El tiempo de la denuncia
Imagen: Leandro Teysseire

Como para dejar en claro que la sororidad no es tan solo una palabra, el colectivo Actrices Argentinas hizo público el indigno maltrato que las mujeres y les niñes suelen sufrir en el medio en que se desenvuelven a través de su solidaridad con el puntual caso de Thelma Fardin, quien decidió denunciar la violación de la que fue objeto en el año 2009 –cuando contando con tan solo 16 años de edad– fue sometida por el actor Juan Darthés durante el rodaje de una tira en la hermana República de Nicaragua. Desde ya el hecho va en sintonía con la lucha por la igualdad y la dignidad que las mujeres están sosteniendo desde hace muchos años y que en los últimos tiempos se plasmó a través de colectivos tales como el #NiUnaMenos, cuya gesta cada día cobra mayor peso e influencia en nuestro país. 

En el particular caso del ambiente artístico globalizado, resulta imposible soslayar la iniciativa del #Me Too, surgido a partir del develamiento de los abusos sexuales cometidos por un famoso productor de Hollywood, que disparó cual bola de nieve un sinfín de denuncias similares. Uno de los puntos cúlmine de ese movimiento fue el discurso que la famosa conductora, actriz y productora Ophra Winfrey brindó en oportunidad de recibir un Globo de Oro por su labor. Time’s up fue la expresión que la laureada empleó para hacer saber al “cerdo” que “tu tiempo terminó”, en obvia referencia a cuanto masculino haya sacado provecho de su posición de poder. Vale interrogar las razones por las cuales algunas personas (en especial si son menores) necesitan un largo tiempo para acceder a la posibilidad de hablar y así hacer pública la denuncia.

Por empezar, la disimetría afectiva que separa a un adulto de una menor, por ejemplo, causa estragos a la hora de consumarse la intrusión en el cuerpo. Por otra parte, el canalla o perverso conoce perfectamente el punto donde la vergüenza puede hacer que la víctima –no necesariamente una menor– se sienta culpable y cómplice del abuso padecido. De esta forma la damnificada debe superar la encerrona subjetiva que supone guardar bajo secreto hechos de los cuales sin embargo ha sido objeto. Luego, un entorno pusilánime o encubridor, según los casos, hace el resto. Y en esto reside el valor traumático de todo abuso: ser ubicado/a en el lugar de objeto por el agresor y por el entorno. De allí la importancia que la moral compartida ejerce para que una persona acceda a la posibilidad de hablar y así reparar la intimidad mancillada.

Vergüenza y pudor conforman un par de conceptos que transitan el mismo desfiladero aunque con funciones bien distintas. La primera es un afecto primario de la relación al Otro, que por estar usualmente ligada a la culpa, suele inhibir y no siempre a favor de la preservación del sujeto. Comenzar a hablar supone, en cambio, restituir el pudor, el cual, según Lacan, constituye la única virtud: ese velo que por abrir la vía del deseo y la dignidad, protege al mismo tiempo la intimidad del sujeto. La justicia debe ser reparadora para quien ha sufrido las consecuencias de una agresión a su honor e intimidad.

* Psicoanalista.

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