Mandy, con Nicolas Cage, un clásico del terror contemporáneo
Luchando por el metal
Una película sobre venganza, motoqueros en ácido y cultos satánicos, con un Nicolas Cage en llamas y ambientada en un mundo fantasy ubicado en los primeros años 80, puede ser la mejor cinta de terror del año o, quizá, la mejor en mucho tiempo. Con humor, una banda de sonido extraordinaria y una estética brutal y hermosísima, Mandy tiene destino de culto y estos días se podrá ver en pantalla grande en el Festival Buenos Aires Rojo Sangre.

Al comienzo, la tipografía de créditos está bañada en rojo sangre. De fondo, un paisaje de pinos y lagos, fiordos y costas, de lo que parece ser la zona más salvaje y rural de Canadá; gente partida, leñadores y montañeses de pocas palabras; el paisaje de los personajes hippies rancios de Alice Munro. La música que acompaña los créditos es de King Crimson, la canción “Starless”, de su disco Red; el resto de la película tiene una banda de sonido estremecedora del islandés Jóhann Jóhansson, que murió poco después de componer este score. En esa coctelera disparatada de recursos lanzados sin avisos a la cara del espectador, un hombre tira abajo un pino y aparece la cara de su actor principal: Nicolas Cage, en uno de sus mejores papeles en muchos, muchos años, interpretando al callado y algo sombrío Red, un nombre que, claro, se relaciona directamente con el gran disco de 1974 de Crimson.

Claro que hay lugar para el Nicolas Cage “old school” en Mandy, la segunda película de Panos Cosmatos, italiano hijo de griegos radicado en Canadá. Cuando pelea contra un metalero del infierno le grita a la cara “¡me arruinaste mi remera favorita!”, frase que parece recordar los gritos exasperantes y desesperados de Cage en el desierto con su chaqueta de Snake bailando a las patadas en Corazón Salvaje, de David Lynch. O cuando, después de un evento desafortunado que incluye una cremación en vida y un culto hippie-satánico, con las pupilas archidilatadas por el LSD, Red busca una botella de vodka en un baño (un baño decorado a lo Stanley Kubrick), y en una toma única, la cámara que se acerca y se aleja, se la baja de un trago mientras grita y da alaridos de amor y de pena, llora y sonríe y vuelve a gritar, recordando su premiado y olvidado protagónico etílico en Adiós a Las Vegas. No hay punto intermedio en Cage. Puede saltar del 0 al 10 sin intervalos y por eso se lo quiere o se lo odia. Y, last but not least, el mejor Cage aparece acá cuando Red mata al estilo gore a un metalero encapotado hasta la cara, las manos plagadas de anillos con calaveras, un chorro largo y profuso le tiñe la cara para dejársela impregnada de un rojo demente que mantendrá durante el resto de la película.

Sin embargo, no todo es descontrol y exceso en Mandy para Red. Cuenta su director que cuando Cage finalmente accedió a hacer el papel, llegó desde Bélgica con una pierna rota (en donde habrá metido esa pierna, solo Cage puede saberlo), y mientras se la curaba, construyó su personaje hablando y hablando con el director. Cage estaba cansado de hacer papeles estáticos, le dijo, para Compañías Grandes que no le dejaban lugar a sus imprevisibles improvisaciones y su desbarajuste gestual. Así que construyó su personaje en relación al viaje lisérgico y descontrolado que tiene su arco:  de un hombre tranquilo a  una bestia. “Pasó de ser un tipo más o menos normal a una bestia demiurga, mitad dios y mitad demonio” dijo Cosmatos en un portal que lleva el nombre de Slash. En líneas generales, Mandy carece de toda trama. Es un cuento de acción y reacción, en donde circulan, como un viaje espiralado hacia la demencia, una galería de lo más variopinta de personajes del inframundo pop americano. Se trata de un trip stoner al infierno, con un toque absurdo de psicodelia folk a lo Carpenters, pornografía snuff, imaginario fantasy metalero y mucho gótico de cuero, cadenas y duelo de motosierras con un retrogusto a terror slasher. Ambientada en 1983, narra de cabo a rabo una venganza; la que perpetra Red por el asesinato de su novia, Mandy. Una chica oscura, algo extraña, amante de la astrología y la astronomía, autista y lectora de terror cósmico, que, cuando no está trabajando en una estación de servicio de la ruta, imagina y plasma en dibujos hiperrealistas, que Cosmatos incluye en animaciones, fantásticos universos medievales a lo Tolkien. Red y Mandy viven aislados en una cabaña en los bosques, cada uno sanando heridas propias, hasta que son interceptados por la voluntad divina de un culto satánico. 

El culto hace su aparición en una clásica van de roquero setentoso, liderada por un ex cantante de folk que consume un LSD líquido híper concentrado, y que lo mezcla con veneno de una avispa grandota. Estos hippies del culto trafican sangre, drogas y sacrifican humanos para unos motoqueros del Infierno que anda en cuatriciclos, vestidos de negro, y parecen unos patrulleros del Apocalipsis que homenajean el cine de Walter Hill. ¿Qué clase de mente afiebrada es propensa a concebir, mezclar hasta el extremo y salir indemne con varios muertos en el camino? Cosmatos viene de una familia de cineastas. Su padre fue George P. Cosmatos, un cineasta italiano de ascendencia griega, bastante famoso en la década del setenta, que después de filmar en Italia (donde nació su hijo) Muerte en Roma (1973) con Marcello Mastroianni y El puente de Cassandra con Sophia Loren, se mudó a Canadá para incursionar en distintos géneros. Cosmatos padre tiene en su haber varias películas de culto. Leviatan, versión aggiornada de Tiburón, en donde una ballena tóxica persigue tripulantes de un barco. Rambo 2 (1985) con Sylvester Stallone. Y la primera de una saga que no pasó de su incio: Cobra (1986) también obviamente con Stallone.

En su primera película, Panos Cosmatos dejaba entrever un universo que Mandy explota hasta la locura. Beyond the Dark Rainbow, estrenada en 2012, relataba la historia de una chica con poderes sobrenaturales que había sido estudiada por un médico de una secta llamada Arborea. La película tomaba referencias del universo VHS, los dibujos animados, y el mundo animé, y salía relativamente airoso. Ahora evoca ese universo del terror glam de los ochenta y  lo lleva a un nivel superior de sofisticación visual. Apoyado en largas secuencias musicales, con actuaciones pausadas y “colgadas”, sus climas de terror están muy logrados, con iluminaciones expresionistas que, mezclando colores saturados y puros, azul y rojo, y reflectores en cámara, se funden en trajes a medida y un trabajo escenográfico al servicio de los encuadres. El trabajo con el sonido, la fotografía y el vestuario remite a dos universos que de tan paralelos parecen tallados en la misma madera: David Lynch y Dario Argento. Del primero, el paisaje metalero en convivencia con los toques folk y country pastoril, el bien versus el mal, lo que subyace a la vida cálida en las colinas, intensificado por un uso artificioso de cuanta posibilidad técnica tenga Lynch a su alcance. Del segundo, esos bellos y tétricos clavicordios, la estilización operística del terror, la sangre como un recurso expresivo. 

“Los ochenta son mi paisaje mental” dice Cosmatos. “Es una época que recuerdo vagamente. Y no creo que Mandy esté basada estrictamente en esa época sino en un efecto que esa época tuvo en mi personalidad por aquellos años; muchos hongos, mucha marihuana, hasta tuve un amigo que murió por una sobredosis de heroína”. A pesar de algunas falencias dramáticas (que poco importan, de todas formas), la de Cosmatos es una película que funciona como un espejo oval de su personaje: aquello que busca vengar no deja de ser algo en lo que intenta transformarse.

Mandy se proyectará en el Festival Buenos Aires Rojo Sangre, que va del 29 de noviembre al 9 de diciembre. La función es el miércoles 5 a las 22 en el Multiplex Belgrano, Vuelta de Obligado 2199, una de las sedes del festival. La otra es el Multiplex Lavalle, Lavalle 780. Más info y la intensa programación en rojosangre.quintadimension.com/2.0/

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