El fútbol nacional reproduce a su propia escala el darwinismo social. Un 2018 de hegemonía compartida entre River y Boca lo confirmó. El primero ganó la Copa Libertadores y la Supercopa argentina. Su clásico rival la Superliga por segunda temporada consecutiva. En los mano a mano, el equipo de Marcelo Gallardo ganó las dos finales que jugaron entre sí. Lo que ratifica la distancia que le sacaron al resto. ¿Es un tendencia de lo que vendrá? ¿Se polarizará la disputa por la supremacía entre los dos más grandes o habrá espacio para otros? Todo indica que un escenario tan desigual es probable que se profundice. Aunque nuestro fútbol todavía se jacte de ser uno de los más parejos del mundo. Para explicarlo hace falta decir que la economía influye. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Eso aplica al fútbol como a la vida.

La agitada final de la Copa Libertadores le deparó a River seis millones de dólares más un millón extra por clasificarse al Mundial de Clubes. Boca ganó tres millones por ser subcampeón. Eso sin contar las instancias anteriores del torneo. Si se comparan esas cifras con lo que cobró Independiente por sus ingresos anuales de TV en la Superliga, apenas supera el monto del segundo puesto boquense en la Copa. Unos 3.156.470 dólares o 126.258.806 pesos con la divisa cotizada a 40. El club de Avellaneda sigue a Boca y River en la tabla de recaudaciones de derechos televisivos del fútbol argentino. El primero se llevó casi cuatro millones de dólares; el de Núñez lo siguió con poco más de 3,6 millones.

Está claro que clasificarse a las Copas puede hasta duplicar lo que se recauda en un año. Los más grandes ensancharon la brecha así. Ya no hay un solo millonario (River), hay dos. En la Superliga la paga que reciben los clubes se divide en base a tres criterios: partes iguales un 50 por ciento, mérito deportivo 25 por ciento y mérito histórico otro 25 por ciento. En el primer caso, todos cobraron la misma suma de 44.750.000 pesos (1.118.750 dólares) aunque fue muy distinto por sus campañas en los últimos años y los títulos conseguidos. Boca y River volvieron a juntarla en pala. Los demás habían rechazado la pretensión de que se dividieran un 25 por ciento del dinero en base al rating televisivo. De haberlo aceptado la diferencia hubiera sido mayor.

Si River agregó dos Copas más a sus vitrinas, Boca dominó la Superliga, y del resto emergió un tercero que se les arrimó (Independiente antes o Racing ahora) el fútbol argentino va camino a ser lo que es en España. Con Real Madrid y Barcelona repartiéndose Champions y Ligas y el Atlético Madrid acercándose de vez en cuando.

El 2018 que se despide dejó otras enseñanzas. Que el poder político también puede repartirse entre los más poderosos (Boca en la AFA con Tapia y Angelici, y River el más influyente en la Conmebol) y que los demás son de cartón pintado. El fútbol volvió a la época de Alberto J. Armando y Antonio Vespucio Liberti. En los años 60 se lo llamaba fútbol espectáculo. Ahora, cinco décadas después, se transformó en un circo más sofisticado dominado por los intereses de la TV, la violencia que se enseñorea, el VAR es su endeble sistema de justicia deportiva, y a los hinchas se les saca hasta plusvalía: el excedente monetario que se obtiene de su pasión. Lo único que les queda. Una pasión que los dueños de este negocio pueden mudar desde Buenos Aires a Madrid o Qatar, siempre que así lo deseen.

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