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La lengua del poder
Imagen: Jose Nico

Lo que pasó el martes en Multiteatro merece una celebración. Es el resultado de años de militancia, puesta en común de prácticas y una escucha atenta del feminismo a las mujeres y disidencias que padecen las violencias machistas. También es el dolor que circula cuando sabemos que todas fuimos abusadas, de una u otra manera, y que al mismo tiempo que podemos decirlo vemos a los varones pararse de manos y replegarse en una actitud tribal: “yo nunca le pegué a nadie” parecen decir, o dicen de hecho. De ese conjunto de experiencias de activismo, puesta de cuerpos en la calle y palabras para nombrar lo que no tiene nombre se gestó Ni Una Menos, la pelea por el Aborto Legal y los Paros de Mujeres que se hicieron en este país e irradiaron su potencia a toda Latinoamérica, al mundo. Por eso, la insistencia con apelar al #MeToo como hashtag explicativo y protector de una causa de la que podemos dar cátedra, molesta e incomoda, porque no hay #MeToo argentino, hay un movimiento con una historia propia, que peleó por tomar la palabra aun cuando ésta estaba prohibida, y pienso en nuestras desaparecidas, en las Madres y Abuelas con su ritual de ronda y en las militantes que se hicieron en los ochenta con la propia experiencia y ese ruido constante a injusticia que recae sobre las identidades mujer, lesbiana, trans, travesti.    

Por eso la violencia del abogado Fernando Burlando cuando interrumpe a la periodista de este suplemento, Luciana Peker, para echarle en cara una supuesta selectividad a la hora de escuchar a las víctimas, es ridícula pero no ingenua. Eso pretenden instalar, que hay un preferencia, un privilegio, pero la carga de la prueba se invierte cuando el privilegio lo pone la justicia patriarcal cuando falla, por poner solo el ejemplo más reciente y cruento, a favor de los femicidas y torturadores de Lucía Pérez. Si hubo Cindor y facturas no hubo abuso dicen los jueces, y de la morbosidad del empalamiento pasamos a la relación consentida. No hay complejidad, no hay grises. Como cuando se dijo que Calu Rivero no se fue a tiempo de las grabaciones de la novela donde Darthés la acosaba sin descanso o cuando se repite el mantra de la misoginia “¿por qué no lo denunció en su momento?”. El mismo día que Thelma contaba públicamente la violación de Darthés, los integrantes del grupo Onda Vaga lograron intimar a sus denunciantes y ellas tuvieron que dar de baja los relatos de 48 chicas que narraban sistemáticas violaciones y abusos. La justicia es cómplice. El Estado es responsable. Y las fuerzas de seguridad son los principales agentes de que todas estas injusticias tengan su cauce asegurado, cuando se le pide a quien va a denunciar que tenga el moretón fresco, no vaya a ser cosa que invente, que le quiera cagar la vida a un hombre de bien. 

Pero aprendimos que nuestras palabras no se validan solo con el sello del punitivismo: por eso hacemos temblar la tierra en cada marcha, por eso aprendimos que el escrache es una herramienta política y por eso la revolución son las pibas con pañuelo verde y tolerancia cero frente a las violencias. Y de eso también hablan las actrices cuando se plantan usando su propia potencia colectiva para transmitir en vivo y en directo algo que por una vez realmente nos importa a las feministas y a las que están aprendiendo a serlo.    

El abuso es un tema complejo: Las12 lo tematiza hace 20 años y, de eso de necesitar sangre y espectacularidad para obtener visibilidad, sabe bastante. El caso de Perla Pascarelli, cuádruple amputada por una mala praxis durante una cesárea en el Hospital Durand puede dar cuenta de eso, ¿quién dudaría de su carácter de víctima? Fue indemnizada por el Estado pero cuando trató de ayudar a otras víctimas de la violencia obstétrica se dio la frente con un sistema que solo condena cuando hay buenas víctimas, lo suficientemente dañadas como ella, y deja pasar todo el resto. ¿Una cesárea violenta? ¿Un dicho machista del médico? Todo eso es minimizado. De eso también habla la celeridad con la que se juzgó y condenó a Nahir Galarza a cadena perpetua: “rubia” y “linda” fueron los adjetivos de tapa preferidos para el horror del ciudadano común que no puede creer que un ángel sea capaz de disparar un arma, sin preguntarse jamás cuáles eran las violencias a las que era sometida. De manera que las amplificaciones de las violencias llegan a los oídos de todo el mundo cuando son espectaculares, televisadas en vivo, incluso maquilladas o bien iluminadas, y es bienvenida la escucha y su revolución, pero el abuso no debería necesitar pasar tantas pruebas. Lucía Pérez fue violada y asesinada de manera brutal aun cuando accedió en un primer momento a merendar con sus asesinos, Thelma Fardín fue abusada perversamente por un adulto con el que trabajaba (y además es una figura pública) y Valeria Bertucelli fue maltratada durante meses por el actor Ricardo Darín y terminó humillada públicamente por la producción de la obra que mintió sobre su salida pero cada abuso parece tener otro espesor. Sin duda no es lo mismo una violación que un destrato laboral, pero el abuso es siempre una cuestión de poder y si hay algo que atraviesa a todos los casos que este suplemento dio visibilidad (desde las madres protectoras desoídas sistemáticamente por la justicia a las chicas del Nacional de Buenos Aires que decidieron nombrar uno por uno a los docentes y no docentes que las violentaron en sus años de secundaria) es la marca de la jerarquía que se establece entre un adulto y una adolescente, entre un hombre con poder y una mujer sin poder, o una mujer con menos poder, porque finalmente, incluso entre pares, un varón siempre tiene más privilegios por el solo hecho de ser varón. Basta bajarle el volumen a Marcelo Tinelli y ver que mientras él viste traje, las bailarinas y actrices con las que hace su show están en tanga, si es que no les corta la pollera para que muestren un poco más.  

Parece que el mecanismo social pide esta espectacularidad que porta la historia de Thelma, pero por eso es urgente el debate sobre el poder, sobre el amor romántico, sobre cómo nos enseñaron a callarnos y sobre el consentimiento, porque esa chica que aceptó subirse al auto del cantante famoso no puede ser culpabilizada por eso, o la actriz que decidió callarse para seguir trabajando aun cuando era con el actor que la violentó: todos son abusos y todos hablan de jerarquías, de esa jerarquía que el patriarcado impone sobre nuestros cuerpos cuando los cosifica pero también cuando les dice cómo deben ser, dónde se deben mostrar, cuánto pueden gozar. Porque del derecho al goce hablamos y de tomar la palabra no nos vamos a cansar.

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