La vida no es bella
PANTALLA PLANA | Recargada de una información capaz de arruinar cualquier imagen bella, Roma se convierte en un trámite complicado de ver.

El inicio de Roma es elocuente: en el registro híper realista y material de la vida cotidiana y el trabajo doméstico, de la espuma y el agua con que se baldea el patio de una casa de barrio, aparece recortado, perfecto, milimétricamente calculado, un rectángulo de cielo por el que pasa el reflejo de un avión: lo alto y lo bajo, lo grande y lo menor, lo doméstico y lo distante, dos planos que trabajará toda la película, se anuncian aquí –casi se explican– con la sutileza de un estudiante de cine de primer año. Pero lo doméstico estará en primer plano, mientras que lo otro –la historia, el movimiento social, lo macro– será casi un fantasma, una irrupción menos real. He aquí una manera de arruinar una imagen bella, convirtiéndola en el soporte de una tonelada de información, exprimiéndola para que grite a viva voz: esto es el cine. Por suerte no todo en Roma tiene el mismo nivel de mal gusto, o de lo contrario la película sería inmirable, aunque la escena siguiente no mejora demasiado: una empleada doméstica recorre las habitaciones de una casa mientras la cámara la sigue, en un movimiento complicado y virtuoso donde lo que importa no es  tanto lo que ella está haciendo sino que lxs expectadorxs no dejen de percibir que el movimiento es  complicado y virtuoso. 

Y lo percibimos, sí, cómo no hacerlo. ¿Acaso nos queda otra opción? No hay plano de la película en el que la composición no se ponga por encima de todo. Roma ofrece un recorte en la vida de una familia de clase media en el barrio del mismo nombre, ciudad de México, a principios de los setenta. Hay un padre profesional que solo ostenta su poder en la habilidad para estacionar un auto y el trato distante con lxs hijxs, una madre, Sofía (Marina de Tavira), también profesional que dejó el trabajo para atender a su familia, cuatro hijxs en edad escolar y una abuela (Verónica García) práctica y fortachona. También hay dos empleadas domésticas, Cleo (Yalitza Aparicio) y Adela (Nancy García García), que cocinan, limpian la casa y hacen de niñeras de lxs niñxs, especialmente Cleo. La película se centra en ella de una manera extraña, porque se puede decir que Cleo es la protagonista pero a la vez, su lugar en la vida de la familia y en la película es por momentos secundario, silencioso y relegado. Cuando está en la casa donde trabaja, Cleo es una presencia sigilosa y sutil, estoica, que no levanta la voz. Pero cuando sale de su trabajo, y en todo lo que dice y hace, Cleo es exactamente igual, y ahí hay que preguntarse si no hay una imposibilidad de imaginar otros atributos, otro modo de existir, para esa chica (interpretada con una suavidad y una elegancia admirables por Yalitza Aparicio).

El retrato que se desprende de todo esto es el de una existencia realmente secundaria, al margen de la familia para la que trabaja, y los pocos momentos compartidos con esa familia no modifican esa situación (mucho menos el abrazo que aparece en el afiche de la película, después del cual los personajes se ocupan de volver a Cleo de manera nada su sutil al lugar que le corresponde como mucama, en un arrebato de lucidez amarga). Pero lo más significativo es que, puesta a sufrir, a Cleo no se le ahorre el más mínimo dolor y crueldad, sino al contrario: en una escena clave de la película, cuando ya se ha dejado claro para todxs menos para Cleo que ha sucedido algo terrible, Cuarón nos pide que nos quedemos a observar cómo expone a su personaje a la crueldad más brutal. En primer plano está Cleo, y más allá se exhibe algo dolorosísimo. El plano se prolonga lo suficiente como para que se genere un cierto suspenso alrededor de si el personaje verá o no verá lo que estamos viendo, y cómo será su reacción. La escena es clave, porque muestra cómo aquí y en otras partes los recursos de Cuarón para emocionar son burdos y groseros, aunque los envuelva en el blanco y negro más lujoso posible.

Roma está disponible en Netflix.

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