Ojo con las palabras

Me fascinó la primera vez que la escuché cuando defendía la toma de las escuelas frente a un panel de periodistas que brillaba por la endeble argumentación, el autoritarismo y su supina ignorancia. En aquel remoto septiembre de 2017 me inspiró una contratapa en PáginaI12, “Tomando escuelas desde Londres”. Me llegaron después noticias y comentarios de sus brillantes intervenciones durante la votación por la interrupción del embarazo y –You Tube mediante– vi un mano a mano con Feinmann, como siempre inteligentísima, divertida y maravillosamente fresca frente al acartonamiento del locutor. Como las noticias vuelan, me llegan ahora comentarios y debates sobre el discurso que dio en el acto de lanzamiento del Frente Patria Grande, en Mar del Plata. O, para ser precisos, sobre la polémica que generó el curioso puente que armó entre la “burguesía tibia” y la sequedad vaginal.

Ese minúsculo tramo de su discurso causó furor en las redes, opiniones a favor y en contra que iban desde la reivindicación feminista hasta la crítica al populismo fácil del lenguaje. Un poco de contexto vendría bien porque las palabras elegidas –impensables en otra época– forman parte de una tendencia de décadas de la esfera pública argentina que superpone el vocabulario informal, el futbolero y el chabacano. Hace rato que a nadie le asombra si un político o periodista dice que tal cosa es una “cagada” o que la madre de fulano de tal cobra por el sexo  o forma parte de una familia de “boludos”. Estos epítetos suelen operar como un cierre de la discusión. La diferencia de registros formal e informal sigue existiendo, pero es cada vez más fina y borrosa.

En Cristina Fernández de Kirchner la diferencia de registros es clarísima. Con la escucha ilegal telefónica de sus conversaciones con Oscar Parrilli nos enteramos que tenía un vocabulario informal plagado de, digamos, modismos, algunos increíblemente imaginativos y sorprendentes, como cuando sugería que a no recuerdo quién había que “suturarle” el que te jedi. Pero en su discurso público Cristina es una extraordinaria oradora que jamás, que yo sepa, tiene deslices. Recuerdo todavía cómo con esa oratoria mantuvo hechizados a los cientos de miles de personas que saturaban la Plaza del Congreso el 1º de marzo de 2015. 

Era un discurso sin concesiones, con un análisis magistral de los vínculos económicos, políticos, financieros y mediáticos nacionales e internacionales del momento, que se sobreponía a los crujidos del sistema de parlantes. Los discursos públicos pueden ser tediosos. En este caso recuerdo a obreros y clasemedieros, oficinistas y villeros, artistas, estudiantes y activistas de movimientos sociales aguzando el oído para no perder el hilo de esa argumentación precisa y contundente. No tenía necesidad de llamar la atención con los recursos retóricos que usa con sus más allegados: la potencia discursiva se bastaba a sí misma.

En una entrevista a Aleida Guevara, la hija del Che, me sorprendió que viera en este desvanecimiento de los registros un rasgo del “ser argentino”. Aleida Guevara me contó una divertida anécdota sobre su padre diciendo que el “Che”, era muy mal hablado, “como todos los argentinos”. Es decir, que ya en los años 60, para la hija de una campesina cubana y el Che, los argentinos nos caracterizábamos por el uso y abuso de las llamadas malas palabras. Y hablaba de una década en la que seguía existiendo una clara diferencia entre el lenguaje público formal y los distintos registros de lenguaje privado informal (desde la reunión familiar hasta el lenguaje de vestuario). Entre la militancia de los 70 se sintió la aparición de un habla mucho más coloquial con tonos tangueros y arrabaleros, pero hasta donde recuerdo jamás se usaban en la arena pública palabras como “cagar” o “boludo”, salvo en casos de extremo descuido o exabrupto, equivalentes a una terrible “gaffe”.

El progresismo siempre estuvo a la vanguardia de esa erosión de la formalidad. La tradición viene del famoso “épater le burgoisie” (escandalizar a los burgueses) del siglo XIX, vinculado a poetas como Baudelaire y Rimbaud. Este modelo subyacente le daba a la transgresión verbal un aura “revolucionaria”, como si fuera un subcapítulo de la lucha de clases, pero con la televisión del “destape” democrático se empezó a decir cualquier cosa, primero en programas alternativos y muy pronto en el “mainstream”. Un primo mío me comentó asombrado que en la derrota cinco a cero ante Colombia en 1993, el relator del partido dijo con el tercer pepinazo “Macaya estoy cagado”, una marca de este paso de los márgenes al centro mediático. 

En el medio de este proceso argentino, el mismo “épater le burgoisie” sufrió un cambio a nivel global. El poder del cuerpo y el sexo para simbolizar la transgresión sigue vigente, pero comenzó a ser tributario del exhibicionismo mediático. El mejor resumen que conozco al respecto lo ofreció Umberto Eco en las crónicas de su libro póstumo, “De la estupidez a la locura”. El semiólogo y novelista italiano ironizaba que en otra época se soñaba con ser una gran bailarina o un goleador de leyenda y se evitaba en cambio ser “el cornudo del barrio”, “el impotente declarado” o la “puta más irrespetuosa”. Según Eco, en el mundo del futuro, tal como está configurándose hoy, esa distinción habrá desaparecido: cualquiera hará cualquier cosa con tal de que lo vean y hablen de él/ella. 

A pesar de todos esto se sigue manteniendo una línea de separación entre lo formal e informal. Eso hace que ciertas frases puedan ser usadas para descalificar a los que las hayan dicho: el filtro de la grieta suele elegir a quién se condena y a quién se perdona o premia. A alguien que saltó al estrellato de la mano de un cantante inglés y su desparpajo sobre su capacidad para ser muy “gauchita” con los petes, se la invita a debates políticos, primero porque es antiK y después antiabortista. No creo que tenga la misma suerte una feminista de izquierda, simpatizante de Cristina.

Es uno de los grandes problemas hoy. La derecha cuenta con los poderes fácticos (mediáticos, económicos, judiciales, financieros) para sostener un desaguisado tan estrepitoso como el actual. La izquierda tiene que ser cuasi perfecta. Cualquier error, desliz o falla es explotada hasta el hartazgo. A Cristina le sucedió con casi todo, no se salvaron ni su indumentaria ni su maquillaje. Por eso hasta en la necesidad de formar frentes amplios para derrotar al macrismo hay que ser extremadamente cuidadosos. Desde ya que no se trata de arriar banderas. Simplemente cuidar los flancos para no dinamitar puentes posibles. En especial en esta época tan desdichadamente hipermediática.

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