El deseo de vivir

¿Qué pasa con el concepto de seguridad en el neoliberalismo? El régimen generó una exclusión y una violencia inusitadas. Han crecido las villas miseria, aumentado el desempleo, se ha precarizado la vida, y a medida que todo eso sigue su curso hay cada vez más sectores que desarrollan estrategias de supervivencia que entran en colisión con el cuerpo y las mercancías de los que están adentro. Surge el odio de clase, el racismo, la xenofobia e incluso el fascismo. Los que están adentro se abroquelan, se rodean de muros y de rejas, hay que asegurar por un lado la vida, pero más que nada el consumo de esa vida: ¿Cuántos son los delitos en los que se atenta contra la vida y cuántos los que se atenta contra la propiedad?: para garantizar el consumo, se pide mano dura y represión. Incluso el gatillo fácil: vale más la mercancía que la vida.

¿Qué pasa con el ruido que acompaña la marcha del Capital? Busco el silencio por las calles, llego al parque, me introduzco en su garganta, busco algún centro oculto para escuchar sólo el sonido de los pájaros, de las ramas de los árboles que se arquean con el viento, pero el ruido lo invade todo, se mete por todos los intersticios, entre los árboles, entre las hojas, deambula por las calles con su ensordecedora prepotencia, e inunda todos los espacios de la vida citadina. El ruido de los gimnasios con el “punchi-punchi”, el ruido de los autos y de las bocinas, de los pibes que caminan con los parlantes a todo volumen, todo parecería estar marchando bajo el pulso de una misma música, que cuando no suena desde el exterior sigue marchando dentro nuestro. Pareciera que se conjura el silencio, que aburre, que deprime, que genera una sensación de vacío.

¿Y con la industria del juego y de la diversión? El blanco son en parte los niños. Hay un exceso de animación, de conducción, y resulta que los niños aprenden a aburrirse cuando nadie los anima. Se ve en las fiestas de cumpleaños. Los animadores los conducen, de un lado para el otro, los hacen jugar de diferentes maneras, y es muy raro que les dejen un tiempo y un espacio para que ellos se relacionen a su manera, con un mínimo de espontaneidad. Un poco de azar no les vendría nada mal. Ya cuando los niños comienzan a entender el lenguaje informático, nadie los puede sacar de allí (¿será esa diversión y adrenalina la continuación de aquella excitación y conducción excesiva?). Habría que rastrear las rutas del neoliberalismo en las pantallas, por internet, googlearlo. Lo que queda imposibilitado o reducido es el encuentro cara a cara en el espacio real: virtualización de la existencia. 

¿Y con nuestros deseos? Si hubo en nuestras vidas algo profundamente intervenido ha sido el deseo. Una fantástica industria de satisfacción, pero también de creación deseante, de conjugación de flujos, de seducción. La oferta se multiplica y diversifica cada vez más. Crea e interviene los deseos que puede satisfacer. Nosotros lo hemos deseado todo. Experimentamos y hemos jugado con nuestro deseo. Hemos transgredido normas, hemos hecho viajes singulares a territorios lejanos y desconocidos. Hemos experimentado todo tipo de devenires. Pero también hemos sido re-capturados por aquella maquinaria formidable, que produce -o reproduce- los estereotipos de la transgresión  y la rebeldía. Y entonces ellas se tornan inofensivas y ya no afectan a nadie (salvo a nosotros).  

Muchos han querido escalar hasta la cumbre. Llegaron a creer que estaban dentro de una película en la que eran protagonistas y a la que todos los que estaban a su alrededor contemplaban deslumbrados. Han sido maniquíes, han sido comprados y vendidos miles de veces. Y muchos hemos sido manoseados, imperceptiblemente manipulados. De formas extremadamente sutiles nos han enseñado nada menos que a desear. Llegamos a desear la sumisión, hemos llegado a desear fervientemente comprar una vida imposible de pagar. Deuda eterna (¿qué otro mecanismo de sujeción puede ser más eficaz?) 

En este régimen pareciera que se puede creer en todo, todo estaría permitido. Es más, todo tiene que poder ser consumido y consumado para darle lugar a la novedad. Se erigen nuevos valores que desplazan y destruyen los precedentes. Hay libertad de culto, hay elecciones, parecería que cada uno puede seguir su propio camino (“sé tu mismo”, dice la industria publicitaria). Se pueden elegir las identidades sexuales. La moda le da lugar a los gustos más diversos. Para la circulación de la mercancía todo eso es necesario. No hay nada que pueda -y deba- perdurar en el tiempo. Es necesaria la consumación de todos los objetos y sujetos. Para darle lugar a un nuevo consumo hay que dejar atrás el anterior. Como decía Marx, en el capitalismo “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Y así se destruyen los mundos. Debajo de los escombros yace mutilado nuestro pasado.  

Hay quienes están incluidos y no sienten la opresión, e incluso se podría decir que son felices. Hay automatismo, y tal vez alienación, pero no son registrados. Marchan, uno detrás del otro, siguiendo los movimientos de la masa, que camina no se sabe hacia dónde pero camina (¿tal vez hacia el cementerio de los vivos?). Están satisfechos con su trabajo, obedecen, no se cuestionan a quiénes explotan o por quiénes son explotados. Y llegan a casa contentos, para disfrutar “con todo” de un fin de semana en familia. Y pueden ir al parque, correr, ir al gimnasio, y disfrutar de ver un cuerpo que con toda esa rutina de ejercicios diarios se va modificando, o por lo menos se queda igual a como estaba unos años atrás. Conservar el cuerpo.

El deseo de vivir, de revivir, de llevar la vida a su máxima expresión, sólo se reconstruirá políticamente, conectando experiencias, cruzando prácticas, yendo al monte a conocer a los campesinos que resisten, estrechando vínculos entre artistas e intelectuales, colectivizando experiencias que el neoliberalismo fragmenta, con obreros, con desocupados, con excluidos que por una razón u otra son tratados por el régimen como deshechos descartables, con los que enloquecen porque ya no dan más, los que sangran, los que están repletos de cicatrices que desembocan en una misma herida, con gays, travestis y lesbianas (y aquí hay que hacer referencia específicamente al movimiento de mujeres, apuesta radical que cuestiona no sólo la opresión de la mujer en el régimen patriarcal sino también toda la lógica de reproducción del Capital). Pero sobre todo, pudiendo visualizar que el sufrimiento de cada uno puede y debe transformarse en un malestar colectivo para generar una respuesta política.

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