En tránsito: de Walter Benjamin al protocolo Chocobar

La abundante y esclarecedora correspondencia entre Gretel Karplus de Adorno y Walter Benjamin (traducida impecablemente por Mariana Dimópulos) deja, entre otras, una sensación de malestar incubándose en el cuerpo del lector. Soledad, aislamiento, persecución, amenaza, muerte. Sensaciones que padeció Walter Benjamin desde la llegada de Hitler al poder gracias a las elecciones semilibres de 1933, y que se ahondaron a partir del verano de 1935 cuando se desató una ola de violencia antisemita instigada por su gobierno con el objetivo de equilibrar la creciente impopularidad del régimen. No arios, judíos, extranjeros, homosexuales. Nuevas lacras, nuevos residuos, restos indeseables de una sociedad degradada: había que matar, aniquilar, exterminar, y lo hicieron, con la razón técnica de su lado: la razón técnica al servicio del crimen organizado, la razón técnica organizando crímenes masivos. Fue el perfeccionamiento de la maquinaria asesina: muerte en cantidades industriales golpeando desde adentro las puertas de Europa, la muerte en expansión. Y Benjamin lo sabía. Y el esposo de Gretel lo sabía. Y Gretel misma lo sabía, por eso, instalada en el exilio neoyorkino, le escribe a su amigo, apenas declarada la Segunda Guerra: "Sólo quiero decirte que estoy de veras muy apenada por tu destino. Las cosas podrían haber pasado cuando estabas de visita por aquí, y podrías haberte quedado." Mala suerte, Benjamin tuvo mucha mala suerte, pudo haberse ido, pero no, no se fue; se quedó. Benjamin quería vivir en Europa, y no emigró, y murió allí, clandestino, portando su mítico maletín, perseguido por los nazis, en un pequeño pueblo fantasma de frontera, Portbou, luego de ingerir grandes dosis de morfina (¿quién mató, en realidad, a Walter Benjamin?).

Tres semanas después, Benjamin le responde a la apesadumbrada Gretel: "No te inquietes más de la cuenta por mi suerte. Sobre todo, esperemos vivir algún día menos apartados uno del otro, en un tiempo en que el mundo esté liberado de la pesadilla hitleriana". Benjamin ansía reunirse con Gretel Karplus. Benjamin quiere despertarse de la pesadilla hitleriana. Lo sabemos, con Gretel no logró reunirse. Lo sabemos, Hitler perdió la guerra, pero, ¿estamos seguros del punto final de la pesadilla hitleriana? ¿No escribió Benjamin alguna vez que "el enemigo no ha cesado de vencer"? ¿El pasado es realmente pasado? Difícil dar una respuesta absoluta en los tiempos que corren: miles de inmigrantes ilegales ahogándose en las vaporosas aguas europeas sin responsables a la vista; inmigrantes hundidos y humillados, sin cuerpo, sin nombre; un plan de exterminio perfecto, sin ejecutores ni tregua; salvo, cuando la fortuna obliga a las fuerzas del orden a recoger indeseables y depositarlos en cómodos campos de concentración: un genocidio silencioso, soterrado, lejos de las marquesinas de los grandes medios: son africanos, provienen de Medio Oriente, son medio humanos, poca cosa. El (¿neo?)fascismo renueva así su esplendor: Italia, Alemania, Hungría, Austria, ¿un fantasma recorre Europa, es el fantasma del…? ¿Exagerado? (a los fines de subsanar las falencias de este texto recomiendo la película En tránsito, Transit en alemán, del director Christian Petzold, y en lo posible recomiendo buscar su filmografía completa).

¿Y por casa?

En Brasil, Jair Bolsonaro obtuvo 57.797.847 de votos en segunda vuelta reivindicando en su discurso de campaña la tortura y el asesinato como métodos ideales para combatir el crimen (62.000 asesinatos anuales). Bang, bang, estás liquidado es la fórmula de la felicidad bolsonarista. Bolsonaro ganó prometiendo muerte. Y Bolsonaro sabe, puede, cumple, dignifica. ¿Qué ha sucedido en el país dueño de la alegría que la gente festeja (hay registro audiovisual reciente) el abatimiento de un delincuente como si fuera carnaval? ¿Celebrar la muerte? ¿Alguno de ustedes sigue escuchando, como sigo escuchando yo, desde lejos, o no tanto, el grito blindado de Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca? ¡Viva la muerte!, grito de guerra remanido y adoptado, de otra forma, por dos tiernas ancianas que un hermoso domingo de primavera, en una carnicería de Pergamino, cada una refiriéndose a diferentes hechos, concluyeron que la mejor manera de solucionar un problema era apelando al asesinato: hay que matar, matarlos, no sirven, son irrecuperables (el célebre millón de muertes vernáculo): ni los abuelos abusadores, ni quienes abandonan perros en la vía pública. Nadie se salva. Seres humanos prescindibles. Sobrantes. Debe ser por ese permanente coqueteo con la muerte que la Ministra de Seguridad Patricia Bullrich juega para la tribuna cuando propone el protocolo Chocobar. La tribuna olfatea sangre. Y Bullrich se la da. Sangre del delincuente, sangre del ladrón, sangre del barrabrava, sangre del extranjero limítrofe, sangre del negro cabeza, sangre, sangre, sangre. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Hasta que la sangre llegue al río? ¿Hasta que nos enchastre? Ya no basta la invocación del popular 5 por 1 inaugurado por Perón, ahora la gente reclama 100 x 1, 1000 x 1. ¿Quién quedará? (más temprano que tarde necesitaremos un nuevo enemigo, ¿a quién le tocará?).

De nuevo, ¿hasta cuándo sangre? Hasta que uno, diez, cien de los "nuestros" formen parte de los daños colaterales y la vida se torne insoportable. Un nieto, un sobrino, un hijo, un amigo: "inocente asesinado por la espalda". Llantos, lamentos, quejas. Frente a tamaña tragedia algún periodista iluminado, después de haber alimentado cotidianamente la llama del odio, se preguntará, como si fuese un extraterrestre, ¿por qué llegamos a esto? El imperio de la muerte. La muerte gobernando nuestros destinos, una tanatocracia legitimada en elecciones libres y transparentes, necrófilos gobernando a necrófilos. Cabe decirlo: El mundo no es un infierno, el mundo es el infierno, a pesar de la pretensión positivista o religiosa de ubicarlo en el futuro. No. Así como todo paraíso que se precie es un paraíso perdido, todo infierno verdadero es un infierno presente, nuestra morada diaria. Y me atrevo a preguntar, ahora, contra el criterio pragmático recién esgrimido, supongamos la efectividad de la mano dura, que la mano dura funciona, que disminuyen los robos y los asaltos, ¿sería justo?, ¿habría justicia? Pregunto, si la muerte brindara cierta calma social, ¿cuántos límites estaríamos dispuestos a cruzar? ¿Qué se juega en nosotros y de nosotros en este debate? ¿Por qué no nos ha alcanzado aún con tanta muerte? ¿La pulverización del Estado de Bienestar europeo explica la matanza europea? ¿Es el desencanto de una clase media frustrada, en franco descenso? ¿Los sectores populares no tienen derecho al fascismo? ¿Se pretende combatir la creciente desigualdad y la concentración de la riqueza eliminando a los desesperados? ¿Cuál es el sentido? ¿Domesticar la violencia con más violencia? ¿Estamos ansiosos de vivir la paradoja de ser sospechosos permanentes para vivir más seguros? (lo llamativo del caso argentino es que la tasa de homicidios continúa descendiendo, incluso con el gobierno actual, ¿por qué, entonces, la apuesta por recrudecer la represión?).

Volvamos al futuro. Walter Benjamin antes de morir pasó una temporada internado en el Stade de Colombes y luego en el llamado campo de trabajadores voluntarios de Nevers. De esa estadía existe un retrato extraordinario y desgarrador que figura en la nota 432 de la correspondencia entre él y Gretel Karplus, elaborado por un joven anónimo, encuadernador y judío practicante, quien en 1977 narró en una carta a Gershom Gerhard Scholem algo de aquellos días aciagos: "Las condiciones en que estábamos internados en el Stade de Colombes eran increíbles", escribe; hacinamiento, pésima alimentación, condiciones de vida infrahumanas: "a nuestra disposición había una sola canilla (después de unos días éramos cerca de cinco mil personas que tenían que lavarse o beber de esa única canilla, uno puede imaginarse cómo eran las colas para acceder al agua preciada y cómo estaba todo alrededor". Pese al desconcierto inicial del joven frente a la barbarie, le llama la atención un hombre mayor, "sentado en silencio y sin moverse sobre uno de los bancos. ¿No tenía ya cincuenta? Esa era la edad máxima para que a uno lo internaran". Sin embargo, debió desentenderse del desconocido ya que la proximidad de la noche lo conminaba a encontrar un alojamiento medianamente seguro. "Recién a la mañana siguiente, como el hombre (así me pareció) seguía allí en el mismo lugar sentado, empecé a preguntarme por él. Había algo digno tanto en su calma como en su postura. No concordaba en nada con ese contexto. Nosotros, la mayoría mucho más jóvenes, empezamos a preocuparnos. ¿Qué quieren de nosotros? ¿Para qué estamos aquí? ¿Por cuánto tiempo? Y ahí estaba sentado ese hombre, como si todo aquello no fuera su asunto. Se me ocurrió pensar si habría comido algo, si habría dormido. Hablé entonces con el amigo que me había hecho el día anterior y decidimos hablarle. Nos dijo que se llamaba Walter Benjamin". Ese hombre era Benjamin, el pensador más agudo del siglo XX, y dijo "que por el momento no necesitaba nada", y además "agradeció mucho que alguien se interesara por él". Benjamin agradece, agradece el gesto incomprensible en ese contexto, demostrar interés por un extraño, demostrar interés por otro, lo valora, es invaluable, y por eso me parece que necesita retribuir de alguna manera al joven anónimo, y lo retribuye con una revelación, un regalo, un don, una perla: "Dijo que era escritor, que había traducido a Proust al alemán".

[email protected]

Audiovisual
Audiovisual
Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ