Un caso menor
A partir de un delito menor, casi una contravención, un comisario de barrio digno de un noir social, va por su revancha.
Tres segundos  es una eternidad Daniel Sorín Vestales 206 páginasTres segundos  es una eternidad Daniel Sorín Vestales 206 páginasTres segundos  es una eternidad Daniel Sorín Vestales 206 páginasTres segundos  es una eternidad Daniel Sorín Vestales 206 páginasTres segundos  es una eternidad Daniel Sorín Vestales 206 páginas
Tres segundos es una eternidad Daniel Sorín Vestales 206 páginas 

Marx, hace ya más de 150 años, escribió que la pelea por el excedente económico convierte al hombre en lobo del hombre. Lo hizo luego de estudiar las guerras entre países que detentaban colonias y las castas serviles y dominantes que en las metrópolis se llevaban botines, arrasaban con la tierra y con los recursos naturales. Bajo este paradigma parece escrita esta ficción en tono policial pero de alcances más comprometidos: No leyó mal la última palabra, caro lector: el compromiso de Daniel Sorín no es con su público, no es con la cantidad de ejemplares por vender ni siquiera con el marketing de propaganda para difundir su obra en estratos sociales diversos y que cada cual haga su propia lectura. Su propuesta en Tres segundos es una eternidad es de avanzada, lo mismo que sus riesgos, deshilvanar uno a uno las sogas poderosas, de marinero en tierra, que amarran el poder policial, económico y presidencial,  una tríada compuesta por comisarios, inspectores, oficiales de la fuerza de azul y una réplica del primer mandatario que remite sin vueltas al caudillo riojano que supimos tener a bordo del Titanic de nuestra industria nacional. Las excusas para narrar son varias y algunas resultan graciosas como la búsqueda de un hombre (Ernesto) que entra a los bares, se sube al mostrador y orina sin más trámites, acción que enloquece a la fuerza policial. El comisario inspector Damián Vives no solo es un esbirro de armas tomar sino que posee un costado bohemio y por instantes seductor, se dedica a la música, toca el saxo de manera digna, se instala en su balcón porteño y sin ningún tipo de pudor a altas horas de la noche mientras que, a la luz del día, salta de caso en caso casi todos ellos con aroma de billetes verdes siempre ajenos. Es el empleado del mes del año y de la eternidad, hace méritos para resolver casos raros o inverosímiles hasta que se encuentra con la sargenta Carolina Veiga que posee “dedos largos…toman la copa con delicadeza no policial”. Si para la fuerza  la mujer policía es un sub hombre para Vives Carolina es una extraterrestre…de carne y hueso, pues se enamoró sin darse cuenta y sin poder poner el pie en el pedal del freno. Pero la escena entre ellos no es la de una novela de amor, es apenas el descanso, una tregua que se permite Sorín para dar con un conjunto de situaciones y enredos en el centro de la trama, en el blanco perfecto, el Presidente debe firmar unos papeles que autoricen el funcionamiento non santo de una gran casino en una isla perdida. Obvio: ni el Presidente puede aparecer expuesto ante la opinión pública y ahí los detectives de alto rango tienen por delante su gran tarea (“El inspector sabe que siempre el secreto es pensar”) y si el objetivo es ese ya hay media batalla ganada; la otra mitad, lo ambiguo y dificultoso de la intriga se encarga la novela con una escritura sin grandes piedras de ripio en el camino, sin grandes operativos en la vía pública y una sola redada con tiros y víctimas fatales. La presencia del periodista Ladislao Borisow que a cambio de su precariedad cultural ofrece servicios a los desconocidos de siempre o agentes de la mano de la obra desocupada, una madeja que contiene lavado de dinero, construcciones inmobiliarias y hombres que impulsados por el despecho de haber sido dejados de lado del cuerpo policial irán batallando contra molinos de viento pues se sabe que cuanto más se besa la mano del amo, el castigo se eleva a cantidades siderales. 

Sorín tiene material de primer orden para fabular, hilvanar y volver a suturar heridas por doquier. Tal vez conspire por momentos la numerosa cantidad de personajes que en zonas de la narración le juegan en contra pero aún así logra algo infrecuente, que de tanta sordidez expuesta se arme un mundo claustrofóbico, cerrado sobre sí mismo, sin oxígeno para su propio derrotero, y aún en la circulación por paisajes abiertos y planos exteriores se advierte una sensación de ahogo, de poca salida a tanta rapiña, todo el partido se juega “en la cancha de la nueva política, en la de la trampa” y aún así queda margen para que el toma y daca de los diálogos se asemejen a estiletes a punto de esmerilar la carne. Tanto lo que se dice como el grado de suspenso e intriga por lo que puede ocurrir le otorga a la novela una atmósfera de ultraje, de por qué se llegó a tanto y tan lejos en la capacidad de daño por parte de los que detentan el poder de decidirlo todo sobre la vida ajena. 

Daniel Sorín obtuvo en 1998 el Premio Emecé con su novela Error de cálculo; también publicó John William Cooke: La mano izquierda de Perón, una biografía crítica y un gran trabajo documental de un referente del movimiento peronista que intentó acercar al general a las posturas de la Revolución cubana. Ahora ofrece una novela con claves, negras y políticas, de menor a mayor.