinos al temperamento pampeano”.

La utopía india, que se originaría tras una gran orgía de países y pueblos diversos, etnias, géneros y edades (“Vuelta y vuelta, meta y ponga, puje y arrempuje, frote y trote, en pelo y en pelotas”), queda, finalmente, truncada. La ficción literaria se cruza con la historia real. Caudillos y militares son la causa: el “terrorismo de Estado bonaerense, según los historiadores indígenas”; “los saberes, las experiencias, las medicinas, las artes eróticas, las formas de vida anteriores fueron arrasados por la civilización occidental y cristiana”.

El rígido canon de los géneros literarios y sexuales establecidos, se encuentra en Indiada libidinosamente cuestionado, parafraseado, mixturado e ironizado con ingenio y un desbordante humor, en un cruce, no de razas, pero sí de temáticas y estilos: el gaucho y el indio, con los ecos de la “liberación sexual” de 1968 (¿algo así como una posgauchesca posporno?). La tradición y la revolución, desde una particular sátira literaria que ofrece una sorprendente dinámica: resignificaciones y aperturas de inéditos imaginarios.

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