Porque no y porque no quiero
VISTO Y LEÍDO | Con el telón de fondo de un año en el que el derecho a decidir la maternidad sin condicionamientos, por puro deseo, estuvo en el centro del debate, Random House reeditó el filoso ensayo de 2014, Contra los hijos, de Lina Meruane, en el que analiza la tiranía de los mandatos conservadores sobre la crianza, la postergación de las mujeres detrás de la majestad infancia y la salud del planeta, y la consiguiente criminalización que avanza sobre aquellas que no logren asegurar ese imposible de la madre perfecta y perfectamente ecologista.
Imagen: Julieta Arroquy

Nos van a echar si seguís haciendo ruido”, escucho decirle a la madre, que casualmente es mi vecina, a su hija, una nena de tres años que grita y patalea en el pasillo de mi edificio sin aparente motivo. Lo interesante de esta micro-situación, cuyos calcos se suceden diariamente en distintas latitudes, es lo que revela respecto de las nuevas relaciones madre-hijxs. No es, no grites porque no está bien, porque yo no te quiero escuchar –ésta y otras madres estarían en todo su derecho–. El berrinche no suscita un “Te callas” con ceño fruncido –a la vieja usanza de nuestras madres o abuelas–, es más un “Por favor, hija”. La idea de la madre cada vez más sometida a los caprichos y menos propensa a pensar qué lugar tienen los hijos e hijas en sus vidas y cómo se arriba a esta situación, es una de las tareas a las que se lanza, con humor y gran atrevimiento la escritora chilena Lina Meruane, en su libro Contra los hijos (Random House), en el que analiza lareedición del antiguo rol madre-sirvienta en lo que hoy conocemos como madre sobre-dedicada.

Su alegato suena más que convincente en un momento en donde los roles maternales han pasado de la figura del  helicóptero (mater/paternidades sobrevolando todo el tiempo a sus hijes) o las tiger moms (enfocadas en la excelencia académica de sus niñes), a las new traditional y los mandatos de crianza eco y consciente, que son otra manera de perpetuar, como señala Meruane, nuevas e insospechadas formas de servidumbre moderna. Que el pañal ecológico, que dar la teta y nada más, que el parto natural, que el colecho y así ad infinitum en el manual   –en constante reescritua– de lo que significa ser una buena madre. 

–¿Cómo ha cambiado la idea de niñez impactando en los roles materno-paternales actuales? 

–Esto es algo que vislumbró Phillippe Aries al estudiar la historia de la infancia en Occidente: la noción moderna de niñez es una construcción social de data reciente al igual que la familia nuclear. Los niños (y niñas) eran adultos en miniatura que debían servir al sostén económico de la familia. No sólo aparece la infancia en la modernidad, sino que la duración de ese período se ha ido extendiendo hacia ambos extremos. Hacia adelante, con la creación de la adolescencia, y hacia atrás, con la protección del embrión y del feto que auxilian los discursos de la ilegalización del aborto. Desde los años 80 aparecen leyes que le otorgan al no-nacido e incluso a la célula “derecho a la vida” por encima del derecho de la madre. La idea sobre la que trabajo en mi ensayo es que los discursos promaternos vuelven a estar en alza, y vuelve a haber complicidad entre las distintas instituciones no sólo en la promoción de la natalidad sino en la prolongación de los cuidados maternos (pero no paternos) y la culpabilizacion de las mujeres que no atienden a estos llamados. Eso implica que la mujer se obsesione con el micro-manejo de lo doméstico, que realice labores simultáneas hasta colapsar, o que, agotada, y pudiendo solventarlo económicamente, renuncie a la vida pública y regrese en exclusiva a hacerse cargo de la casa.

Otra de las aristas llamativas en el planteo de Meruane, que va desgajando cuidadosamente el rosario de lugares comunes con el que se ataca a aquellas que eligen no ser madres –sí, allí están las advertencias del reloj biológico, el psicopateo con el arrepentimiento tardío y la noción de completitud arraigada en la función maternal–, es la premisa falaz de que la reproducción es un acto altruista en sí mismo y de impacto positivo en la humanidad. Algo que hoy sabemos desde un punto de vista estrictamente ambiental, es más desastroso que positivo para el planeta, y que ha sido ampliamente tratado tanto por grupos verdes como por grupos específicos como los GINKS (green inclinación, no kids o “inclinación verde, sin hijes”). Estos últimos son personas que han decidido no tener hijos centrando su alegato en las consecuencias ecológicas, y por tanto éticas, de esta decisión. Aprovechando toda esta evidencia Meruane plantea un estrecho vínculo entre consumismo, capitalismo y pater-maternidad, y en el mismo movimiento da cuenta del sitial ya más como proyectos personales que ocupan niños y niñas –dando por tierra con ese altruismo que gustan tanto de adjudicarle a la  . 

“Sospecho que es más fácil convencerse del bien que le hacemos al universo teniendo hijos que pensar lo contrario, pero estudios recientes muestran que tener un hijo menos tiene un impacto exponencial. Le siguen dejar de andar en auto y de dejar de viajar en avión. Reciclar, ejercicio nada descartable, tiene un efecto mínimo. Pero lo interesante también es que no es lo mismo un hijo estadounidense que un hijo británico que un hijo pakistaní, en el sentido del consumo que generan, y ahí hay una clave importante: es el número de hijos y el comportamiento consumista de esos hijos y de sus padres. En ese sentido, coincido con un cartel que ví hace poco: ‘Todos hablan de dejarle un mejor planeta a nuestros hijos, por qué nadie intenta dejarle mejores hijos al planeta?’ Habría que pensar que si queremos dejarle a las generaciones que vienen un mejor planeta, hay que empezar por educarnos mejor, y educar mejor también a esos hijos”, profundiza la autora.

A LA CÁRCEL, MALA MADRE

El contra-ataque conservador, en forma de desplazamientos culturales, sociales y políticos que reivindican el lugar maternal, en un panorama en el que cada vez más mujeres se animan a preguntarse si la maternidad es una elección deseada o viable para ellas, no es sólo el ruido blanco constante en torno al tópico maternal –apología en films, comerciales, artículos y cía–, sino también las persecuciones ideológicas que acompañan los nuevos estilos de infancia y maternidad. Persecuciones de las cuales se sienten presas muchas que ya han decidido ser madres, mujeres acosadas e incluso arrestadas por tomar decisiones de maternaje totalmente racionales, como dejar que los chicos caminen distancias cortas por su cuenta o jueguen solos en la calle. O hacerlas responsables de los abusos o de la violencia que cometen sus parejas sobre los niñes mientras estaban trabajando.

¿Qué habrían pensado las autoridades de mis padres profesionales y sobre-ocupados, que a veces nos dejaban a mi hermano y a mí solos esperando en el auto mientras hacían algún mandado? Y es que la cosa parece haberse salido de cause de tal modo, que ya hay estados como Utah que están legislando las llamadas leyes Free-Range Parenting Laws(4) para aflojarle un poco al tema. Asimismo, estudios y especialistas desde el ámbito educativo plantean que hay que dejar a los chicos un poco más libres (hay una organización que se llama “Let grow” en un guiño gracioso entre “dejar crecer” y “dejar ir”)(5), y enfoques que hablan de que la confianza y habilidades generales de los niños se fortalecen si se los expone de vez en cuando al conflicto(6) y se los deja atravesarlo solos.

¿Y qué decir de las políticas? Mientras los Estados se llenan la boca hablando de proteger a los niños, una vez llegados al mundo la realidad es otra. “La gran paradoja es que tantos políticos conservadores defienden estos derechos pero luego, una vez nacido el hijo, se abstienen de darles protecciones sociales. De asegurar que no se los separe de los padres en la frontera simplemente por carecer de papeles. Que no se meta en la cárcel a los menores de edad. Que se asegure el derecho a una educación pública de calidad, a un sistema de salud que no discrimine, etc”. Aún cuando algunos países seguimos luchando por el derecho de las mujeres sobre sus cuerpos (y su deseo o no de ser madres), en otros lugares del mundo como China se puede apreciar un significativo corrimiento hacia territorios peligrosos. Con un población envejecida y al tiempo que este país repiensa su política de un solo hijo, trae preocupación el surgimiento de posturas extremas en las que se están limitando los abortos y divorcios(7).

–¿Por qué cree que hay tan poca reflexión sobre los modos de la maternidad en América Latina?

–No sé si hay menos reflexión en el sur. En Estados Unidos podrá haber más palabras para nombrar otras realidades, existe ese reconocimiento, pero allí,  que es el país donde vivo, la batalla ahora mismo es campal. Si bien en ese país hay más espacios para debatir también es preocupante la fuerza que han adquirido los grupos de ultraderecha conservadora y el partido Republicano, intentando hacer retroceder los derechos de todas las minorías, las que lo son y las que son mayoría aún cuando casi no tengan poder –me refiero a las mujeres–. Pienso que nuestros países (America Latina) han vivido bajo la poderosa influencia moral de la iglesia católica (influencia y moral que hoy está por los suelos) mientras que Europa y los Estados Unidos mantuvieron cierta separación entre Iglesia y Estado. Aunque está por verse por cuanto tiempo se mantiene, porque el auge del evangelismo como fuerza política conservadora capaz de inclinar e incluso determinar elecciones empieza a ser muy preocupante.

HARTAS

La autora recorre en su ensayo obras icónicas como Casa de Muñecas para observar el efecto que la decisión de no tener hijos   –o de abandonarlos– produce en la sociedad. Todo esto para hablar de la vuelta de los mandatos tradicionales en forma de discursos aggiornados a la modernidad (ser profesional “y” madre dedicada). Pero no hay que irse muy lejos en el tiempo para ver cómo cuesta desde el arte y ya que se sitúa la reflexión en este terreno (Meruane postula además que para las madres artistas es doblemente difícil), hablar de mujeres reales de carne y hueso que deciden simplemente no tener hijos. 

Por otro lado, tal vez no se trate tanto de la imagen que vemos (la madre devota, la convertida, etc), sino aquella a la que no se le da mucho aire, seguramente porque tendría menos rating o nadie sintonizaría. “No es lo que vemos sino lo que no vemos: la madre abandonada, la madre descontenta, la madre deprimida, la madre agobiada, la madre asaltada por sus propios hijos, la madre arrepentida. Esas madres, y las dichosas-no-madres, siguen siendo invisibles” , sugiere Meruane. Aunque de a poco van apareciendo más trabajos, más textos -como el de Orna Donath, Madres Arrepentidas- y más reflexiones desde el ámbito artístico, que echan luz sobre este ser, que está lejos de ser mitológico y que sin dudas existe: la mujer que sin ningún problema o impedimento y de motus propio decide no ser madre y es feliz con ello.

“Cuanto más sencilla es la respuesta a la pregunta del por qué no se quiere tener hijos, más dudas pareciera despertar en los interlocutores. (…) ¿Desde cuándo poseer un talento o una aptitud obliga a desarrollarla”, se pregunta Meruane en su libro, imaginando un futuro en donde decir que no a la maternidad pueda equalizarse con decidir, por ejemplo, no ser una atleta olímpica o seguir tal o cual carrera profesional. Un futuro en que todas tengamos derecho al no-quiero y al no-porque-no. Tan simple y tan complejo.

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